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Cuando el "no" se vuelve cuidado: por qué la autoridad sin violencia sigue siendo una herramienta clave en la crianza

Especialistas en infancia insisten en que fijar límites firmes y amorosos no es autoritarismo, sino la base para que los chicos aprendan a tolerar frustraciones y convivir con otros. La escena que se repite en muchos hogares argentinos, el riesgo de la permisividad y la diferencia entre ejercer autoridad y ejercer poder.

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Soledad Da SilvaSociedad y vida · 27 DE AGO DE 2026 · 5 min de lectura
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Son las siete de la tarde en un departamento del barrio de Villa Devoto y Martina, de cinco años, patalea en el piso porque quiere otro capítulo de dibujos animados antes de bañarse. Su madre, cansada de la escena repetida, la mira un segundo y empieza a negociar: cinco minutos más, después uno más, después otro. La nena gana. Ese día no se baña. La escena, que podría parecer menor, se replica en miles de hogares argentinos y resume una discusión que las especialistas en crianza dan por superada en los libros pero que en la consulta privada sigue volviendo una y otra vez: cómo poner límites sin gritar, sin pegarle, pero también sin quedar a merced del berrinche.

En las últimas décadas se multiplicaron los manuales, los posteos en redes y los grupos de whatsapp que recomiendan reemplazar las órdenes y los castigos por el diálogo. La propuesta, en líneas generales, es razonable: ningún chico se cría a los gritos ni con un cachetazo. El problema, según advierten psicólogas infantojuveniles, aparece cuando ese diálogo se transforma en una negociación permanente en la que el adulto, cansado, cede en todo para evitar el conflicto. Y entonces lo que parecía una crianza respetuosa empieza a producir el efecto contrario: chicos con enormes dificultades para autorregularse, tolerar un "no" o asumir que en la vida no siempre se gana.

La diferencia entre autoridad y autoritarismo

“Conversar no quita autoridad; al contrario. La pérdida de autoridad ocurre cuando el adulto le teme al conflicto y lo evita. Si para esquivar un berrinche terminamos moviendo el límite, el mensaje se vuelve sumamente confuso.”Ivana Raschkovan, psicóloga infantojuvenil y autora de "Infancias respetadas"

Para Raschkovan la línea que separa una cosa de la otra es nítida. El autoritarismo, explica, es un abuso de poder: un adulto que decide por el otro sin escucharlo, que impone su voluntad por la fuerza o por el miedo. Ejercer autoridad, en cambio, es algo bien distinto: es sostener un criterio claro, con afecto, explicando por qué se toma esa decisión y acompañando al chico en lo que siente. "Respetar a niños y adolescentes no equivale a dejarlos hacer lo que quieran. El respeto está en el buen trato, no en la ausencia de normas", resume la especialista.

Tres estilos de crianza que describen lo que pasa en la mesa familiar

Estos tres estilos fueron descritos por la psicóloga Diana Baumrind en los años sesenta y siguen siendo la referencia obligada en casi cualquier manual de crianza. Lo que cambia con el tiempo es cómo se los aplica. La colega de Raschkovan, Deborah Bellota, lo resume con una frase que en su consultorio escucha una y otra vez: los padres permisivos suelen ser muy afectuosos, pero muchas veces no ponen límites "por miedo a que el hijo se enoje con ellos". Esa lógica, advierte, termina haciendo un flaco favor: el chico no incorpora que la frustración es parte de la vida y llega a la escuela, al club o al trabajo esperando que todo funcione como en casa.

Los límites son una forma de cuidado. Son indispensables para aprender a vivir en sociedad. La vida misma ya presenta dosis diarias de frustración: hay que ir a dormir aunque quieran seguir jugando, no se puede almorzar caramelos, hay que dar la mano para cruzar la calle. Esas pequeñas frustraciones cotidianas van construyendo la tolerancia a la frustración.

En el fondo, lo que está en juego no es obediencia ciega ni chicos dóciles que no protestan. Es algo más sutil: la construcción cotidiana de un chico que pueda frustrarse sin derrumbarse, que pueda escuchar un "no" sin sentir que el mundo se cae, que pueda esperar turno, compartir un juguete o aceptar que la maestra tiene otra forma de resolver las cosas que la mamá. Esa capacidad, coinciden las especialistas, no aparece de manera espontánea. Se aprende. Y se aprende, justamente, en esas escenas pequeñas que a veces a los adultos les da pereza sostener: la hora de dormir, el plato de verdura, el programa que se corta, el juguete que no se compra.

Bellota, por su parte, suele recordarles a las familias que el trabajo del adulto no termina cuando dice "no". Acompañar lo que el chico siente después del límite -la bronca, la tristeza, el enojo- es tan importante como poner el límite mismo. Porque si lo que llega es solo la palabra seca, el chico aprende a obedecer por miedo. Y si lo que llega es pura negociación, aprende que todo se discute. Lo que se busca es un punto intermedio que no siempre es cómodo: un adulto que dice lo que va a pasar, sostiene la decisión, contiene la emoción del otro y se queda cerca.

En mi propia experiencia como madre, esa es la parte más difícil de la tarea: no la decisión de poner el límite, sino los minutos que vienen después, cuando el nene llora, te mira con cara de traición y vos tenés que quedarte ahí, en silencio, sosteniendo lo que vos misma decidiste. No es un momento bonito. Pero cada vez que lo logré, algo quedó armado para los dos: la certeza de que hay reglas, y la certeza de que no está solo frente a esas reglas. Esa, creo, es la versión más honesta del cuidado que las especialistas describen: autoridad sin violencia, afecto sin permisividad, presencia sin omnipotencia. Ni autoritarismo, ni licencia. Criar, en definitiva, en el incómodo punto medio.

SD
Soledad Da SilvaSociedad y vida

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