La semaglutida reduce el deseo compulsivo de beber, fumar y apostar
La semaglutida, aprobada para diabetes tipo 2 y luego para bajar de peso, mostró un efecto inesperado: atenúa el impulso compulsivo hacia el alcohol, el tabaco y las apuestas. Un estudio publicado en JAMA Psychiatry detectó reducciones de hasta el 47% en el agravamiento del consumo de sustancias entre quienes tomaban el fármaco. Los especialistas advierten que el medicamento frena el impulso pero no resuelve las causas psíquicas detrás de esas conductas.

La semaglutida nació como tratamiento para la diabetes tipo 2 y ganó terreno como medicamento para el descenso de peso. Ahora acumula evidencia sobre un tercer efecto: parece moderar el deseo compulsivo de beber, fumar o apostar, algo que los investigadores no anticipaban cuando estudiaban su acción sobre el páncreas y el estómago.
Un estudio publicado en JAMA Psychiatry en marzo de este año, con participación de investigadores de las universidades Griffith y Monash de Australia, comparó el comportamiento de personas que recibían semaglutida con el de esas mismas personas cuando no la tomaban. Los resultados mostraron un 47% menos de riesgo de agravamiento en el consumo de sustancias, un 44% menos en el empeoramiento de la depresión y un 38% menos en la ansiedad. El riesgo global de complicaciones psiquiátricas graves bajó un 42%.
El mecanismo que explica este efecto parte de la biología del hambre. El GLP-1 es una hormona que el intestino libera después de comer para avisarle al cerebro que hay suficiente alimento. La semaglutida imita esa hormona y prolonga su acción. El punto clave es que el cerebro tiene receptores para el GLP-1 no solo en las zonas vinculadas al apetito, sino también en las regiones que procesan el deseo en términos más amplios: las mismas que se activan frente al alcohol, la nicotina o una apuesta. Al actuar sobre esos circuitos, el fármaco parecería atenuar el "quiero más" que caracteriza a cualquier conducta compulsiva.
La evidencia experimental incluye un dato llamativo: monos de una isla del Caribe, conocidos por robar bebidas alcohólicas a los turistas, bebieron menos cuando recibieron este tipo de fármacos, aun teniendo acceso libre al alcohol. En humanos, un ensayo clínico de 2025 mostró que bebedores intensos que tomaron semaglutida redujeron tanto el deseo de beber como la cantidad consumida.
Con todo, los especialistas marcan un límite importante. El fármaco no actúa como antidepresivo ni como ansiolítico. Los estudios más rigurosos sobre su efecto en el estado de ánimo son heterogéneos y las mejorías que se observan se asocian, en gran parte, a los beneficios físicos de bajar de peso: mejor movilidad, mayor control sobre hábitos que generaban angustia. Una cosa es que el medicamento reduzca el impulso compulsivo; otra, muy distinta, es que trate la depresión o la ansiedad de fondo.
Ahí aparece la pregunta que los propios investigadores dejan abierta: cuando el fármaco apaga el impulso pero no toca la vivencia psíquica que lo alimentaba, ese malestar puede buscar otro cauce o quedar más expuesto, sin el amortiguador que antes ofrecía el síntoma. La semaglutida puede aflojar el deseo compulsivo, pero lo que se haga con esa soltura ya no depende de ella.
¿Cambiaría algo en tus hábitos saber que existe un fármaco capaz de moderar ese tipo de impulsos?
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