La verdad que Lindelof siempre defendió sobre el final de Perdidos: la isla existió, el purgatorio no
A más de quince años del cierre de la serie, su cocreador volvió a desmentir la teoría más popular entre los fans y reveló qué representan los flash sideways de la sexta temporada. La respuesta está en un antiguo texto budista y en una decisión tomada entre la tercera y la cuarta entrega.

A fines de los noventa, cuando todavía escribía guiones para una serie menor de televisión que no llegó a sobrevivir más de dos temporadas, un tal Damon Lindelof era, para mí, apenas un nombre en los créditos finales que no terminaba de decidir si valía la pena leer con atención. El tiempo, claro, se encarga de poner las cosas en su lugar: aquel muchacho que apenas se asomaba por la industria terminó convertido, junto a J.J. Abrams y Jeffrey Lieber, en uno de los creadores de Perdidos, una de las ficciones que más profundamente modificaron la manera en que se cuentan historias por televisión. Por eso, cuando en estos días volvió a explicar el final de la serie, no pude evitar sentir que estaba cerrando un círculo que muchos de nosotros habíamos dejado abierto demasiado tiempo, especialmente después de aquella última emisión de mayo de 2010 que dejó a buena parte de los fans con la sensación de que se habían quedado a mitad de camino.
La teoría del purgatorio, desmentida una y otra vez
Durante años circuló con fuerza la lectura más popular de Perdidos, aquella que sostenía que la isla era una suerte de purgatorio y que ninguno de los hechos narrados durante seis temporadas había ocurrido en la realidad. Lindelof, en distintas entrevistas a lo largo de los años, se encargó de desmentirla con una claridad que no dejaba lugar para demasiadas ambigüedades. Para el cocreador, el último fotograma de la serie pertenece al relato principal, al hilo de lo que efectivamente sucedió. Cuando Jack Shepherd cierra los ojos y muere, ese momento forma parte de la historia que vimos desplegarse en la isla desde el primer capítulo.
“Todo lo que siempre te hemos mostrado, todo lo que ocurre en la isla, ocurrió. Absolutamente, al cien por ciento.”Damon Lindelof
Su posición es precisa y no admite demasiadas lecturas: la Iniciativa Dharma fue real, la isla fue real, y al terminar la serie, según sus propias palabras, Hurley y Ben continuaban operando allí. Lo que nunca existió fue la línea narrativa alternativa en la que los personajes no se conocen entre sí y el vuelo 815 de Oceanic nunca se estrella contra la selva.
El libro tibetano que cambió el final de Perdidos
- Los flash sideways de la sexta temporada no representan una realidad alternativa ni una paradoja temporal: muestran la experiencia de los personajes después de la muerte.
- La idea de construir esa dimensión post mortem surgió entre la tercera y la cuarta temporada, cuando los guionistas ya sabían que la serie cerraría con la muerte de Jack.
- La simetría entre el ojo que se abre en el piloto y el ojo que se cierra en el final les parecía la conclusión correcta desde el principio.
- El concepto del Bardo Thodol, conocido en Occidente como el Libro tibetano de los muertos, les dio la clave para resolver cómo narrar lo que le pasaba a los personajes después de morir.
- Para que el recurso no resultara obvio, los guionistas introdujeron los viajes en el tiempo al final de la cuarta temporada y construyeron la quinta sobre esa base, con la intención de que el público interpretara los flash sideways como una paradoja temporal.
El concepto del Bardo, tal como lo resumió el propio Lindelof, describe un estado intermedio en el que una persona muere pero todavía no sabe que está muerta, y nadie puede decirle lo que ocurre aunque pueda recibir ciertas señales a lo largo del camino. Ese fue el motor narrativo que sostuvo la sexta temporada y que permitió que, recién sobre el final, los personajes comenzaran a recordar situaciones que en esa línea nunca habían vivido, forzando así la pregunta que terminaría por revelar la verdadera naturaleza de aquel mundo paralelo. Para quienes seguimos la serie desde el primer capítulo y nos embarcamos en aquel vuelo inaugural junto a Jack, Kate, Sawyer, Hurley y compañía, la explicación de Lindelof no hace más que confirmar lo que el relato, bien leído, ya venía sugiriendo: que la aventura en la isla fue tan real como la pantalla en la que la vimos durante seis años, y que lo que vino después fue apenas el eco de una despedida que la producción necesitaba concederse. Mi recomendación, para quien aún no lo haya hecho, es volver a verla con esta clave de lectura en la mano, porque Perdidos, como todas las grandes ficciones, sigue revelando capas nuevas cada vez que uno se anima a revisitarla.
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