Saltar al contenido
Viernes, 16 de octubre de 2026
Actualidad y noticias, al instanteBuscar ⌕
Ecos del Iguazú

Ecos del Iguazú

Aquella vez que Miyazaki viajó a Suecia por Pippi y volvió con el corazón roto

En 1971, el genio de la animación japonesa tocó la puerta de Astrid Lindgren para llevar a Pippi Calzaslargas al anime. Lo que encontró fue un portazo. Pero de ese fracaso nacieron algunos de sus mundos más recordados.

OD
Osvaldo DuarteCultura y espectáculos · · 5 min de lectura
Aquella vez que Miyazaki viajó a Suecia por Pippi y volvió con el corazón roto

A principios de los años setenta, cuando yo todavía era un pibe que iba al cine de barrio esperando ver cualquier cosa que se moviese en la pantalla grande, el mundo de la animación japonesa estaba a punto de escribir una de sus páginas más curiosas y, a la vez, más frustrantes. Me acuerdo de esas películas que llegaban con semanas de atraso, dobladas a las apuradas, y nadie sabía bien de dónde venían. Hoy, tantos años después, cada vez que un estudioso del cine de animación desentierra una historia como la que les voy a contar, uno entiende que detrás de cada clásico hay un camino de oportunidades perdidas, de puertas que se cierran y de papeles que terminan en un cajón esperando una segunda oportunidad. La historia que les traigo hoy tiene que ver con un viaje, con una negativa y con el nacimiento indirecto de algunos de los mundos más memorables del cine animado.

Hayao Miyazaki e Isao Takahata, las dos cabezas del estudio que más adelante daría forma a Studio Ghibli, acababan de pasar por uno de los momentos más duros de su carrera temprana. La película "Las aventuras de Hols, el príncipe del sol", una ambiciosa producción del estudio Toei Animation, había sido un fracaso de público que dejó a sus responsables con el ánimo por el piso y con el futuro laboral colgando de un hilo. En ese contexto, el productor Yasuo Otsuka los convocó a sumarse a un pequeño estudio llamado A-Pro, una especie de refugio para artistas que querían hacer las cosas de otra manera, diferenciado de la producción televisiva masiva que dominaba la pantalla chica japonesa en aquellos primeros años setenta.

La oportunidad que ambos directores estaban esperando

El proyecto que les cambió la cara fue una idea que a primera vista parecía sencilla pero que a ellos los iluminó: adaptar al anime la saga de libros de Pippi Calzaslargas, la niña pelirroja, fuerte como un toro y dueña de una desfachatez que ya era famosa en todo el mundo gracias a la pluma de la escritora sueca Astrid Lindgren. Para Takahata, el atractivo era casi ideológico: los libros de Lindgren cuestionaban una tradición muy arraigada en la literatura infantil europea, esa costumbre de mostrar a los chicos como personitas a las que había que corregir y disciplinar permanentemente. Para Miyazaki, en cambio, el atractivo era más bien creativo y personal: la posibilidad de hacer algo con vuelo propio, que no fuera simplemente una serie de televisión más dentro de la rutina diaria de un estudio. "Fue algo extraordinario para nosotros. La oportunidad de hacer algo significativo y no solo televisión", recordó años después el propio Miyazaki, en una de esas frases que uno encuentra en los reportajes y que revelan la intimidad de un proceso creativo. A esa altura, los dos sabían que se jugaban mucho más que un contrato: estaban buscando un camino.

Así las cosas, Miyazaki se tomó un avión y cruzó medio mundo con una carpeta llena de bocetos, ideas y material de investigación bajo el brazo. Quería quedarse en Suecia, recorrer los lugares donde transcurrían las aventuras de Pippi y, sobre todo, sentarse cara a cara con Lindgren para convencerla de que su personaje podía tener una vida nueva en la pantalla animada japonesa. El recorrido por la ciudad medieval de Visby, en la isla de Gotland, lo marcó profundamente: ese paisaje de calles empedradas, casas de colores y un mar siempre presente se le quedó grabado en la memoria y, como vamos a ver, terminó reapareciendo en sus películas muchos años después. Sin embargo, la negociación no prosperó. Lindgren, que había vivido en carne propia una adaptación cinematográfica de Pippi en 1949 que la había dejado muy disconforme, no estaba dispuesta a repetir la experiencia, y mucho menos con la animación japonesa, un arte del que, según los relatos de la época, tenía una visión cargada de desconfianza. Decía que era un lenguaje demasiado violento para una historia pensada para chicos como los suyos.

Lo que el rechazo dejó en pie

El portazo de Lindgren dejó a Miyazaki con una frustración enorme, pero también con un archivo completo de bocetos, diseños y notas que no estaban atados a un trabajo específico y que, por lo tanto, podían usarse en otra cosa. Buena parte de esas ideas viajó directamente al mediometraje "Las aventuras de Panda y sus amigos", de 1972, que Takahata terminó dirigiendo y que Miyazaki firmó como guionista. La protagonista, una nena traviesa y pelirroja llamada Mimiko, compartía varios rasgos con la Pippi que el director había imaginado para su proyecto frustrado. El filme tuvo incluso una secuela al año siguiente, y en las dos producciones se nota la mano de un equipo que estaba buscando su propio estilo a fuerza de probar y equivocarse. La influencia del viaje a Suecia, sin embargo, fue más lejos en el tiempo. Dieciséis años después, Miyazaki recuperó los paisajes que había conocido durante aquella negociación fallida como referencia visual para la ambientación de "Nicky, la aprendiz de bruja", de 1989, basada en la novela de la escritora británica Diana Wynne Jones. Quien haya visto esa película y conozca las costas y los pueblos chicos de Suecia entiende de inmediato que algo de aquel viaje terminó formando parte del mundo de la película.

Hay algo que siempre me conmueve en estas historias que el tiempo rescata del olvido, y es que nos muestran que detrás de cada obra maestra hay una larga fila de tentativas, de caminos cerrados, de papeles guardados en un cajón a la espera de una oportunidad. Las colonias de artistas que a lo largo del siglo XX soñaron con llevar la literatura infantil a la pantalla, desde los estudios europeos hasta los pequeños talleres japoneses, compartían esa misma obstinación de no resignarse nunca. El Miyazaki que hoy conocemos como el viejo sabio del anime, el director de pelo largo y bigote blanco que dibuja sola las portadas de sus películas, no se entiende del todo sin aquella frustración sueca. Si uno me pregunta qué recomendarles hoy, les digo que vuelvan a ver "Nicky, la aprendiz de bruja" con los ojos de quien conoce esta historia: van a descubrir un paisaje nuevo y van a entender que, a veces, las mejores películas nacen de los proyectos que nunca pudimos hacer.

OD
Osvaldo DuarteCultura y espectáculos

Comentarios

0

Todavía no hay comentarios. Sé el primero.

Seguí leyendo