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Asma con rostro femenino: cuando las hormonas vuelven más pesado el aire que respiran las mujeres

Después de la pubertad, las pacientes asmáticas enfrentan más internaciones y un control más difícil de la enfermedad. Especialistas argentinas y del mundo exploran qué papel juegan el estrógeno y la progesterona, y por qué el ciclo menstrual, el embarazo y la menopausia cambian las reglas del juego clínico.

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Soledad Da SilvaSociedad y vida · · 5 min de lectura
Asma con rostro femenino: cuando las hormonas vuelven más pesado el aire que respiran las mujeres

Me detengo un segundo antes de escribir esta nota y pienso en Marisa, una vecina del barrio de Belgrano con la que me crucé la semana pasada en la farmacia. Tiene cincuenta y tres años, asma desde los ocho, y me contó algo que me quedó dando vueltas: "De chica casi no me acuerdo de las crisis; de grande, casi no me acuerdo de los días sin crisis". Esa frase, que parece un juego de palabras, es exactamente lo que la ciencia viene documentando en las últimas décadas: el asma no pega igual en todas las etapas de la vida, y después de la pubertad el peso de la enfermedad suele recaer con más fuerza sobre las mujeres.

Hasta la pubertad, los varones son quienes más asmáticos suman en las estadísticas. A partir de la primera menstruación, la curva se da vuelta y no vuelve. En la adultez, las mujeres concentran mayor prevalencia de la enfermedad, consultan más seguido a las guardias y terminan internadas con más frecuencia que sus pares varones. Un análisis publicado en 2025 en la revista BMC Pulmonary Medicine, que tomó como base los datos del estudio Global Burden of Disease 2021, calculó que ese año había 260 millones de personas con asma en el mundo, y que dentro de ese universo la brecha por sexo se hace más marcada a medida que pasan los años.

Hormonas en el centro de la tormenta

La explicación no es una sola. Uno de los trabajos más citados en este campo fue el de Dawn C. Newcomb, de la Universidad Vanderbilt, publicado en The Journal of Allergy and Clinical Immunology. Su equipo estudió células inmunitarias de pacientes con asma grave y observó que el estradiol y la progesterona pueden estimular la producción de IL-17A, una proteína involucrada en procesos inflamatorios. También detectaron mayor actividad de unas células llamadas TH17 en mujeres con asma grave, comparadas con varones que tenían el mismo diagnóstico. Los propios autores aclaran que el hallazgo no prueba una relación de causa y efecto ni se puede extrapolar a todos los casos: la muestra fue reducida y parte del análisis se hizo en modelos animales.

“No se trata de genes completamente distintos entre mujeres y varones. Un mismo gen puede comportarse de manera diferente según el sexo, en interacción con factores hormonales y ambientales.”Patricia Silveyra, Escuela de Salud Pública de la Universidad de Indiana

La investigadora Patricia Silveyra, de la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Indiana, aporta una pieza clave para entender el cuadro: no es que las mujeres tengan un juego de genes distinto al de los varones, sino que un mismo gen puede leerse de manera diferente según el sexo, en diálogo permanente con las hormonas y con el entorno. Esa interacción ayuda a explicar por qué la inflamación de las vías respiratorias se intensifica en ciertos momentos del ciclo vital.

Ciclo menstrual, embarazo y menopausia: tres ventanas críticas

  • Ciclo menstrual: una revisión sobre asma premenstrual estimó que hasta el cuarenta por ciento de las pacientes podría notar variaciones ligadas al ciclo, aunque los estudios disponibles todavía no permiten hablar de una cifra definitiva. La hipótesis más trabajada apunta a las oscilaciones de estrógeno y progesterona en los días previos a la menstruación, que podrían aumentar la inflamación bronquial y la sensibilidad de las vías aéreas.
  • Embarazo: la evolución es tan variable que los manuales de obstetricia suelen dividir a las pacientes en tres tercios. Aproximadamente un tercio de las embarazadas con asma empeora sus propios registros, otro tercio se mantiene estable y el tercio restante mejora. Por eso el seguimiento tiene que ser personalizado y estrecho.
  • Menopausia: con la caída abrupta de estrógenos, muchas mujeres reportan cambios en la frecuencia e intensidad de las crisis, un punto que todavía está menos estudiado pero que empieza a ganar lugar en las agendas de investigación.

A esos tres momentos se suman otros dos factores que pesan en el consultorio: el peso corporal y la exposición ambiental. El sobrepeso y la obesidad, que tienden a ser más prevalentes en mujeres adultas en la Argentina, son reconocidos desencadenantes de inflamación sistémica y pueden dificultar el control del asma. A la vez, la contaminación del aire urbano, el humo de tabaco ajeno y los productos químicos de limpieza impactan de manera diferenciada según el sexo, algo que varias líneas de investigación están empezando a desmenuzar.

Le pregunto a la neumonóloga que me atiende cada año en mi control de rutina, en un hospital público de la ciudad de Buenos Aires, qué ve en el día a día. Me lo dice sin dudar: "Las mujeres jóvenes son las que más llegan a la guardia con crisis, y las que más se internan. Después, con la menopausia, el cuadro se modifica de nuevo, pero no desaparece". Esa observación de consultorio coincide con lo que la epidemiología muestra a gran escala.

Por eso, cuando me cuentan historias como la de Marisa, ya no me alcanzan las respuestas genéricas. El asma tiene nombre de mujer adulta, tiene rostro de paciente que se acerca al mostrador de la guardia con el bronquio cerrado y el pico flujo por el piso, y tiene un contexto hormonal que los médicos y las médicas deberían tener siempre en la mira. Si sos una mujer con asma, no estás exagerando: tu cuerpo está respondiendo a una enfermedad que, como muestra la evidencia, se comporta distinto en vos que en un varón de la misma edad. Y ese detalle, que parece menor, puede ser la diferencia entre un tratamiento que funciona y uno que no.

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Soledad Da SilvaSociedad y vida

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