Comer como en el norte, pero con lo que hay: qué dice el estudio sobre la dieta nórdica y la mortalidad en Suecia
Un análisis sobre más de 64.000 adultos suecos asoció un patrón basado en vegetales, cereales integrales, legumbres, pescado y grasas insaturadas con un riesgo levemente menor de morir. Los investigadores remarcan que se trata de estimaciones, no de un ensayo clínico, y que el resultado no se observó para complicaciones hepáticas graves.

Son las siete de la tarde en una cocina de Buenos Aires y yo, Soledad Da Silva, abro la alacena buscando qué poner en la mesa. Tengo avena, un paquete de lentejas que arrastro de la semana pasada, medio zapallo, dos cebollas y un resto de aceite de girasol. En la heladera queda un filete de merluza que compré en la mañana. Mientras pienso qué cocinar, me topo con un trabajo científico que une a Suecia con esta escena doméstica, y la sorpresa es que la propuesta no suena tan ajena como parece.
El estudio, encabezado por investigadoras e investigadores de las universidades de Aarhus, en Dinamarca, y Upsala, en Suecia, siguió durante más de dos décadas a 64.406 adultos suecos de mediana y avanzada edad. Los datos, recogidos entre 1997 y 2019, se usaron para modelar qué habría pasado si esa enorme cantidad de personas hubiera sostenido distintas pautas de alimentación a lo largo de 24 años. La comparación se hizo contra dos referencias: las Recomendaciones Nórdicas de Nutrición de 2023 y un escenario sin intervención alimentaria específica.
Qué entiende este patrón por dieta nórdica
- Una base de alimentos vegetales: verduras, frutas, legumbres, frutos secos.
- Cereales integrales como el centeno, la avena o el pan integral, en lugar de versiones refinadas.
- Pescado como fuente de proteína prioritaria, con carnes rojas y procesadas en segundo plano.
- Grasas insaturadas, como el aceite de canola o los aceites vegetales disponibles localmente, en reemplazo de la manteca y la bollería industrial.
- Reducción de ultraprocesados, bebidas azucaradas y productos con exceso de grasas saturadas.
El nombre puede confundir. La dieta nórdica no es un menú único ni una licencia para importar alimentos escandinavos. En su versión más clásica aparecen el centeno, las manzanas, las peras, las bayas, las coles, las zanahorias y las remolachas, con el aceite de canola como grasa recurrente. La lógica, sin embargo, es la que se puede traducir a la verdulería del barrio: más vegetales, más integrales, más pescado cuando se pueda, y menos productos industriales con listas de ingredientes interminables.
En los modelos estadísticos del trabajo, la adhesión estricta a esta pauta se asoció con un riesgo estimado de muerte por cualquier causa un 4 por ciento más bajo que el de las recomendaciones nórdicas oficiales, y un 6 por ciento más bajo que el escenario sin una intervención alimentaria específica. A primera vista, el número parece modesto. En una población, incluso una caída pequeña del riesgo relativo puede traducirse en miles de personas que, en el correr de los años, viven un poco más o viven distinto. Pero la letra chica pide cautela.
Los propios autores aclaran que no se trató de un ensayo clínico en el que a un grupo se le asigna una dieta y a otro no. Los participantes comieron como quisieron durante años, y los investigadores usaron modelos estadísticos para estimar qué habría pasado bajo distintos escenarios. Esos modelos dependen de supuestos, como que no haya otros factores relevantes, no medidos, que expliquen parte de la asociación. Por eso los resultados muestran una correlación estimada, no una demostración de que esta dieta prolongue la vida por sí sola.
El objetivo principal del análisis era evaluar complicaciones hepáticas graves. Y allí, según lo que se desprende del material, no apareció un beneficio claro. Es un dato importante para no sobredimensionar el hallazgo: la dieta nórdica, en este estudio, se asoció con un posible descenso de la mortalidad general, pero no se vio un impacto neto sobre enfermedades severas del hígado.
Vuelvo a la cocina. Pongo a hervir las lentejas con la cebolla, el zapallo y un chorrito de aceite. Al lado, lavo un par de manzanas que guardé para el postre. No estoy cocinando una receta sueca, ni hace falta. Estoy siguiendo, casi sin darme cuenta, la idea de fondo que estos investigadores ponen sobre la mesa: priorizar lo vegetal, integrar el cereal entero, sumar pescado cuando el bolsillo y la estación lo permitan, y correr del centro de la mesa a los ultraprocesados. Si el beneficio real es del cuatro por ciento o del seis por ciento, no lo sabremos con este trabajo. Lo que sí sabemos es que la propuesta no suena lejana: suena a lo que muchos ya empezamos a cocinar, con otros nombres, en casa.
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