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Cuando el aula se mete en la cama: pediatras argentinos alertan sobre un acoso que no se corta al volver a casa

La Sociedad Argentina de Pediatría publicó un documento que describe cómo el bullying y el ciberbullying se fusionaron: la agresión que empieza en el recreo puede seguir toda la tarde por WhatsApp, escalar de noche en redes y volver al día siguiente al banco de la escuela. Especialistas piden que familias, escuelas y equipos de salud se hagan cargo de un problema que ya no conoce horarios.

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Soledad Da SilvaSociedad y vida · · 4 min de lectura
Cuando el aula se mete en la cama: pediatras argentinos alertan sobre un acoso que no se corta al volver a casa

Son las once de la noche y una nena de doce años, en camisón, con la luz del cuarto apagada, sigue mirando la pantalla del celular. Lo que empezó a las diez de la mañana, en el patio del colegio, cuando dos compañeros le pusieron un apodo delante de todos, se mudó al mediodía a un grupo de WhatsApp del grado, se transformó al atardecer en una story de Instagram con una foto sacada a escondidas en el baño y terminó, otra vez, en el grupo familiar de la nena, que ahora la mira dormir con el aparato sobre la almohada. Esa continuidad sin pausa entre el aula y la cama es, exactamente, lo que la Sociedad Argentina de Pediatría (SAP) decidió ponerle nombre y apellido en un documento reciente: el acoso escolar ya no tiene horario de cierre, y los pediatras argentinos quieren que alguien tome nota antes de que el problema se vuelva irreversible.

La entidad, que reúne a buena parte de los pediatras del país, elaboró el texto en forma conjunta entre ocho de sus comités y subcomisiones especializadas, lo que le da un peso clínico poco habitual en un tema que suele quedar atrapado entre el miedo de los padres, el desconcierto de los directivos y la impotencia de los propios chicos. La idea central es tan sencilla como inquietante: lo que antes terminaba cuando sonaba la campana del recreo final, hoy puede extenderse durante horas a través del celular, las redes sociales y hasta los servidores de los videojuegos en línea, y llegar al cuarto del chico sin que haya forma concreta de desconectarse.

Un límite que se volvió difuso

"Antes, volver a casa podía ofrecer una pausa y un espacio de resguardo frente a estas situaciones de acoso. Con el acceso casi permanente al celular, ese límite se vuelve cada vez más difuso: los mensajes, las burlas o la exposición pueden llegar a cualquier hora y extender la situación más allá de la escuela, lo que amplifica su impacto y en consecuencia el daño", resumió la doctora Silvina Pedrouzo, pediatra especialista en Desarrollo Infantil y presidenta de la Subcomisión de Tecnologías de la Información y la Comunicación de la SAP.

El informe describe con detalle el abanico de formas que puede adoptar el ciberbullying: mensajes de odio, burlas reiteradas, acecho, votaciones para humillar a un compañero, perfiles falsos, suplantación de identidad, difusión no consentida de información privada, exclusión deliberada de grupos y manipulación de fotos, videos o memes. A ese listado se suma un factor relativamente nuevo y que preocupa especialmente a los profesionales: el uso de herramientas de inteligencia artificial para editar y difundir contenidos alterados, con la particularidad de que una publicación puede alcanzar audiencias mucho mayores que las del aula y resultar muy difícil de borrar de la web.

“Antes, volver a casa podía ofrecer una pausa y un espacio de resguardo frente a estas situaciones de acoso. Con el acceso casi permanente al celular, ese límite se vuelve cada vez más difuso.”Silvina Pedrouzo, presidenta de la Subcomisión de Tecnologías de la Información y la Comunicación de la SAP

Qué es bullying y qué no lo es

El documento aclara un punto clave para no caer en confusiones: no toda pelea entre compañeros es acoso escolar. Para que se configure como bullying, tienen que coincidir tres condiciones: intención de causar daño, repetición sistemática en el tiempo y un desequilibrio de poder real que deje a quien lo sufre sin herramientas para defenderse o ponerle fin. Puede ser físico, como empujones o golpes, pero también verbal (insultos, apodos) o relacional, cuando se busca aislar al otro del grupo.

  • Mensajes de odio y burlas reiteradas.
  • Acecho y seguimiento en redes sociales.
  • Votaciones para humillar a un compañero.
  • Perfiles falsos y suplantación de identidad.
  • Difusión no consentida de fotos, videos o información privada.
  • Exclusión deliberada de grupos.
  • Manipulación de imágenes y memes.
  • Uso de inteligencia artificial para editar y viralizar contenidos alterados.

"El bullying es un fenómeno grupal y por eso la solución tampoco puede descansar exclusivamente en ellos. Están los compañeros que observan, los adultos responsables, las familias y la institución en la que ocurre. Lo que nunca debemos hacer es pedirle al chico que está siendo hostigado que resuelva solo el problema", completó la especialista, en línea con el llamado general de la SAP a que el tema se aborde de manera articulada entre familias, escuelas y equipos de salud, y no como un asunto privado de cada casa o cada aula.

Las consecuencias que enumera la entidad tampoco son menores: van desde dolores físicos recurrentes, cefaleas y alteraciones del sueño hasta cuadros de ansiedad, depresión y aislamiento cada vez más marcados, sobre todo en chicos que perciben que la agresión no termina nunca porque sigue latiendo en el bolsillo del jean. Es acá, en mi lectura como periodista que sigue estos temas hace años, donde el documento deja de ser un texto técnico para convertirse en una señal de alarma: cuando un chico no puede ni siquiera refugiarse en su propia pieza porque el acoso lo acompaña en la pantalla, algo en la cadena de cuidados adultos se cortó. Y ese es, justamente, el punto al que la Sociedad Argentina de Pediatría decidió apuntar con nombre y apellido.

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Soledad Da SilvaSociedad y vida

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