Cuando el cansancio no alcanza como respuesta: la apnea del sueño que se le escapa a la medicina en las mujeres
El agotamiento diurno, los dolores de cabeza al despertar y el insomnio pueden esconder un trastorno respiratorio que, según las estimaciones, deja sin diagnóstico a tres de cada cuatro mujeres afectadas. Una revisión reciente advierte que hasta el 40% de las pacientes no presenta los síntomas clásicos, como los ronquidos intensos o el ahogo nocturno, lo que vuelve más difícil su detección.

Son las seis de la tarde y Marta todavía no entiende por qué arrastra los pies desde que se levanta. Tiene cincuenta y dos años, trabaja medio día en una oficina del centro y llega a su casa con la sensación de haber corrido una maratón. Duerme, sí, pero se despierta varias veces, a veces con la garganta seca y un dolor sordo en la nuca que se va disipando con el café. El ginecólogo le dijo que podía ser la menopausia. El clínico, que era estrés. Nadie le preguntó si roncaba. Marta casi nunca ronca: su marido duerme con el sonido del ventilador de fondo y nunca le dijo que la escuchara parar de respirar en la noche. Como ella, miles de mujeres argentinas atraviesan años de consultas, de análisis, de pastillas para dormir que no terminan de resolver, sin que nadie les mencione una palabra: apnea.
La apnea obstructiva del sueño es un trastorno en el que la garganta se cierra o se angosta repetidamente mientras la persona duerme. Cada cierre reduce el oxígeno en sangre y provoca un microdespertar, a veces tan breve que no queda registro consciente. El ciclo puede repetirse decenas de veces por hora y, aun así, la persona cree haber dormido toda la noche de corrido. El cuadro se asocia con hipertensión, arritmias, diabetes tipo 2 y eventos cardiovasculares, y se lo suele vincular con los ronquidos fuertes y con la imagen del hombre que ronca hasta sacudir las paredes. Esa imagen es, también, una de las razones por las que a las mujeres les cuesta más llegar al diagnóstico.
Lo que el cuerpo dice cuando la noche no descansa
En las mujeres, la apnea suele disfrazarse de otras cosas. El cansancio diurno se atribuye a los hijos, al trabajo, al climaterio. El dolor de cabeza matutino se busca en la vista o en la cervicalgia. El insomnio se medicaliza como tal, sin indagar si detrás hay microdespertares provocados por el esfuerzo respiratorio. Una revisión reciente estima que hasta el 75% de las mujeres afectadas podría estar sin diagnóstico, y que cerca del 40% no presenta los síntomas clásicos: ni ronquidos intensos ni ahogo nocturno. Lo que sí aparece, y suele ser pasado por alto, es el sueño fragmentado, la dificultad para concentrarse, los cambios de humor y esa fatiga que no se explica con el tiempo de horas en la cama.
- Cansancio diurno que no se corresponde con las horas dormidas.
- Dolores de cabeza al despertar, sobre todo en la nuca o la frente.
- Dificultad para conciliar el sueño o para mantenerse dormida toda la noche.
- Despertares con sensación de falta de aire o con la boca muy seca.
- Somnolencia al volante, necesidad imperiosa de dormir la siesta.
- Cambios de ánimo, irritabilidad, niebla mental, peor memoria.
Los cuestionarios que usan los médicos para estimar el riesgo —la edad, el peso, el contorno del cuello, la presión arterial— fueron construidos pensando en los varones. Por eso, en las mujeres suelen subestimar el problema. Tampoco alcanza siempre con los dispositivos que se prueban en casa: algunos no registran bien los eventos respiratorios que se concentran en la fase REM del sueño, precisamente la fase en la que las mujeres pasan más tiempo. Si los síntomas siguen, el estudio de referencia es la polisomnografía en un centro especializado, donde se controlan la respiración, la actividad cardíaca, los movimientos y las fases del descanso durante toda una noche.
Embarazo, menopausia y otros momentos de riesgo
El embarazo es una ventana donde la apnea puede aparecer de novo o agravarse, en parte por los cambios hormonales, en parte por el peso y la posición del diafragma. Detectarla y tratarla no es un capricho: se la vincula con hipertensión gestacional, preeclampsia y diabetes del embarazo. La atención debe coordinarse entre el equipo obstétrico y un especialista en sueño, y si hay una cirugía programada conviene avisarle al equipo médico, porque la anestesia y la analgesia pueden interactuar con un cuadro respiratorio no tratado. La menopausia, por su parte, marca otro punto de inflexión: la caída de estrógenos y progesterona reduce el tono muscular de la vía aérea y redistribuja la grasa corporal, dos factores que aumentan el riesgo.
El tratamiento más estudiado es el CPAP, un equipo que, apoyado sobre la nariz o la cara, insufla aire a una presión suave para mantener abierta la garganta. Cuando el CPAP no se tolera o el cuadro es leve, existen otras opciones —dispositivos bucales, cirugía, pérdida de peso, cambios posturales al dormir— que se evalúan caso por caso. Lo importante, dicen los especialistas, es no normalizar el cansancio crónico ni el insomnio persistente: si una mujer lleva meses levantándose como si no hubiera pegado un ojo, y nada de lo probado le devuelve la energía, la pregunta sobre cómo respira mientras duerme puede cambiarle la vida.
Vuelvo a Marta, que todavía no tiene turno con un especialista en sueño. Le cuento esta nota como una manera de empujarla, y a todas las Martas que andan por ahí arrastrándose entre obligaciones, a que insistan. No se trata de desconfiar del médico, sino de hacerle la pregunta que a veces nadie formula en voz alta: doctora, doctor, ¿puede ser que mientras duermo me esté faltando aire? A veces, la respuesta que cambia una historia clínica empieza por una pregunta que parece demasiado simple.
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