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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Cuando los chicos piden silencio y el sistema responde con esperas: la crisis de salud mental que nadie quiere ver

Las guardias se llenan de adolescentes que se lastiman, que no duermen o que dejaron de comer; detrás de cada síntoma hay violencias que llevan años guardadas, y la respuesta llega tarde, fragmentada y sin profesionales suficientes. Una recorrida por aulas, consultorios y hospitales donde la infancia queda atrapada entre informes que no dialogan entre sí.

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Soledad Da SilvaSociedad y vida · · 5 min de lectura
Cuando los chicos piden silencio y el sistema responde con esperas: la crisis de salud mental que nadie quiere ver

Me siento en la sala de espera de un consultorio de salud mental infantil y cuento las sillas ocupadas: casi no queda una libre. Una nena de unos diez años se abraza las rodillas contra la pared, con la mirada perdida en el piso; un poco más allá, una madre le sostiene la mano a su hija mientras le muestra el turno en el celular, como si ese papelito fuera la prueba de que alguien, en algún lado, los va a escuchar. Lo que se ve ahí, en esa sala colmada, es apenas la punta de algo que hace rato venía creciendo adentro de las casas, de las escuelas y de las propias cabezas de quienes deberían estar aprendiendo a jugar y no a sobrevivir.

En consultorios, guardias hospitalarias y aulas se repite un patrón que los profesionales ya describen sin sorpresa, aunque no sin dolor: chicos que no pueden dormir, que dejaron de comer o que comen de manera compulsiva, que se aíslan del mundo, que se lastiman o que llegan a decir, en voz baja, que no quieren seguir viviendo. Cada uno de esos síntomas es, en realidad, la traducción al cuerpo de algo que muchas veces tardó años en encontrar a alguien dispuesto a escucharlo. Antes de la crisis hubo silencios, hubo negativos, hubo puertas que se cerraron.

Violencias que se cargan en silencio durante años

La violencia aparece como una de las claves del cuadro, y no como un decorado. Las estimaciones de UNICEF a las que accedí indican que 1 de cada 8 niñas y mujeres sufrió una violación o agresión sexual antes de los 18 años; entre varones, la proporción baja a 1 de cada 11, una cifra que suele quedar más invisibilizada todavía porque cuesta todavía más pedir ayuda cuando se es un chico varón. Buena parte de esas experiencias permanece silenciada, guardada durante años por vergüenza, miedo o porque simplemente nunca apareció un interlocutor válido, y sus efectos sobre la salud mental pueden extenderse, literalmente, durante toda la vida.

A eso se suman maltratos cotidianos que pocas veces quedan registrados en un expediente: la humillación en la mesa familiar, la negligencia que se confunde con pobreza, el grito que termina siendo el idioma en el que se aprendió a conversar. Son violencias que no salen en los noticieros pero que pesan como una mochila en cada vuelta al colegio, en cada noche sin sueño, en cada intento de concentración que se frustra antes de empezar.

  • Trastornos del sueño y alimentarios: chicos que dejaron de comer o que comen de manera compulsiva, que no concilian el sueño o se despiertan sobresaltados.
  • Aislamiento, autolesiones e ideación suicida: marcas en la piel, frases como “no quiero seguir viviendo” y un progresivo retraimiento del mundo.
  • Conductas de riesgo en entornos digitales: exposición a contenidos sexuales no deseados, apuestas en línea (1 de cada 4 adolescentes argentinos apostó dinero al least once one vez, según UNICEF) y uso intensivo de pantallas como refugio frente a soledades sin otro destino.
  • Dificultades graves de aprendizaje: 8 de cada 10 estudiantes argentinos de 15 años no alcanzó el nivel básico en Matemática en las pruebas PISA 2025, y alrededor de 6 de cada 10 tampoco lo logró en Lectura ni en Ciencias, un dato que lejos está de ser solo pedagógico.

Cuando se pide ayuda, la respuesta llega tarde y fragmentada

Cuando una familia finalmente advierte que algo está mal y se anima a pedir ayuda, puede encontrarse con un escenario que desalienta aun al más insistente: servicios saturados, falta de profesionales especializados en infancia y adolescencia, y tiempos de espera que transforman lo que pudo ser una señal temprana en una urgencia consumada. La atención, además, suele llegar fragmentada: la escuela recibe el problema de conducta, el hospital recibe el síntoma, la justicia recibe la infracción, y el chico, mientras tanto, queda en el medio, atrapado entre informes que no dialogan entre sí. En ese circuito de derivaciones, derivaciones y más derivaciones, es fácil que el pibe o la piba se pierda como persona.

Pisar ese circuito duele, y no hablo solo de los chicos. Quienes trabajan dentro —docentes, psicopedagogos, psicólogos, psiquiatras, operadores de guardia— cuentan lo mismo con distintas palabras: los equipos son chicos, los honorarios no siempre alcanzan, los casos que llegan son cada vez más graves y a edades cada vez más tempranas. Atender en esas condiciones se parece mucho a apagar incendios con un balde, y aun así se sigue sacando pecho y se sigue abriendo la puerta del consultorio.

Mientras el debate público gira en torno de otros temas, esta crisis avanza silenciosa y transversal, tocando a familias de todos los estratos, a escuelas de todos los barrios, a comunidades de todo el país, incluidas las comunidades mbya guaraní, donde la salud mental debe ser pensada con respeto a sus formas propias de nombrar el sufrimiento y de buscar sanación, sin folclore ni recetas externas que empañen sus tradiciones. Lo que une estos paisajes tan distintos es algo simple y demoledor: cuando la energía psíquica de un chico está puesta en sobrevivir al hambre, a la violencia o al abandono, no queda resto para aprender, dormir en paz ni confiar en un mundo que se le presenta como amenazante.

“Cuando la energía psíquica está puesta en sobrevivir al hambre, la violencia o el abandono, no queda resto para aprender, dormir en paz ni confiar en el mundo.”Soledad Da Silva, sección Sociedad y vida

Yo lo veo cada vez que me toca cubrir estas historias, y me cuesta no llevarme el tema a casa: detrás de cada síntoma hay un nombre, una edad, una madre o un padre que ya no sabe a quién llamar, un docente que da más de lo que le corresponde, una guardia que atiende hasta donde puede. Cierro esta nota, como muchas veces, con la misma sensación con la que abrí: la de que lo urgente ya no espera, y la de que algo de lo que hagamos ahora —escuchar, denunciar, exigir recursos, no soltar— va a definir cómo llegan los chicos de hoy a la adultez de mañana.

Qué queda por hacer, en lo inmediato y en lo estructural

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Soledad Da SilvaSociedad y vida

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