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Dos mamás, un solo camino: cómo es el método que une los cuerpos de una pareja de mujeres para tener un hijo

La técnica ROPA reparte entre ambas el aporte de óvulos y la gestación del embarazo, y cada vez más parejas argentinas la eligen para ser parte las dos del proceso. Una especialista explica cómo se decide quién cumple cada rol y una pareja que ya pasó por esa experiencia cuenta qué sintió al formar su familia.

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Soledad Da SilvaSociedad y vida · · 6 min de lectura
Dos mamás, un solo camino: cómo es el método que une los cuerpos de una pareja de mujeres para tener un hijo

Son las nueve de la mañana y Pamela Visciarelli prepara el desayuno mientras Juana, su hija mayor, revuelve una taza de leche con la cuchara. A su lado, Mariana Blanco, su pareja, acomoda la mochila para llevar a la nena al jardín. Eva, la más chica, todavía duerme la siesta. En esa cocina cualquiera de un barrio cualquiera del conurbano bonaerense, la escena parece una postal clásica de una familia de toda la vida. Lo que no se ve a simple vista es que Juana y Eva llegaron al mundo gracias a un tratamiento poco conocido por el gran público pero cada vez más presente en los consultorios de fertilidad de la Argentina: el método ROPA, una variante de la fecundación in vitro pensada para que las dos integrantes de una pareja de mujeres participen del proceso reproductivo, una aportando los óvulos y la otra gestando al bebé en su vientre.

Qué es el método ROPA y cómo se decide quién aporta y quién gesta

ROPA son las siglas de Recepción de Ovocitos de la Pareja y, como me explicó el especialista en medicina reproductiva Agustín Pasqualini, la técnica se realiza en tres pasos bien definidos: primero se estimulan los ovarios de una de las mujeres para obtener varios óvulos; después esos óvulos se fecundan en un laboratorio con semen de un donante anónimo; por último, el embrión resultante se transfiere al útero de la otra mujer, que previamente recibió una preparación endometrial para favorecer la implantación. La particularidad, lo que distingue a este método de cualquier otra fertilización asistida, es que las dos integrantes de la pareja quedan involucradas corporalmente: una pone la materia genética del óvulo y la otra presta su cuerpo durante los nueve meses de embarazo.

Cuando una pareja consulta por este tratamiento, lo primero que define el equipo médico es quién cumple cada rol, y acá viene uno de los puntos que más me interesa destacar como periodista: no existe una distribución obligatoria ni una regla que diga, por ejemplo, que la más joven tiene que gestar y la mayor tiene que aportar los óvulos. Pasqualini me contó que la decisión se construye en una conversación donde confluyen los deseos de las dos mujeres y la evaluación médica individual. En quien va a donar los óvulos se miran sobre todo la edad y la reserva ovárica, porque de eso depende la cantidad y la calidad de los óvulos que se puedan obtener. En quien va a gestar se revisan el estado de salud general, la historia ginecológica y obstétrica previa y las condiciones del útero. Si las dos están en condiciones de asumir cualquiera de los dos roles, entonces entran en escena los proyectos personales de cada una: cómo imaginan vivir la maternidad, si quieren atravesar un embarazo o si sienten que su vínculo con la maternidad pasa más por el aporte genético.

  • Estimulación ovárica de la mujer que aporta los óvulos, con controles ecográficos y análisis de sangre para seguir el crecimiento de los folículos.
  • Punción folicular para extraer los óvulos cuando están maduros, un procedimiento ambulatorio que se realiza con sedación leve.
  • Fecundación en laboratorio con semen de un donante anónimo, previamente seleccionado y analizado.
  • Preparación endometrial de la mujer que va a gestar, con medicación hormonal para engrosar la mucosa del útero.
  • Transferencia embrionaria, que se hace entre los días tres y cinco de desarrollo del embrión y no requiere anestesia.
  • Test de embarazo alrededor de los diez días posteriores a la transferencia para confirmar si hubo implantación.

La historia de Pamela y Mariana: dos intentos, dos embarazos y dos hijas

Antes de escuchar a Pasqualini, yo ya venía charlando con Pamela y Mariana hace varias semanas, porque su historia me parecía una de esas que vale la pena contar bien contadas. Ellas son una pareja de hace más de una década y empezaron a buscar un embarazo varios años atrás, cuando todavía no sabían que existía el método ROPA. Pasaron por tratamientos de baja y de alta complejidad con óvulos de Mariana, pero ninguno llegaba a buen puerto. La frustración se acumulaba y con ella la pregunta de qué estaba fallando. Hasta que su médica de cabecera, la ginecóloga Liliana Blanco, les propuso cambiar la estrategia: que Pamela aportara los óvulos y Mariana llevara adelante la gestación. Ahí se encendió una luz.

“Hasta ese momento nosotros no sabíamos que existía esta posibilidad. Cuando Liliana nos lo explicó, sentimos que se abría una puerta que no habíamos visto. Era otra manera de ser las dos mamás.”Pamela Visciarelli

Me llama la atención y quiero detenerme acá porque es un detalle que sintetiza mucho de lo que significa esta técnica: antes de la indicación médica, Pamela y Mariana ya habían conversado en la intimidad de su casa sobre quién querían que tuviera el primer embarazo. Ellas lo tenían claro por una cuestión de edades: querían que Mariana, que es la mayor, viviera esa experiencia antes de que el reloj biológico empezara a jugarle en contra. Cuando la médica les propuso justamente eso, la decisión médica y el deseo personal coincidieron punto por punto. Y así fue como nació Juana, en el primer intento, en la primera transferencia embrionaria. Dos años después invirtieron los roles: Pamela gestó a Eva, también al primer intento, y la familia se completó.

Pero el método ROPA no es solo una técnica médica, también es una tecnología del parentesco que todavía choca con muchas cabezas. Pamela me contó algo que se repite en muchas familias homoparentales y que vale la pena poner sobre la mesa: durante el embarazo de Mariana, cada vez que salían juntas a la calle y alguien le preguntaba quién era el papá, ella tenía que explicar que las dos eran las mamás. Esas conversaciones, que parecen menores, van horadando la idea de que una familia necesita sí o sí una figura paterna y una figura materna para ser familia. Juana tiene dos mamás y un donante anónimo al que nunca va a conocer y al que, si algún día quiere buscar, podrá hacerlo a partir de los dieciocho años, como establece la ley argentina. Eva también. Y las dos crecen en una casa donde la maternidad no es un puesto ocupado por una sola persona, sino un trabajo compartido.

Cierro esta nota como la empecé, en esa cocina de mañana, porque me parece que la mejor manera de contar un tema como este es volver siempre a las personas. Pasqualini me dijo que cada vez más parejas de mujeres llegan al consultorio preguntando por ROPA y que la Argentina está en un momento maduro para discutir la reproducción asistida sin tabúes. Pamela y Mariana me demostraron que esa madurez no es solo médica, sino también cultural: ya no hace falta inventar un padre para explicar un nacimiento. Juana y Eva tienen dos mamás, cuatro óvulos entre las dos, un embrión fecundado con semen donado y un montón de proyectos por delante. Y yo, que cubro estas historias desde hace años, me voy con la sensación de que cada vez que un método como este se vuelve más accesible, un poco más de dignidad entra en la vida de muchas familias. Por eso me gusta contarlo así, sin solemnidad y sin bajar la guardia.

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Soledad Da SilvaSociedad y vida

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