El barrio de los buenos: cómo The Good Place convirtió la filosofía en comedia cotidiana
La serie de Mike Schur recorre cuatro temporadas para preguntarse qué significa actuar bien, mientras sus personajes tropiezan con Kant, con el egoísmo y, sobre todo, con ellos mismos.

A principios de los años noventa, cuando uno empezaba a zambullirse en las series que mezclaban humor con algo más, descubría que el living familiar podía transformarse en una pequeña aula. Ahí, entre publicidades de yogur y noticieros, se colaban comedias que se animaban a pensar. Por eso, al ponerme frente a The Good Place, sentí que volvía a sentarme en ese sillón: la risa convive con la pregunta incómoda, y la pregunta incómoda convive con un helado gigante que se multiplica sin explicación. La serie, creada por Michael Schur, me tomó de la mano como a un viejo conocido y me llevó, durante cuatro temporadas y 53 episodios, por un barrio luminoso donde las buenas personas supuestamente pasan la eternidad.
El arranque es tan absurdo como luminoso. Eleanor Shellstrop muere y despierta en un lugar diseñado para gente virtuosa: paredes impoladas, vecinos amables, fiestas organizadas con esmero. Sin embargo, ella sabe que su vida fue, como mínimo, un catálogo de: ventas de suplementos dietéticos a abuelos, estafas, mentiras, desidia. Esa grieta entre lo que merecía y lo que le tocó es el motor de toda la historia, y de ahí no la saca nadie. Eleanor, a la que el cariño popular llama simplemente El, encarna esa incomodia tan humana de descubrirse fuera de lugar.
Un elenco que funciona como una pequeña comunidad
El barrio tiene un arquitecto: Michael, al que Ted Danson le pone esa mezcla de amabilidad sospechosa y picardía que lo volvió ícono de la sitcom americana. A su alrededor conviven el filósofo Chidi (William Jackson Harper), siempre atormentado por decidir correctamente; Tahani (Jameela Jamil), cuya perfección de manual esconde heridas profundas; y Jason (Manny Jacinto), un ex jugador de fútbol americano que apenas terminó la secundaria y queda a kilómetros de cualquier debate sobre Kant. Los cuatro, junto a El, forman esa pequeña colonia de perdedores luminosos donde, capítulo a capítulo, se discute qué significa portarse bien.
- Eleanor Shellstrop: la protagonista que sabe que no merece estar ahí y que, igual, intenta mejorar.
- Chidi Anagonye: profesor de filosofía, eterno dubitativo, experto en Kant y en crisis de ansiedad.
- Tahani al-Jamil: la chica perfecta que descubre que la perfección no alcanza para tapar la tristeza.
- Jason Mendoza: simple, leal, con un corazón enorme y un vocabulario que asusta.
- Michael: el arquitecto del lugar, entrañable y misterioso a la vez.
Lo admirable de The Good Place es que se anima a hablar de ética sin solemnidad. El utilitarismo aparece en una escena donde todos evalúan si un acto torturó a una mosca; el consecuencialismo entra cuando alguien pregunta si el fin justifica los medios; y la ética deontológica se pasea entre las paredes como un fantasma amable. Schur y su equipo de guionistas convierten las clases de filosofía de Chidi en chistes que funcionan, y al mismo tiempo dejan picando preguntas que uno se lleva al living o al colectivo. Esa es la marca registrada del show: nunca te hace sentir tonto por reírte mientras pensás.
A lo largo de las temporadas, la serie va perdiendo el carácter de sitcom boba para convertirse en algo más hondo. Aparecen el duelo, el paso del tiempo, la importancia de los vínculos y, sobre todo, la idea de que cambiar es posible aunque duela. El arco de Eleanor, que parte de la confesión "soy una basura" y termina preguntándose qué le deja a los demás, es uno de los retratos más humanos que la comedia contemporánea haya construido. Y el cierre, que no voy a spoilear, le devuelve al espectador algo que se extraña cada vez más en la televisión actual: un final pensado, sentido, que no traiciona a los personajes.
Como recomendador profesional y eterno curioso de estas historias, lo que me llevo de The Good Place es la certeza de que se puede hablar de lo serio sin perder el humor, y de que una buena serie puede dejarte pensando cómo te portás con el prójimo. Si te gusta la comedia que no te subestima, si te atrae la filosofía traducida a problemas cotidianos o si simplemente querés pasar un rato con El, Chidi, Tahani, Jason y el viejo Mike, sentate tranquilo y dale play. Te aviso: después vas a mirar el freezer y a preguntarte si el acto de sacar un helado tiene consecuencias morales. Spoiler: en esta serie, casi todo las tiene.
Comentarios
0Todavía no hay comentarios. Sé el primero.
Seguí leyendo

Ben Affleck vuelve a ponerse detrás de cámara con Animales, el thriller que Netflix estrenará en octubre

Diego Leuco y Sofi Martínez, cara a cara en televisión: la expareja que eligió hablar antes que callar

"Wildwood" será la película stop-motion más larga de la historia con 139 minutos
