El debut detrás de cámara de Jaime Lorente: una ópera prima que promete más de lo que termina de ofrecer
El actor español se pone por primera vez detrás de la cámara y firma un drama con arranque sensible que se extravía cuando decide cruzar hacia el thriller más convencional

Confieso que cada vez que un actor conocido se anima a dirigir pienso en aquellas películas pioneras del cine argentino, cuando un galancete de radioteatro se calzaba el gabán de director y terminaba firmando un bodrio memorable. La memoria es buena práctica, suelo repetirme, y por eso uno se acerca con cuidado a las óperas primas detrás de cámara, sobre todo cuando vienen anunciadas con bombos y platillos. El caso de Jaime Lorente, el chico que se ganó al público con sus papeles juveniles, era mirado con curiosidad: tenía la plataforma, la cara conocida, y ahora se probaba el traje de director con El mal hijo, un filme que, como tantas primeras películas, arranca en un lugar reconocible y se pierde cuando se olvida de dónde venía.
La película se sitúa en Murcia y cuenta la historia de Rubén, un nene al que su padre deja de la mano de Dios y que termina criando con su abuela un vínculo entrañable. Ese primer tramo es, a mi entender, lo mejor de la película: Lorente el director entiende la infancia, le toma el pulso, filma a los pibes como si los hubiera visto crecer en un pueblo del interior, con esa mezcla de picardía y de asombro que tienen los gurises cuando todavía creen que el mundo es un lugar amable. Hay una escena memorable, apenas un detalle, de una ceremonia vista por una puerta entreabierta, y otra, todavía más lograda, de una conversación entre niños al anochecer, que se quedan dando vueltas en la cabeza del espectador durante varios minutos después de que termina.
El salto en el tiempo que lo cambia todo
El problema aparece cuando el relato pega ese salto en el tiempo tan querido por los guionistas perezosos y el pequeño Rubén se convierte en un adulto que la está pasando mal. Ahí la película, sin pedir permiso, cambia el registro: abandona la calidez de la sobremesa, el aroma a comida de abuela, los patios del barrio, y se mete de lleno en un universo de narcotráfico, mafias y persecuciones que ya vimos cien veces en pantalla, y que vimos, además, bastante mejor contadas. Lo que en la primera mitad parecía propio y específico se vuelve, en la segunda, una sucesión de lugares comunes del thriller más gastado. Es como si el director se hubiera asustado de su propia sensibilidad y hubiera decidido esconderse detrás de las fórmulas.
No estoy diciendo que El mal hijo sea una mala película. No lo es. Hay un trabajo honesto detrás de la cámara, una composición de planos que en más de un momento muestra a un director con criterio y con ojo, y un elenco que responde con profesionalismo a lo que le pide el guión. El propio Lorente, ya como actor, está contenido y se nota que conoce el terreno. Pero la inexperiencia se nota en dos cosas puntuales: en la dificultad para sostener la tensión de las secuencias de acción, que se sienten un poco coreografiadas por alguien que todavía no terminó de entender cómo funciona el ritmo del thriller, y en lo unidimensionales que quedan los personajes secundarios, que terminan siendo apenas figurones de género, sin el espesor que merecían.
“Entre lo que prometía en su arranque y lo que termina entregando, hay una distancia que duele, porque la película tenía con qué sostenerse sola, sin necesidad de disfrazarse de lo que no es.”Osvaldo Duarte
- El arranque intimista, con la infancia en Murcia, funciona por su autenticidad y por la mirada sensible del director.
- El salto temporal hacia la adultez rompe el tono y sumerge al relato en un thriller de mafias y drogas ya muy transitado.
- La dirección muestra criterios aislados en la composición de planos, pero le falta sostener la tensión en las escenas de acción.
- Los personajes secundarios quedan como figuras de género, sin el desarrollo que el relato necesitaba para equilibrarse.
- El elenco responde con solidez, y el propio Lorente, como actor, se muestra contenido y convincente.
Dicho todo esto, no me queda más que recomendársela a quien le gusten los debuts con bemoles, esos filmes que se ven con la sensación de que en el siguiente trabajo, si el director se anima a confiar en lo que sabe contar, puede salir algo memorable. Mi consejo, si me lo permiten, es que la vean como lo que es: un primer paso con hallazgos genuinos en la primera media hora y tropiezos previsibles en la segunda, de esos que confirman que el oficio de director se aprende filmando, y que a veces conviene quedarse en el pueblo, con la abuela, antes de escaparse hacia los mundos del narcotráfico que ya cuentan mejor los que llevan décadas en eso. Para mí, una tarde de sábado con el café servido y la pantalla encendida, alcanza.
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