El perro como ancla cotidiana: lo que la ciencia sabe sobre su aporte al bienestar emocional
Investigaciones de las últimas décadas describen cómo la convivencia con un can modifica rutinas, hormonasy vínculos. Una recorrida por los hallazgos y sus límites, de la mano de un especialista consultado por este portal.

Son las siete de la tarde y en el barrio de Villa Devoto, en la Ciudad de Buenos Aires, Marta Ledesma, de 67 años, engancha la correa de Rocco, su perro mestizo de once años, y sale a caminar la cuadra como cada jornada, llovizne o truene. La rutina se repite desde 2014, cuando el animal llegó a la casa después de la muerte de su marido. Lo que Marta describe como un ancla para no quedarse quieta en el sillón tiene, según la literatura científica revisada en los últimos años, un correlato concreto en el cuerpo: la convivencia con perros se asocia a cambios en los niveles de cortisol, la hormona del estrés, y de oxitocina, la llamada hormona del vínculo. Así lo expuso una revisión de 2012 firmada por Andrea Beetz, Kerstin Uvnäs-Moberg, Henri Julius y Kurt Kotrschal, que analizó los mecanismos biológicos del contacto afectivo entre personas y animales.
Lo que muestran los estudios y lo que no
La investigadora estadounidense Diane Dreher recopiló en un trabajo de divulgación académica decenas de estudios sobre los efectos físicos y emocionales del vínculo humano-canino, incluyendo trabajos sobre ansiedad, depresión, estrés, desarrollo infantil, adultos mayores y programas de terapia asistida con animales. El cuadro general que se desprende de esa revisión es que los perros pueden integrarse a una red de bienestar, aunque los especialistas remarcan un punto clave: una asociación estadística no prueba causalidad directa. El bienestar mental depende también de las condiciones materiales, la salud física, los vínculos personales y el acceso a atención profesional.
En diálogo con este portal, la veterinaria y etóloga clínica Lucía Bonatti, de la Universidad de Buenos Aires, insistió en esa cautela. La compañía de un perro es un factor protector, no un tratamiento. Cuando aparece un cuadro depresivo o de ansiedad, lo primero es la consulta con un profesional de salud mental. El animal puede ser un complemento valioso dentro de un esquema mayor, pero no reemplaza la atención especializada, dijo. Bonatti agregó que los beneficios más consistentes que muestra la evidencia son los vinculados a la estructura cotidiana: horarios de alimentación, paseos y juego que ordenan el día de personas que atraviesan períodos de soledad o bajo estado de ánimo.
- Rutina diaria: alimentación, paseos y juego que organizan la jornada de personas con períodos de soledad o bajo estado de ánimo.
- Actividad física: caminar con el animal es uno de los factores que la literatura asocia con efectos positivos sobre el humor.
- Regulación hormonal: estudios registran variaciones en cortisol y oxitocina tras el contacto visual o físico con el perro.
- Vínculo sin juicio: en la infancia y la adolescencia, el animal ofrece una interacción previsible que puede ayudar a regular emociones.
- Acompañamiento en la vejez: la presencia del perro aporta compañía, propósito y estructura cuando se reducen las interacciones sociales.
Infancia, adultez mayor y momentos de aislamiento
Para los adultos mayores, el vínculo puede cobrar mayor relevancia cuando las oportunidades de interacción social se achican. La presencia del animal no elimina las causas de la soledad, pero modifica la experiencia diaria de quien la atraviesa, según describen los trabajos revisados por Dreher. En la infancia y la adolescencia, en tanto, los perros pueden ocupar un lugar como fuente de cercanía y consuelo, siempre dentro de una red que incluya acompañamiento adulto. Cuidar, jugar o simplemente estar junto al animal ofrece un tipo de presencia sin juicio que, en contextos de estrés, funciona como un regulador emocional modesto pero sostenido.
La comunidad científica coincide en que, más allá del afecto, lo que se modifica es la vida cotidiana. La actividad física que genera sacar a pasear a un perro aparece de manera recurrente en los estudios como uno de los factores asociados a efectos positivos sobre el humor. Y, según el abordaje de la investigación de Beetz y sus colegas, el contacto afectivo con animales se asocia a posibles efectos de calma que se reflejan en los marcadores hormonales. Nada de eso sustituye un tratamiento, pero sí describe por qué la compañía canina puede integrarse, con sus límites, a una red de bienestar más amplia.
Lo que cuenta Marta al volver del paseo, mientras Rocco se sacude el agua de la lluvia en el living, es algo que la ciencia intenta medir hace décadas: que tener a quién sacar a la calle es, muchas veces, la diferencia entre una jornada en blanco y una jornada con forma. La evidencia no convierte a un perro en un remedio, pero sí permite entender por qué, para mucha gente, el animal termina siendo algo más que compañía: un motivo para levantarse, para salir y para mantener, paso a paso, la continuidad de los días.
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