El viaje en tren de Toto que ya no termina en un estreno cualquiera
La opera prima que Lorenzo Toto Ferro codirigió con Lucas Vignale llega a la Lugones y al Malba, con la ausencia presente del joven realizador fallecido en Brasil y la huella de un rodaje que fue creciendo junto a su protagonista de nueve años.

Cuando uno transita las décadas escribiendo sobre películas argentinas, termina aprendiendo que los debuts en largo suelen ser la parte más frágil de una carrera: peliculitas tímidas, ensayos de autor que todavía no encontraron su tono. Cada tanto, sin embargo, aparece una opera prima que parece pensada por gente que ya sabía de qué hablaba. Eso me pasó la primera vez que vi El tren fluvial, la película que Lorenzo Toto Ferro, el muchacho de Mi hermano es un único, terminó rodando junto a Lucas Vignale, y que desde el 8 de octubre empieza a correr por las salas porteñas después de un periplo internacional que la puso en pantalla en Berlín, en Montevideo, en el MoMA, en el BAFICI y en San Sebastián.
La cita obligada es en la Sala Leopoldo Lugones, donde se proyecta desde el miércoles 8, y después en el Malba Cine, a partir del viernes 10. Es el recorrido clásico de losfilms que vuelven a Buenos Aires con currículum afuera, pero hay algo en El tren fluvial que vuelve a la rutina del estreno una experiencia más delicada: Vignale murió el 14 de junio pasado, a los 28 años, en un choque de dos helicópteros en Río de Janeiro, y la película que codirigió con Ferro llega a las salas argentinas sin uno de sus dos autores. Sigo creyendo que mostrar la película es una manera de mantener vivo algo de lo que fue, me dijo Ferro cuando le pregunté por la decisión de seguir adelante con la exhibición, en una frase que no necesita demasiada traducción.
Un chico que conoce Buenos Aires por el cine
El centro del relato es Milo, un niño de nueve años que practica malambo y carga sobre los hombros las expectativas familiares de una carrera como bailarín. Lo que él quiere, en cambio, es subirse a un tren y conocer Buenos Aires, una ciudad que solamente vio en la pantalla grande. Para hacerlo, viaja solo, y esa decisión le cambia la vida, o al menos le cambia el modo en que se la cuenta a los suyos. La película trabaja sobre esa distancia entre el destino que otros trazan para uno y el viaje que uno se autoriza a hacer por su cuenta, un tema que Ferro y Vignale tratan sin solemnidad, con una sensibilidad muy próxima al cine de observaciones que uno asocia con ciertas películas de la nouvelle vague local.
El protagonista es Milo Barría, un chico que los realizadores conocieron en General Madariaga mientras preparaban otro proyecto. Tenía ocho años y bailaba malambo. Según me contó Ferro en la charla que mantuvimos, de ese encuentro salieron dos decisiones que terminaron definiendo al personaje: incorporar su relación con la danza y una idea sobre los trenes que acercó el propio Milo. El elenco lo completan Rita Pauls, Mariano Barría y Fabián Casas, en un reparto que mezcla a un escritor muy popular con caras del cine y de la música, y que funciona como un eco del Buenos Aires que la película intenta dibujar.
- Perspectives, en la Berlinale: la sección donde la película tuvo su presentación mundial y la primera señal de que el proyecto podía sostenerse fuera de la Argentina.
- Festival Internacional de Cine de Uruguay: el primer paso por los circuitos regionales, donde El tren fluvial empezó a ser comparada con otras miradas sobre la infancia en el Cono Sur.
- New Directors/New Films, del MoMA y Film at Lincoln Center: la consagración neoyorquina, con Vignale todavía acompañando a Ferro en la exhibición.
- BAFICI, competencia internacional: el regreso al país, con una mención especial de FEISAL que dejó al equipo conforme y con ganas de seguir.
- Horizontes Latinos, en San Sebastián: la última escala antes del desembarco porteño, con la película ya conversando con el público europeo.
Un rodaje que se escribió de noche
Lo que más me interesa contarles, porque conozco a varios lectores que suelen preguntarse cómo se hace una película así, es la dinámica del rodaje. Ferro me describió una rutina casi de colonia de vacaciones artísticas: el equipo entero compartía hotel, por la noche se hablaba de las escenas del día siguiente revisando el material grabado, y de esas conversaciones salían nuevas escenas que se sumaban al guion. Para trabajar con Milo, además, alternaban las tomas con juegos y buscaban distintas maneras de sostener su atención, una decisión que en pantalla se nota, porque el chico nunca parece estar cumpliendo una consigna sino habitando un mundo. Esa forma de filmar es parte de lo que vuelve a El tren fluvial un documental disfrazado de ficción o una ficción que se deja atravesar por lo real.
A mí, que vengo siguiendo a Toto desde sus primeros pasos como actor, me gusta pensar esta película como una despedida que no se propuso serlo. Vignale y Ferro la presentaron juntos en Nueva York, la sacaron a recorrer festivales, y hoy la sigue mostrando uno solo de los dos, en un gesto que tiene más de promesa que de trámite. Mi recomendación es que vayan a la Lugones o al Malba con tiempo, que se sienten cerca sin que eso signifique sacrificar la butaca, y que miren la película como lo que es: un viaje chico en el que, como en los mejores viajes chicos, se juega algo grande.
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