Fletcher, Lachie y la vuelta al mundo que empezó con una oferta imposible
Después de que un accidente en bicicleta de montaña lo dejara parapléjico a los 17, Fletcher Crowley viajó durante tres meses por cuatro continentes junto a su amigo Lachie Bennett. Subieron 268 escalones en Hong Kong, bucearon con tiburones en Sudáfrica y durmieron en una capilla del siglo X en el sur de Francia.

Me imagino la escena: dos amigos australianos mirando una pantalla de computadora a las dos de la madrugada, con un café frío al lado y la tarjeta de crédito lista. Del otro lado, una oferta de vuelta al mundo con escalas en cuatro continentes. La compraron sin pensarlo dos veces. Lo que empezó como una escapada de dos semanas se transformó en un viaje de tres meses que cambiaría la manera en que Fletcher Crowley y Lachie Bennett se ven a sí mismos, y que también terminó interpelando a miles de personas que los seguían desde las redes sociales.
Fletcher tenía 17 años cuando una caída en bicicleta de montaña le fracturó dos vértebras y le diagnosticaron paraplejia. Hoy puede ponerse de pie y dar algunos pasos, pero el esfuerzo lo agota en pocos minutos. La silla de ruedas se volvió su medio de desplazamiento cotidiano y, según él mismo admite, la planificación de cualquier salida terminó siendo bastante más compleja que antes. Sin embargo, eso no apagó las ganas de moverse, ni las de Lachie, que trabaja como terapeuta en un centro de rehabilitación para personas con lesiones medulares.
Una amistad que se forjó en una cena nocturna
Los dos se conocieron en el colegio años atrás, pero la amistad profunda nació en ese centro de rehabilitación, durante una cena de turno nocturno. Hablaron de música, de moda, de la curiosidad por conocer gente nueva, y fueron descubriendo una coincidencia más íntima: tanto Fletcher como Lachie habían lidiado con episodios de ansiedad y aprendido a transitarlos. Esa zona común los acercó y se convirtió en la base sobre la que después imaginaron cualquier aventura.
El salto a la vuelta al mundo fue, como ellos mismos lo describen, casi un accidente. La oferta apareció, conversaron un rato y compraron los pasajes. Con el tiempo, el itinerario terminó incluyendo Hong Kong, Italia, Austria, Suiza, Países Bajos, Francia, España, Brasil y Sudáfrica. Tres meses, cuatro continentes y una mochila compartida por dos.
Las aventuras que fueron acumulando en el camino
- Hong Kong: Lachie cargó a Fletcher en la espalda para subir los 268 escalones que llevan al Gran Buda, un momento que los dos califican como surrealista.
- Suiza: una familia que los seguía en redes los contactó y los invitó a quedarse en su casa, uno de los cruces inesperados del viaje.
- Francia: se alojaron en la granja de ovejas de un conocido y pasaron una noche en una capilla del siglo X en las afueras de Niza.
- Brasil: recorrieron la selva en cuatriciclo, en medio de paisajes bien alejados de los circuitos turísticos clásicos.
- Sudáfrica: hicieron safari, bucearon con tiburones y se animaron a un vuelo en parapente, tres experiencias que resumen la lógica del viaje.
La logística, las limitaciones y el lema que los define
No todo fue sencillo. Algunos destinos resultaron directamente inaccesibles para la silla de ruedas y debieron improvisar rutas alternativas, pedir ayuda o aceptar que Lachie cargara a Fletcher en brazos durante tramos que no tenían otra solución. Puede sonar heroico, pero ellos prefieren describirlo con una frase que se volvió su lema personal: "El mundo no es accesible, nosotros lo somos." Y completan el razonamiento con otra: "Puede requerir un poco más de planificación y a veces las cosas tardan más, pero encontramos la manera de que casi todo funcione."
El dinero, como en cualquier viaje largo, fue una preocupación desde el arranque. Empezaron costeando todo con ahorros propios y, cuando comenzaron a subir videos del recorrido a sus redes, la respuesta del público fue tan grande que montaron una campaña de micromecenazgo. Lo recolectado les dio el margen económico para ser más espontáneos y para resolver una parte importante del alojamiento gracias a contactos y a personas que se cruzaron en el camino.
Cuando releo la historia, me quedo con la idea de que no hace falta un guion perfecto para animarse a lo grande. A veces alcanza con mirar a un amigo a los ojos y decir dale. Fletcher Crowley y Lachie Bennett compraron pasajes sin tener demasiado planeado y terminaron durmiendo en una capilla del siglo X, flotando entre tiburones y subiendo escalones en la espalda del otro. La vuelta al mundo les salió distinto a lo que cualquiera hubiera imaginado, y precisamente por eso la siguen recordando con una sonrisa enorme.
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