Hábitos que protegen la memoria: qué aprendió el mayor estudio latinoamericano sobre prevención de la demencia
En un encuentro internacional celebrado en Buenos Aires, especialistas presentaron los resultados de LatAm-FINGERS, un ensayo que siguió durante dos años a 1.065 personas de 11 países. La investigación midió cómo una estrategia integral —alimentación, movimiento, entrenamiento cognitivo, vínculos sociales y control cardiovascular— puede sostenerse en distintos contextos culturales.

En una sala colmada de neurocientíficos y clínicos latinoamericanos, la doctora Lucía Crivelli toma el micrófono y empieza a contar la historia de un hombre de 71 años, entrerriano, que había pisado un gimnasio y que, a los seis meses de participar en el ensayo, ya caminaba treinta minutos por día y aprendía a usar una tablet para entrenar la memoria. Esa imagen, dice la jefa de Neuropsicología de FLENI e investigadora principal de LatAm-FINGERS, condensa la idea central del estudio que se presentó en Buenos Aires: la prevención de la demencia no depende de un solo hábito aislado, sino de un conjunto de cambios sostenidos en el tiempo, adaptados a la vida real de cada persona.
El ensayo reclutó a 1.065 adultos de entre 60 y 77 años distribuidos en 11 países de la región y los acompañó durante dos años con una intervención que combinó cinco pilares: alimentación saludable, actividad física, entrenamiento cognitivo, socialización y control de los factores de riesgo cardiovascular, como hipertensión, diabetes, colesterol elevado y tabaquismo. Los participantes fueron divididos en dos modalidades: una más estructurada, con actividades organizadas y contacto frecuente con equipos de salud, y otra más autónoma, basada en recomendaciones para incorporar los hábitos por cuenta propia.
El corazón del cerebro
Los especialistas subrayaron que cuidar la memoria empieza por cuidar el corazón. La hipertensión, la diabetes y el tabaquismo dañan los vasos sanguíneos que irrigan el cerebro y aceleran el deterioro cognitivo. Por eso, la evaluación médica periódica forma parte central de la estrategia, junto con las actividades que permiten aprender algo nuevo, ejercitar capacidades como la atención y la memoria de trabajo, y sostener vínculos afectivos que funcionan como estímulo cotidiano.
“La clave consiste en sostener el principio de la intervención sin ignorar las diferencias culturales y sociales.”Lucía Crivelli, jefa de Neuropsicología de FLENI
Ese principio guió el diseño del estudio en cada comunidad. Las propuestas alimentarias y la organización de las actividades se adaptaron a los recursos y las costumbres locales: lo que se come en una comunidad mbya guaraní del nordeste argentino no es lo mismo que se sirve en una mesa urbana de Santiago de Chile o de Ciudad de México, y los programas contemplaron esas diferencias sin renunciar al núcleo científico de la intervención. En las comunidades mbya participantes, los investigadores trabajaron junto a referentes locales para respetar los tiempos, los alimentos disponibles y las formas de organización comunitaria, sin folclore ni recetas ajenas.
Resultados y límites
Al cierre de los dos años, el grupo que recibió la intervención más estructurada registró una mejora estadísticamente significativa en la cognición global respecto del grupo que siguió las recomendaciones por su cuenta. La adhesión fue otra buena señal: el 80% de los participantes mantuvo un cumplimiento moderado o alto del programa y el 84,9% completó la evaluación final. Los investigadores destacan que sostener los cambios en el tiempo es, en sí mismo, uno de los hallazgos más importantes del ensayo, porque demuestra que la estrategia es viable fuera de los centros de excelencia.
Los autores aclaran que estos resultados no significan que una rutina saludable garantice evitar la demencia. El enfoque busca reducir el riesgo y retrasar la aparición de síntomas, no prometer una cura. La edad, la genética y otros factores que no se pueden modificar también pesan, y por eso la prevención funciona mejor cuanto antes se empieza. Lo que sí muestra el estudio es que un programa integral, diseñado con sensibilidad cultural, puede sostenerse en contextos tan distintos como los de América Latina, y que los participantes lo hacen propio cuando se sienten escuchados.
Salgo del encuentro con una sensación que me cuesta traducir. Durante años escuché que la demencia era, en buena medida, un destino escrito en los genes; hoy, en esta sala porteña, un grupo de investigadores me cuenta que el destino se negocia un poco con cada decisión cotidiana. Comer mejor, caminar, aprender algo nuevo, llamar a un amigo, controlar la presión: gestos pequeños que, sumados y sostenidos, pueden cambiar la historia de un cerebro. No es una promesa de inmortalidad, pero es, creo, una de las noticias más humanas que me tocó contar.
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