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La cuenta de los años que se van sin darse cuenta: cuando estar solo y sentirse solo pesan distinto en la salud

Una investigación sobre más de 277.000 adultos del Biobanco del Reino Unido mostró que la soledad y el aislamiento social se asocian con menos años de vida libre de enfermedades, y que la brecha mayor se da en la salud mental de los hombres. Los hábitos saludables amortiguaron el impacto del aislamiento, aunque no lograron reducir el peso de sentirse solo.

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Soledad Da SilvaSociedad y vida · · 5 min de lectura
La cuenta de los años que se van sin darse cuenta: cuando estar solo y sentirse solo pesan distinto en la salud

Lo veo seguido en las consultas que cubro para esta sección: alguien que vive rodeado de gente y se siente solo, y otra persona que casi no ve a nadie y, sin embargo, dice estar bien. Esa diferencia, que parece una sutileza del lenguaje, no lo es. Una investigación reciente publicada por la Universidad de Tulane volvió a ponerla en el centro de la escena, y lo hizo con cifras contundentes: contar con pocos vínculos y experimentar la sensación de soledad son dos fenómenos distintos, y cada uno pega de manera diferente en los años que alguien puede esperar vivir sin enfermedades crónicas.

Para ordenar la lectura, conviene empezar por una historia antes del dato general. Pienso en Hugo, un vecino del conurbano bonaerense que perdió a su esposa hace cinco años. Tiene hijos y nietos que lo llaman, pero él repite que la casa se le hace larga. No está aislado socialmente: habla con el verdulero, con el médico, con el farmacéutico. Lo que describe es soledad. Del otro lado está Marta, que vive sola desde los setenta y organiza ella misma sus turnos, sus salidas al club y sus videollamadas con amigas del colegio. Tiene menos contactos que Hugo, pero no experimenta ese malestar. La investigación que presento acá parte exactamente de esa distinción, y por eso sus conclusiones no pueden leerse como una receta única.

Dos que no se superponen

  • Aislamiento social: pocas relaciones o interacción limitada con los demás, según el Consejo Nacional de Envejecimiento.
  • Soledad: malestar por la falta de una conexión significativa, incluso cuando hay vínculos.
  • La clave es que una persona puede estar aislada sin sentirse sola, y viceversa: tener muchos contactos no garantiza que la conexión sea significativa.

El trabajo que llegó a mi escritorio siguió a más de 277.000 participantes del Biobanco del Reino Unido, todos de entre 40 y 69 años al momento del ingreso, y ninguno de ellos padecía las siete condiciones que los investigadores decidieron seguir de cerca: diabetes, enfermedades cardíacas, enfermedades pulmonares, demencia, cáncer, depresión y ansiedad. Para estimar cuántos años podían esperar vivir sin esos problemas, el equipo tomó como referencia los 50 años y fue ajustando los cálculos según lo que cada participante reportó sobre su vida social y su sentir. Esa manera de medir, pensada para una franja etaria que en Argentina también coincide con buena parte de la población que consulta por cuadros crónicos, me parece un punto fuerte del estudio.

Las diferencias que aparecieron al final no son menores y, sobre todo, no son parecidas entre hombres y mujeres. En el caso de la salud física, las mujeres que atravesaban soledad y aislamiento social perdieron en promedio 2,4 años de vida sin enfermedades respecto de quienes no estaban en esa situación; los hombres perdieron 1,7 años. Pero el dato que más me golpeó cuando leí el informe está en la salud mental: la brecha llegó a 3,7 años para ellas y a 5,8 para ellos. Es decir, casi seis años de vida sin depresión ni ansiedad que se esfuman en los varones que cargan con esa combinación, y eso es un número que cualquiera puede dimensionar.

“Los hallazgos abarcan tanto la salud física como la mental, y muestran que la soledad y el aislamiento social no son intercambiables a la hora de pensar en prevención.”Lu Qi, investigador principal del estudio

Como periodista me interesa especialmente lo que dijo el equipo sobre los hábitos cotidianos, porque allí aparece un matiz que cambia la forma en que solemos hablar del tema. Una alimentación saludable, hacer actividad física, dormir bien y no fumar amortiguaron la pérdida de años sin enfermedades asociada al aislamiento social. O sea, quienes llevaban esos hábitos pudieron achicar parte de la desventaja que aparecía simplemente por tener pocos contactos. Pero, atención: esos mismos hábitos no redujeron de manera significativa los riesgos vinculados con sentirse solo. La soledad, en este trabajo, se mostró más resistente a las estrategias que suelen recomendarse desde la medicina del estilo de vida.

Por qué esta diferencia importa en la vida cotidiana

Vuelvo a Hugo, el vecino que se me apareció mientras escribía. Aunque coma bien, camine por el parque y duerma sus ocho horas, hay un tramo de su malestar que ninguna de esas conductas toca. Es el tramo emocional, el de la conexión. En cambio, si lo que le faltara fueran esos hábitos y, encima, tuviera una red chica, la investigación sugiere que mejorar la alimentación o moverse más podría recuperar parte del terreno perdido. La moraleja, si me permiten una lectura en términos de salud pública, es que las campañas que insisten solo en comer mejor y moverse más dejan afuera a una parte importante del problema cuando este pasa por cómo nos sentimos con los demás.

Quiero ser clara con un punto que a veces se pierde en el camino: las cifras del estudio hablan de años libres de las enfermedades evaluadas, no de años de vida literalmente perdidos. No estamos diciendo que alguien vaya a morir cinco años antes por sentirse solo; estamos diciendo que, en el promedio de una población muy grande y observada durante años, quienes atraviesan soledad y aislamiento social tienden a sumar más enfermedades crónicas y a vivir más años con ellas. Es un dato poblacional, no un destino individual, y por eso me parece más útil que alarmista, aunque no por eso menos serio.

Mientras cerraba esta nota pensaba en cuántas veces escuché decir eso de 'estoy solo pero estoy bien' o, al revés, 'tengo mucha gente alrededor y me siento vacío'. La investigación de la Universidad de Tulane, difundida en un comunicado del 22 de septiembre de 2026, le pone número a esa experiencia: la distingue, la mide y la separa del aislamiento. Para mí, que hace años cubro temas de sociedad y vida cotidiana, eso vale bastante. Porque si algo deja en claro es que las políticas públicas, los médicos de cabecera y hasta los propios lectores de 40 a 60 años deberían empezar a diferenciar entre tener pocos vínculos y sentirse solo, y a tratar cada cuestión con las herramientas que le son propias, en lugar de empujarlas dentro del mismo saco.

SD
Soledad Da SilvaSociedad y vida

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