La mesa compartida: el aula silenciosa donde los chicos aprenden a comer
Un consenso de especialistas en nutrición pediátrica, presentado en el 9° Congreso Argentino de Nutrición Pediátrica, vuelve a poner el foco en algo que suele quedar fuera de la consulta médica: con quién y cómo se come importa tanto como lo que se sirve en el plato.

Son las ocho de la noche en una cocina de Temperley. Hay olor a milanesa recién hecha, una pava que empieza a silbar y dos chicos que todavía no se sentaron a la mesa porque están peleándose por el control del televisor del living. La madre, que viene de un día largo en el trabajo, los llama por tercera vez. Cuando por fin se acomodan en las sillas, el padre aparece con una fuente de ensalada que nadie había probado antes. Uno de los nenes la mira con desconfianza, la otra la prueba sin chistar. La escena, que podría repetirse en miles de hogares argentinos, es exactamente el tipo de momento que un grupo de especialistas decidió poner en el centro del debate: lo que rodea al plato termina definiendo, tanto o más que el plato mismo, la relación que un chico va a tener con la comida durante el resto de su vida.
Esa es, en pocas palabras, la idea que motoriza al consenso NutreAR, un documento desarrollado por PROFENI (Profesionales Expertos en Nutrición Infantil) y presentado en el 9° Congreso Argentino de Nutrición Pediátrica, que organizó la Sociedad Argentina de Pediatría. El punto de partida es sencillo pero a menudo se olvida en los consultorios: la alimentación infantil y adolescente no se reduce a una lista de nutrientes. Importa qué se come, sí, pero también cuándo, dónde y, sobre todo, con quién.
Comensalidad: la palabra que ordena todo
Los especialistas resumen esa mirada en un concepto que atraviesa todo el consenso y que, en buena medida, le da la vuelta de tuerca al enfoque clásico: la comensalidad. En criollo, se trata de todo aquello que envuelve al acto de comer: el momento del día, el lugar, las personas que se sientan a la mesa, las conversaciones que se tejen ahí y hasta la manera en que se sirven los platos. La propuesta es ambiciosa en edad y en alcance, porque va de los doscientos catorce años y porque reconoce que las necesidades de un nene de dos, de un chico de diez y de un adolescente de dieciséis no son las mismas, y por eso ofrece orientaciones distintas para cada etapa.
Entre los mecanismos mejor documentados por la literatura que citan los autores del consenso aparece uno que cualquier padre o madre puede comprobar en su propia casa: los chicos aprenden a comer, en gran medida, por imitación. Si un nene ve a sus padres, a un hermano mayor o a un amigo incorporar alimentos variados, le resulta más fácil ampliar su propio repertorio. Cuando la selectividad alimentaria se instala, es decir, cuando un chico se cierra a un menú muy restringido, revertirla cuesta mucho más si no hay modelos cercanos que muestren otras alternativas. Por eso los profesionales insisten en una recomendación tan concreta como olvidada: ofrecer siempre algo nuevo, aunque sea en pequeña cantidad, y no consolidar un menú único y repetido por miedo al rechazo.
La trampa de los quince: comer solo, en el cuarto, con la pantalla
A partir de los catorce o quince años, la rutina empieza a jugarle en contra a la mesa familiar. Los especialistas marcan un punto de inflexión conocido por cualquier casa con adolescentes: crece la tendencia a comer solos, encerrados en el cuarto, con el celular en una mano y el tenedor en la otra, delante de una pantalla. Esa práctica, que parece inofensiva,reduce de manera considerable las oportunidades de construir los lazos alrededor de la comida que la infancia había instalado. Frente a ese panorama, el consenso lanza una recomendación práctica y a la vez exigente: sostener al menos una comida compartida por día. La cena aparece como la más viable, porque los horarios de trabajo, de la escuela y de las actividades deportivas hacen casi imposible coincidir a mediodía. Y los propios especialistas aclaran algo que descontractura la culpa de muchos padres: la mesa no tiene que ser obligadamente la familia en su formato más clásico. Cenar con amigos cumple, nutricional y emocionalmente, la misma función.
La escuela también es una mesa
La comensalidad, sin embargo, no termina en la puerta de la casa. El consenso pone el ojo en lo que pasa en la escuela, donde los chicos pasan buena parte del día y, sobre todo, del mediodía. Los comedores escolares con menús planificados bajo criterios nutricionales, junto con las viandas que se arman en cada hogar, multiplican las oportunidades de exposición a alimentos variados y abren, sin que lo sepamos, conversaciones sobre lo que se come y por qué. Y ese aprendizaje en la escuela, lejos de competir con el de la casa, lo refuerza: a mayor cantidad de entornos que ofrezcan modelos distintos, más rico suele ser el repertorio que un chico construye.
- La comensalidad, es decir, el contexto en que se come, pesa tanto como el contenido del plato.
- La imitación familiar es la principal herramienta para ampliar la dieta de los chicos.
- Una comida compartida por día, idealmente la cena, ayuda a sostener el hábito.
- La escuela es un complemento clave de la mesa del hogar.
- Cenar con amigos también cuenta: no hace falta la familia tradicional.
Yo, escribo en este portal hace años, soy madre de dos chicos que ya pasaron la etapa de la silla alta y conozco de primera mano lo difícil que es mantener una mesa ordenada cuando el tiempo aprieta y los horarios no se cruzan. Por eso me interesa especialmente que un consenso de especialistas venga a recordarnos que la comida en familia no es una reliquia de otras épocas ni un capricho pedagógico, sino una herramienta concreta de salud que se construye con presencia cotidiana. Si algo me llevo de lo que presentaron estos profesionales, es que no se trata de cocinar de manera impecable ni de sentarse todos los días a la mesa como si fuera una postal, sino de garantizar, al menos una vez por jornada, un momento compartido alrededor de un plato. Es,, la inversión más simple y más poderosa que una familia puede hacer por la salud de sus hijos. Firma: Soledad Da Silva, Sociedad y vida.
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