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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Ecos del Iguazú

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La momia que resucitó en 1999 y arrastró a dos décadas de aventuras en el cine

Brendan Fraser y Rachel Weisz encabezaron la primera entrega de una trilogía que mezcló exploración, terror y romance a la sombra de las leyendas del antiguo Egipto. Un repaso por la película de Stephen Sommers y sus dos continuaciones, con la huella de Indiana Jones y la huella del monstruo clásico de Universal.

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Osvaldo DuarteCultura y espectáculos · · 4 min de lectura
La momia que resucitó en 1999 y arrastró a dos décadas de aventuras en el cine

A fines de los años noventa, cuando todavía se alquilaba VHS en el videoclub del barrio y la publicidad de la pantalla grande se medía en afiches pegados en las paradas de colectivo, una película vino a recordarme que el viejo monstruo de las momias de Universal podía volver a caminar entre nosotros sin necesidad de pedirle permiso a Drácula ni a Frankenstein. Esa película fue La momia, que Stephen Sommers estrenó en 1999 con Brendan Fraser y Rachel Weisz como pareja central, y que terminó abriendo una trilogía que se extendió hasta 2008 con dos aventuras más que no siempre se recuerdan con la misma generosidad.

La historia arranca como tantas otras que el cine de aventuras nos ha contado: una expedición a unas ruinas egipcias termina siendo la puerta de entrada a un problema mucho más grande que el que habían ido a buscar. En este caso, el lugar es Hamunaptra, la mítica ciudad de los muertos, y el hallazgo es la tumba de Imhotep, un sacerdote maldito que llevaba milenios esperando a que alguien cometiera la torpeza de leer en voz alta el texto equivocado. A partir de ahí, lo que empezó como una búsqueda arqueológica se transforma en una carrera contra una amenaza sobrenatural que, como suele pasar en estos relatos, no se queda en el desierto ni en el mapa de ningún explorador.

Fraser y Weisz, el matrimonio improbable que sostiene la saga

Rick O'Connell, el aventurero con más coraje que reflejos académicos, es el personaje que le devolvió a Brendan Fraser un lugar protagónico en Hollywood después de su paso por la recordada Escuela de genios. Evelyn Carnahan, la egiptóloga despistada y valiente, le dio a Rachel Weisz uno de esos papeles que quedan asociados para siempre a la actriz que los interpreta. Sommers los puso a trabajar como una pareja que se complementa desde el descreimiento: ella sabe de jeroglíficos y lenguas muertas, él sabe de trincheras, fugas y peleas a los puños. Esa química, que el film construye con paciencia de clásico, sostiene buena parte del encanto de la trilogía y se mantiene, con distintos matices, en las dos entregas siguientes.

La referencia inevitable es Indiana Jones, y Sommers no la disimula ni la esconde: la exploración, los riesgos físicos, la sombra de un villano con poderes que no deberían existir y un romance adulto entre un hombre de acción y una mujer de libros son marcas registradas del personaje creado por Steven Spielberg y George Lucas. Lo que La momia le agrega a esa receta es una dosis de comedia física al servicio de Fraser, que era ya un especialista en ese tipo de comicidad corporal, y un componente de terror que se anima a imágenes bastante crudas para una película de aventuras de su presupuesto y de su tiempo.

Como televidente, lo que más me sigue gustando de la primera entrega es la manera en que Sommers entiende que el verdadero motor de la historia no es la maldición ni la momia, sino la relación entre Rick y Evelyn: todo lo sobrenatural que aparece en pantalla está al servicio de obligarlos a entenderse, a confiar el uno en el otro y a descubrir que, debajo de las diferencias, están hechos el uno para el otro. Esa decisión, que parece menor y no lo es, es la que distingue a La momia de un simple revival de monstruo y la que permite que la película siga siendo disfrutable cuando uno vuelve a darle play, algo que yo recomendaría hacer en una noche de lluvia, con pochoclo a mano y con la predisición generosa de entregarse a una aventura sin demasiadas preguntas. Si tienen que elegir por dónde empezar la trilogía, no lo duden: vuelvan a 1999, a ese Egipto de cartón pero encantador, y dejen que Fraser y Weisz les cuenten otra vez cómo empezó todo.

Un clásico moderno para revisitar

Entre las películas de aventuras que uno conserva en la memoria afectiva, La momia ocupa un lugar incómodo y privilegiado al mismo tiempo: demasiado reciente para ser un clásico de verdad, demasiado anterior al superheroísmo masivo como para que se la pueda juzgar con los parámetros de hoy. Lo mejor que se puede hacer, en mi opinión, es volver a verla con los mismos ojos con los que se la descubrió: como un cuento de tumbas, maldiciones y pasiones cruzadas en el desierto, contado por un artesano del blockbuster que entendía que hasta los monstruos más antiguos merecen una buena historia de amor detrás.

OD
Osvaldo DuarteCultura y espectáculos

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