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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Ecos del Iguazú

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La tríptico de Patricio Guzmán que revive, cámara al hombro, los años que partieron a Chile en dos

El documentalista chileno regresa a la pantalla con su obra emblemática sobre el gobierno de Salvador Allende y el golpe que instaló a Pinochet. Dividida en tres filmes, reconstruye la pulseada entre el Parlamento, las fábricas y los cuarteles, y se inscribe en la tradición del Tercer Cine latinoamericano.

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Osvaldo DuarteCultura y espectáculos · · 3 min de lectura
La tríptico de Patricio Guzmán que revive, cámara al hombro, los años que partieron a Chile en dos

A fines de los años setenta, cuando aún resonaban los ecos del golpe que derrumbó al gobierno de Salvador Allende, un joven documentalista chileno llamado Patricio Guzmán salió a las calles de Santiago con una cámara al hombro y un propósito que muchos consideraban una locura: registrar, en tiempo real, el desmoronamiento de una democracia. Aquella aventura, financiada con esfuerzo colectivo y rodada en condiciones casi clandestinas, terminó convertiéndose en La batalla de Chile, una de las piezas fundamentales del cine político latinoamericano, que ahora vuelve a circular para que nuevas camadas de espectadores se acerquen a uno de los episodios más dolorosos de la historia reciente del Cono Sur.

La obra no es un filme único sino un tríptico: tres películas que funcionan como capítulos de un mismo relato y que llevan por título La insurrección de la burguesía, El golpe de estado y El poder popular. Cada una se detiene en un momento distinto del proceso que vivió Chile entre 1972 y 1973, desde las tensiones crecientes durante el gobierno de Allende hasta la interrupción violenta del orden constitucional y el despliegue posterior de la dictadura de Pinochet.

Parlamento, asambleas y cuarteles: tres mundos en un mismo cuadro

Lo que vuelve a La batalla de Chile una pieza irreemplazable es su ambición de mirar el conflicto desde varios ángulos en simultáneo. La cámara no se queda en los pasillos del Congreso ni en los despachos oficiales: baja a las fábricas, recorre los cordones industriales, se interna en las asambleas obreras donde se discutían las medidas de fuerza, y también entra a los recintos donde la oposición de derecha organizaba su resistencia. Así, el documental compone un mosaico en el que la pulseada institucional convive con la organización de base y, al mismo tiempo, deja entrever la sombra de los tanques que terminarán por definirlo todo.

Esa mirada plural tiene un mérito adicional: registra las discusiones internas de la izquierda, los debates sobre cómo responder a la embestida patronal y los matices que muchas veces quedaron fuera de los relatos posteriores. No se trata, entonces, de un panfleto ni de una mirada idílica del período, sino de un documento que intenta mostrar la complejidad de un momento en el que las decisiones se tomaban a contrarreloj.

Un filme hijo del Tercer Cine

La batalla de Chile no podría entenderse sin la corriente cinematográfica en la que se inscribe: el Tercer Cine, un concepto que empezaron a delinear teóricos y realizadores de América Latina como una vía de producción y expresión alejada del modelo comercial de Hollywood y también del cine de autor europeo. Se trataba, en criollo, de un cine pensado como herramienta política y social, hecho muchas veces con pocos recursos pero con una enorme voluntad de intervenir en la realidad.

En esa tradición, el documental aparece como un medio para registrar procesos históricos en curso y devolverles a los pueblos la memoria de sus propias luchas. Guzmán, a quien cariñosamente muchos en Chile y en el circuito de festivales conocen simplemente como el Pelao, es uno de los herederos más lúcidos de aquella corriente, y esta obra es probablemente su carta de presentación más rotunda.

Si nunca la viste o si la viste hace años y te quedó dando vueltas, te la recomiendo sin dudarlo: poné el café, sentate con tiempo y dejate llevar por una de las experiencias más potentes del documental latinoamericano. A mí, cada vez que la repaso, me sigue pareciendo un recordatorio de que el cine puede ser, cuando se lo propone, una trinchera.

OD
Osvaldo DuarteCultura y espectáculos

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