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Miércoles, 21 de octubre de 2026
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Ecos del Iguazú

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La versión de Olivia Wilde de "Sentimental" se anima a romper la fórmula y gana en el intento

La directora toma el filme español de Cesc Gay como punto de partida y lo reescribe con más intimidad, personajes más densos y un cierre que apuesta por la ambigüedad antes que por la reconciliación fácil.

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Osvaldo DuarteCultura y espectáculos · · 4 min de lectura
La versión de Olivia Wilde de "Sentimental" se anima a romper la fórmula y gana en el intento

A fines de los años ochenta, cuando las comedias de enredos todavía se filmaban en un único departamento y dependían casi exclusivamente del talento de sus actores para sostener el ritmo, muy pocos imaginaban que una pieza tan austera pudiera viajar de un país a otro sin perder su esencia ni sus limitaciones. Por eso, cuando supe que Olivia Wilde se había animado a tomar como punto de partida Sentimental, el filme de Cesc Gay que en 2020 conquistó a la crítica española y a una porción del público argentino que lo descubrió en plataformas, lo primero que sentí fue una mezcla de curiosidad y escepticismo. Y lo segundo fue la necesidad imperiosa de sentarme a ver qué había hecho con aquel material tan delicado.

La invitación, tal como se titula esta reinterpretación, conserva el corazón del relato original: una pareja acepta una cena con vecinos casi desconocidos, y lo que empieza como una velada incómoda termina desnudando, en cuestión de horas y dentro de un mismo departamento, las grietas más profundas de un matrimonio que ya no sabe cómo comunicarse. La estructura repite los hitos del filme de Gay, incluidos el músico frustrado que se entera tarde de los planes, la vecina que aparece desnuda frente a la ventana como un pequeño escándalo visual y la escena de la sesión con la psicóloga que funciona como detonante emocional de la noche.

Lo que cambia y por qué importa

Sin embargo, y acá está lo que a mi criterio justifica la existencia misma de esta nueva versión, Wilde decide no quedarse en la mera repetición. La cámara, dirigida por Matthew Libatique, se mueve con una libertad que el original —más contenido, más teatral, casi de cámara fija— no se permitía. Los actores tienen espacio para desplazarse dentro del encuadre, y eso le devuelve al departamento una sensación de vida cotidiana que en Sentimental quedaba algo aplastada por la mise en scène.

Los cambios más profundos, los que de verdad inclinan la balanza, son de construcción de personaje. El papel que interpreta la propia Wilde gana espesor con referencias a una carrera artística abandonada, un detalle menor en apariencia pero que explica buena parte de la frustración que el personaje arrastra y que en el original permanecía apenas sugerida. Pequeños gestos cotidianos —la forma en que mira un cuadro, en que sirve el café, en que evita mirar a su propia pareja— terminan de delinear a una mujer mucho más completa que la de la versión española. El personaje que interpreta Edward Norton, por su parte, recibe también un pasado que justifica esa actitud aparentemente despreocupada, casi indolente, que en Sentimental quedaba un poco inexplicada y que acá adquiere una dimensión casi melancólica.

“La versión de Wilde no termina en el sexo aparentemente reconciliador del original, sino en una imagen mucho más discreta, más honesta y, sobre todo, deliberadamente abierta.”Osvaldo Duarte
  • Olivia Wilde firma la dirección y además interpreta al personaje femenino principal, al que le agrega una backstory artística que no existía en la versión original de Cesc Gay.
  • Edward Norton y Penélope Cruz encarnan a la pareja anfitriona, y su relación poliamorosa —revelada en el tramo central— es el quiebre narrativo más significativo respecto de Sentimental.
  • Seth Rogen compone al músico frustrado, y su reacción ante la revelación poliamorosa es de curiosidad mezclada con inseguridad, lo que vuelve más visible la fractura interna del matrimonio protagonista.
  • El cierre de La invitación sustituye la escena de sexo reconciliador de la versión española por una imagen más íntima: Rogen retoma el piano que había dejado atrás y Wilde toca junto a él, en un tramo final que el filme deja deliberadamente abierto.

Mi lectura del cierre

A la pregunta que ronda toda la película —si esa ambigüedad final suma o le quita fuerza al cierre—, mi respuesta después de haberlo pensado un buen rato es que le suma, y le suma mucho. Entiendo la tentación de cerrar con algo más rotundo, más parecido al desenlace del filme de Gay, pero creo que Wilde acierta al apostar por esa imagen discreta, casi musical, en la que los dos protagonistas vuelven a coincidir en un piano después de una noche de confesiones cruzadas. La escena es emocionalmente más cargada que el cierre del original y, al mismo tiempo, deja al espectador librado a su propia interpretación: no sabemos si lo que tocan juntos es un principio, un final o apenas una tregua. Y esa incertidumbre, lejos de debilitarla, la vuelve más honesta y, me animo a decir, más cercana a la experiencia real de cualquier pareja que haya intentado reconstruir algo después de una crisis profunda.

Si todavía no la vieron, mi recomendación personal es que la busquen en alguna plataforma de streaming y se preparen para una comedia con un giro dramático sostenido que no se parece demasiado a lo que Hollywood suele ofrecernos. No es una película perfecta ni pretende serlo, pero tiene algo que se agradece cada vez más: la valentía de tomar un material conocido y animarse a cambiarlo sin traicionarlo. Y en tiempos de remakes calcados, eso ya merece, como mínimo, una función.

OD
Osvaldo DuarteCultura y espectáculos

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