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Llagas en la boca: por qué aparecen, cuánto duran y en qué momento conviene llamar al odontólogo

Las aftas son habituales y casi siempre se van solas en una o dos semanas, pero hay señales claras para no dejar pasar la consulta profesional.

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Soledad Da SilvaSociedad y vida · · 4 min de lectura
Llagas en la boca: por qué aparecen, cuánto duran y en qué momento conviene llamar al odontólogo

Me crucé con Marta una mañana de martes, mientras hacía la cola en la farmacia del barrio. Tenía la boca entreabierta, hablaba despacio y, antes de que le preguntara qué le pasaba, me dijo, casi como pidiendo permiso: "Tengo una llaga hace diez días y ya no sé si esto es normal o estoy haciendo algo mal". Me quedé pensando en cuántas veces uno convive con una lastimadura dentro de la boca sin animarse a consultar, convencido de que se trata de algo menor que se va a ir solo. La historia de Marta sirve para ordenar un tema que parece simple pero que tiene sus bemoles: cuándo una afta es una afta y cuándo, en cambio, hay que sentarse frente a un profesional y pedir que la mire.

Empecemos por lo básico. Las aftas, que en la conversación cotidiana llamamos llagas, son heridas dolorosas que aparecen en la cara interna de los labios, en las mejillas o sobre la lengua. No tienen origen infeccioso y, por eso, no se contagian. El Instituto Nacional de Investigación Dental y Craneofacial de Estados Unidos las describe como lesiones frecuentes: se estima que alrededor de una cuarta parte de la población va a tener al menos una a lo largo de su vida. En la enorme mayoría de los casos desaparecen solas en el término de una a dos semanas, sin necesidad de tratamiento.

Qué las provoca y por qué a veces cuesta sacárselas de encima

La causa puntual de una afta no siempre se identifica con precisión, pero sí se conocen varios desencadenantes. La Clínica Mayo los enumera con claridad: morderse la cara interna de la mejilla o el labio por accidente, cepillarse los dientes con demasiada fuerza, el roce de un aparato de ortodoncia o de una prótesis mal ajustada, o un borde filoso en alguna pieza dental. También pueden irritar la zona los alimentos muy ácidos, los picantes y los muy salados, que no las causan pero sí prolongan las molestias. Detectar cuál de estos factores está jugando en contra y corregirlo, por ejemplo limando un filo o pidiendo un ajuste de la prótesis, reduce las chances de que la llaga vuelva a aparecer.

  • Mordeduras accidentales de la mejilla, el labio o la lengua.
  • Cepillado dental demasiado enérgico o con cerdas duras.
  • Roce de aparatos de ortodoncia o de prótesis mal ajustadas.
  • Bordes filosos en alguna pieza dental.
  • Consumo de alimentos ácidos, picantes o muy salados.

Cuándo la consulta deja de ser opcional

La misma Clínica Mayo traza una línea bastante precisa para saber cuándo hay que dejar de esperar y pedir turno. Hay que consultar cuando la llaga se extiende más allá de las dos semanas, cuando reaparece con frecuencia, cuando la lesión es inusualmente grande o cuando aparece una nueva antes de que termine de cicatrizar la anterior. También conviene hacerlo si el dolor no se controla con lo que tenemos a mano en casa, si la llaga impide comer o beber con normalidad, o si se suma fiebre. Volviendo a Marta, su afta de diez días estaba justo en el límite: ya no era cuestión de "esperar un par de días más".

Otro punto que suele aparecer cuando las aftas se repiten es el de los nutrientes. La Clínica Mayo señala que los episodios frecuentes pueden estar asociados a niveles bajos de hierro, zinc, ácido fólico o vitamina B12. Eso no significa que cualquier persona con llagas recurrentes tenga automáticamente una carencia ni que deba lanzarse a tomar suplementos por cuenta propia. Lo que hace el profesional, según la historia clínica y los síntomas, es evaluar si corresponde pedir análisis y, eventualmente, indicar un tratamiento.

Una revisión publicada en el repositorio científico PMC aporta un dato útil para entender por qué los profesionales insisten en mirar antes de diagnosticar aftas recurrentes: antes de atribuir las lesiones a esa causa, hay que descartar otras posibilidades. Por eso, en los episodios que se repiten, la evaluación suele incluir no solo lo que pasa dentro de la boca sino también los síntomas que aparecen fuera de ella. Esa mirada amplia es la que evita confundir una afta con algo que necesita otro abordaje.

Mientras escribo esta nota pienso en Marta y en la respuesta que no le di en la farmacia. Una afta aislada, chica, que duele pero deja comer y se va antes de los quince días, no es motivo de alarma: alcanza con tener paciencia, evitar los alimentos que irritan y, si el malestar molesta mucho, recurrir a los geles de venta libre o a los enjuagues antisépticos que mencionan los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos para aliviar el dolor y favorecer la cicatrización. Pero cuando la historia se repite, la lesión se agranda o se niega a irse, la consulta con el odontólogo o con el médico deja de ser un trámite y pasa a ser la decisión razonable. Como le dije al final, cuando la encontramos otra vez: "Andate tranquila, pero pedí turno".

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Soledad Da SilvaSociedad y vida

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