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Ecos del Iguazú

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Por qué algunos despiertan con el sueño fresco y otros lo pierden antes de abrir los ojos

Un estudio publicado en Communications Psychology siguió durante quince días a 217 adultos sanos para entender qué inclina la balanza entre recordar el sueño o quedarse solo con la sensación de que algo ocurrió. La respuesta no es magia ni misterio: tiene que ver con la edad, con la cabeza de cada uno y con cómo se durmió esa noche.

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Soledad Da SilvaSociedad y vida · · 3 min de lectura
Por qué algunos despiertan con el sueño fresco y otros lo pierden antes de abrir los ojos

Son las siete de la mañana y la alarma suena en el dormitorio de Mariana, en Lanús. Abre los ojos y antes de mover un dedo ya está ahí: una secuencia entera, con detalles, con colores, como si la hubiera vivido despierta. A su lado, su pareja hace el mismo gesto de levantarse, pero no tiene nada. Ni una imagen, ni un personaje, ni siquiera la certeza de que soñó algo. Lo que a ella le sobra, a él le falta. Y lo mismo se repite, dicen los investigadores, en miles de dormitorios del país y del mundo.

Esa diferencia cotidiana, que en general se atribuye al azar o a la suerte, acaba de ser puesta bajo la lupa por un equipo internacional que publicó sus resultados en la revista Communications Psychology. La pregunta que se hicieron fue directa: ¿por qué algunas personas recuerdan sus sueños al despertar y otras no? Para responderla, reclutaron a 217 adultos sanos, de entre 18 y 70 años, y les pidieron que durante quince días seguidos, cada mañana, anotaran si recordaban haber soñado y con qué nivel de detalle. En paralelo, el equipo recolectó datos demográficos, psicológicos y del sueño mediante dispositivos de monitoreo y pruebas específicas.

Los rasgos que pesan antes de cerrar los ojos

  • La actitud atenta hacia los propios sueños: las personas que se interesan por lo que sueñan y le prestan atención tienden a recordarlo más.
  • La tendencia a la divagación mental, es decir, la inclinación de la mente a encadenar pensamientos de forma espontánea en lugar de mantenerse en el foco inmediato: aparece asociada a una mayor frecuencia de recuerdos oníricos.
  • La edad: a medida que pasan los años cambia la facilidad para retener ese contenido al despertar, aunque el estudio no la presenta como una regla lineal.
  • La vulnerabilidad a la interferencia: la facilidad con que un recuerdo de sueño es desplazado por estímulos inmediatos al abrir los ojos, como la luz, el ruido o el primer pensamiento consciente.

Ese último punto, la interferencia, fue uno de los que más llamó la atención de los autores. Sucede muchas veces: el sueño todavía está fresco, pero el cerebro ya empezó a procesar el día. Si la luz de la ventana, un ruido en la calle o el nombre de un compromiso pendiente llegan antes de que la imagen onírica quede consolidada en la memoria, el contenido se pierde. Despertar en mitad de una fase ligera, en vez de atravesar el silencio hasta entrar en un sueño profundo, parece aumentar las chances de que el relato se quede.

Soñar no es lo mismo que recordar

El estudio también se detuvo en una experiencia que muchos conocen y pocos habían analizado con rigor: lo que los investigadores llaman sueño blanco. Es esa sensación rara de despertar con la certeza de que algo ocurrió durante la noche, pero sin poder recuperar ni una imagen, ni un personaje, ni una emoción. Esa segunda vivencia fue más frecuente en ciertos grupos y permitió a los autores confirmar algo que parece obvio pero no lo es: que soñar y recordar lo soñado son dos procesos distintos, que pueden ir juntos o separados.

En cuanto a la estructura del descanso, los datos fueron elocuentes. Quienes presentaban episodios de sueño más largos, con menor proporción de sueño profundo —la etapa N3, asociada a la recuperación física y cerebral— y mayor presencia de fases más livianas, eran los que más recuerdos de sus sueños se llevaban a la mañana. Las etapas de sueño más superficial parecen ofrecer condiciones más favorables para que la experiencia nocturna sobreviva al paso del día.

Leo todo esto y vuelvo a pensar en Mariana y en su pareja. No hay magia en la diferencia entre ellos, ni un don. Hay una combinación de cosas: la edad, la manera en que cada uno se deja llevar por sus pensamientos, cuánto le importa lo que soñó, cómo se durmió la noche anterior y, sobre todo, qué tan rápido lo invade el mundo cuando abre los ojos. Recordar un sueño, concluyo mientras dejo el café sobre la mesa, es también una forma de estar despierto.

SD
Soledad Da SilvaSociedad y vida

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