Rastrear al puma en la estepa santacruceña: una experiencia que empieza cuando todavía es de noche
Desde Perito Moreno, en el corazón de Santa Cruz, salen safaris de varios días para seguir las huellas del felino más grande de la Patagonia. El invierno, con su nieve hasta las rodillas, se convierte en el mejor aliado de los guías para leer el terreno y acercarse al animal sin perturbarlo.

Le cuento de entrada el dato que más me impresionó: en plena temporada invernal, las excursiones que parten desde Perito Moreno hacia la estepa patagónica registran ocupaciones que rozan el tope, con grupos reducidos de apenas cuatro o cinco viajeros por salida. No es un destino de masas, y justamente ahí está parte de su encanto. La ciudad, parada obligatoria sobre la ruta nacional 40 y la ruta provincial 43, en el departamento Lago Buenos Aires, funciona como base logística para una experiencia que combinaaventura, frío intenso y una cuota enorme de paciencia. Yo mismo lo confirmé al hablar con los operadores locales: la demanda crece año tras año, sobre todo entre junio y septiembre, cuando la nieve transforma el paisaje en una pizarra blanca donde cualquier huella se lee como un mapa.
Salir antes del amanecer, leer la nieve como quien lee un diario
Las travesías, de tres días corridos, arrancan de madrugada, mucho antes de que asome el sol. La camioneta deja atrás el asfalto y se interna por caminos vecinales que bordean campos privados y sectores del Parque Patagonia Argentina. El frío pega fuerte: hielo en la ruta, temperaturas bajo cero y, en muchos tramos, nieve acumulada hasta las rodillas. Pero esa misma dureza es la que vuelve viable el rastreo. Sobre la superficie nevada, las pisadas del puma quedan impresas con una nitidez que sorprende a quien las ve por primera vez. Son huellas redondeadas, con la almohadilla dibujando un pentágono perfecto y sin marcas de garras, porque el animal las retrae al caminar. La pata delantera es levemente más grande que la trasera, un detalle que los baqueanos locales distinguen a simple vista.
Hernán, guía con más de quince años recorriendo la meseta, me lo explicó mientras revisaba unos binoculares junto a la estufa de un refugio: "Para encontrar al puma hay que mirar cuatro cosas, y todas juntas. Si los guanacos se agitan y los choiques levantan vuelo sin razón aparente, algo camina cerca. Si aparecen huellas frescas, hay que seguirlas contra el viento. Si los caranchos o los cóndores empiezan a girar en círculo sobre un punto, puede haber una carroña. Y si encontramos restos de presa tapados con tierra o vegetación, el felino suele volver al amanecer". Cuando alguna de esas señales aparece, el grupo se detiene y se instala en posiciones elevadas para observar con prismáticos, nunca para perseguir al animal.
- Agitación de guanacos y choiques, señal de presencia reciente.
- Huellas frescas en la nieve, que se siguen contra el viento.
- Círculos de caranchos o cóndores sobrevolando un punto fijo.
- Restos de presas tapados con tierra o ramas, generalmente guanacos o liebres.
Un gigante silencioso que no ruge y salta cinco metros
Lo que más me cautivó al investigar esta nota es saber que el puma, pese a su tamaño, no ruge. Se comunica con ronroneos, gruñidos y silbidos que en la estepa se pierden rápido. Un macho adulto puede pesar entre 55 y 80 kilos; una hembra, entre 30 y 60. Salta hasta cinco metros en vertical y más de diez en horizontal, cifras que marean cuando uno las imagina sobre el lomo de un animal que se mueve con la ligereza de un felino. Es de hábitos crepusculares y nocturnos, solitario y territorial. En la Patagonia su dieta se apoya en guanacos, choiques y liebres, y cumple un rol ecológico central: es el depredador tope, el que regula las poblaciones de herbívoros y mantiene equilibrado el ecosistema. Entender esto cambia la manera de mirar el paisaje.
Mucho más que pumas: guanacos, cóndores y flamencos
El recorrido, aclaran los guías, no es un safari en busca de un único trofeo. La estepa, mientras se rastrea, regala fauna variada: manadas de guanacos que cruzan el horizonte como una ola, zorros colorado y gris que se confunden con la roca, piches patagónicos, zorrinos y, sobre todo, un cielo que parece un catálogo de aves. Cóndores andinos, choiques y hasta flamencos en lagunas puntuales pueblan la mirada. El área, según los registros que manejan los guardaparques, suma más de 120 especies de aves, una cifra que a mí, que vengo de la ciudad, me suena casi exagerada hasta que lo uno en terreno.
Cerezas en Los Antiguos y manos pintadas en las cuevas
Perito Moreno también abre la puerta a otros destinos cercanos que vale la pena sumar al itinerario. A pocos kilómetros hacia el norte, el pueblo de Los Antiguos sorprende con un microclima de valle que lo volvió capital de la cereza y la frutilla: en verano las plantaciones tiñen el paisaje de rojo y blanco, y las fiestas populares convocan a productores de toda la región. Algo más al sur se accede al Parque Provincial Cueva de las Manos, donde las pinturas rupestres de más de nueve mil años siguen asombrando a quien las visita. La combinación, me dijo Silvina, dueña de una hostería familiar, es perfecta para sumar dos o tres días de Naturaleza y cultura al safari de pumas sin cambiar de provincia.
Un consejo práctico antes de armar la valija: reserve con varios meses de anticipación, porque los cupos son limitados y los operadores trabajan con grupos chicos para minimizar el impacto sobre la fauna. Lleve ropa térmica en capas, guantes dobles, botas de nieve y, fundamental, binoculares propios. Y vaya dispuesto a no ver al puma: los guías insisten en que el avistaje nunca está garantizado y que el verdadero valor está en el proceso de búsqueda, en aprender a leer la estepa como la lee quien nació en ella. A veces, me confesaron, el encuentro más fuerte es con el silencio y con uno mismo.
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