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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Ecos del Iguazú

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Sergio se queda: el escritor que eligió quedarse mientras Cuba se iba

Un clásico del cine cubano que cruza la intimidad de un intelectual con los sacudones de la Revolución, visto a la distancia por quien conoce de cerca la pulseada cultural de la región.

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Osvaldo DuarteCultura y espectáculos · · 4 min de lectura
Sergio se queda: el escritor que eligió quedarse mientras Cuba se iba

Tengo que confesar algo: cada vez que un colega me pide que recomiende una película para entender América Latina, termino volviendo, casi sin querer, a las mismas cuatro o cinco. Y una de ellas, sin discusión, es esta obra del querido Tomás, como le decíamos en los intercambios entre programadores y críticos cuando organizábamos retrospectivas por el Río de la Plata. La vi por primera vez en un cineclub de barrio porteño a fines de los años ochenta, en una copia bastante rayada que proyectó un laburante del celuloide con la pasión de un guardián del templo, y desde entonces no la pude sacar más del horizonte. La película que nos convoca hoy vuelve a cruzar mi mesa de trabajo como una vieja conocida que llega para quedarse, y quiero compartirla con ustedes como si estuviéramos tomando un café después del noticiero.

La historia es tan sencilla como incómoda: Sergio, un escritor habituado a los hoteles, a los trajes importados y a las mujeres que mira con la devoción fría de un coleccionista, decide quedarse en La Habana cuando su familia y su antigua clase social emigran a Estados Unidos. No lo mueve una bandera ni un himno: lo mueve el hastío, ese aburrimiento aristocrático que a los cuarenta se vuelve diagnóstico. Esa decisión, aparentemente intrascendente, es la fisura por donde se cuela todo lo demás: la Revolución entrando por la ventana, los misiles en la costa, las amantes que pasan como modas de temporada.

Un protagonista que mira sin terminar de entender

Sergio no es un héroe ni un villano: es un testigo algo perdido. Tomás Gutiérrez Alea lo filma con una mezcla de ironía y compasión que a mí, personalmente, me recuerda a esos tíos porteños de los años sesenta que se sentaban a discutir política en una mesa de bar mientras el mundo se les modificaba debajo del café. El personaje establece relaciones sentimentales en las que busca moldear a sus parejas según sus propios gustos, y esa voluntad de intervención —en la formación, en la apariencia, en la lectura del mundo— termina siendo la radiografía más honesta de un intelectual pequeño burgués frente a cambios históricos que no le pertenecen del todo.

  • Un drama íntimo sostenido por un protagonista contradictorio, sin heroicidades ni condenas fáciles.
  • Un collage con noticiarios de la época, que incorpora la Crisis de los Misiles y otros hechos reales al flujo de la ficción.
  • Una estructura de recuerdos que avanza y retrocede, rompiendo la cronología del relato para mostrar la memoria como territorio de desafíos.
  • Una reflexión sobre la Revolución Cubana observada desde adentro y desde afuera al mismo tiempo, sin panfleto y sin indiferencia.

Esa mezcla de ficción y archivo es, a mi juicio, el hallazgo más duradero del film. Alea no se conforma con contar la historia de Sergio: la inscribe en el calendario vivo de Cuba, le pone a la vera imágenes de marchas, discursos y pueblos que marchan, y de ese cruce sale una película que piensa América. Por eso se la suele vincular al llamado Tercer Cine, esa corriente latinoamericana que, cuando el celuloide se abarató y las cámaras dejaron de ser un lujo, buscó un lenguaje propio frente a Hollywood y frente al cine de autor europeo. Lo que hicieron estos realizadores fue unir búsquedas estéticas con los conflictos sociales y políticos del continente, y esa decisión todavía hoy nos marca el modo de mirar.

Las diferencias de clase atraviesan la película de principio a fin, tanto en el vínculo de Sergio con los cambios del país como en sus relaciones íntimas: la criada que lo observa, las jóvenes que él quisiera reeducar, los vecinos que celebran lo que él apenas registra. Esa tensión entre lo individual y lo colectivo, entre el living del protagonista y la calle que se reforma, es lo que vuelve al film tan actual. Si uno me pregunta, como suelen hacer los lectores, qué les aporta a las películas de ficción la incorporación de imágenes de hechos reales, le diría lo que aprendí viéndola y re-viéndola: les aporta gravedad, les quita soberbia y les recuerda que, por más que el personaje se crea el centro del mundo, la historia siempre tiene un plano general que lo contiene.

“Mi recomendación, ya que esta columna también es un consejo entre conocidos, es que la vean con tiempo, en una pantalla grande si pueden, y después se sienten a charlar con alguien que haya vivido los años sesenta en La Habana o que, como tantos compatriotas, haya cruzado el mar con lo puesto. La película les va a abrir una puerta a esa conversación y, de paso, les va a recordar que en el subdesarrollo, como en cualquier lugar del mundo, siempre hay un Sergio que se queda mirando por la ventana mientras todo cambia.”Osvaldo Duarte, Cultura y espectáculos
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Osvaldo DuarteCultura y espectáculos

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