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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Una pausa a tiempo: cómo los pequeños cortes en la jornada pueden devolverle el aire a la cabeza

Cuando el agotamiento se acumula y la atención se escapa, una interrupción breve, hecha con intención, puede cambiar el resto del día. Especialistas consultados coinciden en que no se trata de resolver el problema de fondo, sino de ganar oxígeno para seguir.

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Soledad Da SilvaSociedad y vida · · 4 min de lectura
Una pausa a tiempo: cómo los pequeños cortes en la jornada pueden devolverle el aire a la cabeza

Son las tres de la tarde en una oficina cualquiera de Buenos Aires y María, como le diremos para cuidar su identidad real, lleva dos horas peleando con un informe que no le cierra. La pantalla le arde, el celular ya sonó tres veces con mensajes del grupo familiar y la cabeza le pide un respiro que nadie le concedió todavía. Antes de volver a teclear, se levanta, sale al pasillo, camina hasta el patio interno y se queda mirando el paredón durante diez minutos, sin auriculares, sin teléfono. Cuando regresa, no es que el problema se haya evaporado, pero algo cambió: la fatiga aflojó un poco y la atención encontró un lugar donde apoyarse otra vez. Esa pausa, breve y elegida, es exactamente el tipo de herramienta que empiezan a discutir los especialistas para hacer frente al cansancio que se acumula en jornadas cada vez más exigidas.

Pausas que no son otra obligación

Cuando sostener la atención se vuelve cuesta arriba y el cansancio empieza a pesar en los hombros, una pausa puede ofrecer un respiro dentro de la propia jornada. Y acá viene lo interesante: no necesita tener una duración fija ni convertirse en una nueva demanda personal. Puede consistir, simplemente, en apartarse de las notificaciones, quedarse unos minutos en silencio o cambiar de ambiente. La elección depende del tiempo disponible y de las preferencias de cada uno. Para quienes quedan atrapados en pensamientos repetitivos, orientar la atención hacia el entorno es una alternativa concreta. La técnica conocida como 5-4-3-2-1 propone reconocer, en este orden, cinco elementos visibles, cuatro sensaciones de contacto, tres sonidos del ambiente, dos aromas y un sabor. Antes de comenzar, puede hacerse una respiración pausada, sin forzar la entrada de aire.

“Concentrarse en esos estímulos puede dar cierta distancia respecto de las preocupaciones, aunque no elimina su causa.”Sari Chait, psicóloga clínica

Caminar, estirarse y compartir

Si hay oportunidad de salir, caminar también permite interrumpir las tareas. Una investigación evaluó a trabajadores que pasearon por un parque durante 15 minutos en el horario del almuerzo, a lo largo de diez días laborales consecutivos. En esas jornadas, los participantes reportaron menos fatiga y mayor concentración por la tarde. Quienes hicieron ejercicios de relajación también mostraron mejoras frente a sus pausas habituales, aunque los resultados no garantizan un efecto inmediato ni idéntico para todos. Dentro de casa o del trabajo, estirar las piernas, hacer movimientos de movilidad o bailar una canción son otras formas posibles de introducir movimiento al día. Compartir ese momento con alguien puede sumar conversación y una desconexión genuina de las obligaciones. Una llamada o un intercambio con una persona de confianza también pueden interrumpir, aunque sea por un rato, la atención puesta en el malestar.

  • Mirar alrededor y nombrar cinco cosas que se ven, cuatro que se tocan, tres que se escuchan, dos que se huelen y una que se saborea.
  • Caminar entre diez y quince minutos por un parque o por la cuadra, a un ritmo tranquilo, sin auriculares.
  • Estirar las piernas, mover los hombros o bailar una canción completa para soltar el cuerpo.
  • Cerrar los ojos entre diez y quince minutos, en silencio, dejando que la cabeza se acomode.
  • Llamar a alguien de confianza o cruzar un mensaje largo, en lugar de seguir revisando pendientes.

Descansar los ojos, pero no como reemplazo

Descansar es otra de las opciones que existen, y no es lo mismo que dormitar sobre el teclado. La neurocientífica Heidi Hanna señaló que mantener los ojos cerrados entre 10 y 15 minutos puede favorecer la recuperación cognitiva, porque le da al cerebro un rato sin estímulos visuales que procesar. Ese intervalo, aclaró, debe ajustarse a las necesidades personales y, sobre todo, no reemplaza al sueño adecuado de la noche: una siesta corta complementa, pero no compensa una mala noche. Lo que sí puede hacer, bien aprovechada, es devolverle a la jornada un poco de ese aire que el cansancio se llevó.

Cuando la pausa ya no alcanza

Ahora bien, estas prácticas tienen alcances distintos y, conviene decirlo con todas las letras, no resuelven las causas del malestar. La terapeuta Tyana Tavakol recomendó considerar una consulta profesional si los intentos personales no alcanzan, si el estrés persiste o si empieza a alterar el sueño, el trabajo o los vínculos. Porque a veces el problema no es la fatiga de las tres de la tarde, sino un acumulado que viene de mucho antes, y que merece ser escuchado con quien tiene herramientas para acompañarlo.

Vuelvo a María, ya con la cabeza más liviana, y a quien esté leyendo estas líneas: incorporar pausas no es un lujo ni una moda, es una forma concreta de cuidarse mientras el día sigue. No alcanza con saberlo: hace falta animarse a hacerlo, aunque sea por diez minutos, aunque sea abriendo la ventana. A veces, el primer paso para volver a concentrarse es, justamente, dejar de intentarlo por un rato.

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Soledad Da SilvaSociedad y vida

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