Volver a la tierra en el siglo XXI: la historia de una familia que sostiene su chacra con sueldos de oficina
Silvana Aiello y Jorge Stelrrig se conocieron en la puerta de un colegio de Centenario, descubrieron que los dos venían de familias chacareras y, casi dos décadas después, se animaron a dar el salto: hoy crían animales y siembran alfalfa en las tres hectáreas que Silvana heredó de su padre, mientras sostienen el proyecto con sus propios salarios.

Son las primeras horas de la tarde en la calle 9, en el límite mismo entre Centenario y Vista Alegre, y la tranquera abierta ya anticipa lo que se viene. Detrás, una casa de material todavía sin terminar convive con corrales, gallineros y un tractor que no siempre responde cuando le giran la llave. Acá, en estas tres hectáreas que fueron de su padre, Silvana Aiello y Jorge Stelrrig intentan algo que suena casi de otro siglo: vivir de la chacra, pero con los tiempos y los códigos de un trabajo en blanco. Hace diecinueve años se cruzaron por primera vez en la vereda de un colegio, esperando a sus hijos. Alguien preguntó de dónde venía cada uno y la respuesta fue la misma: de una familia que había laburado la tierra toda la vida. La charla se hizo larga, la complicidad se hizo costumbre, y la idea de volver a lo suyo fue madurando de a poco, año tras año, mientras juntaban bolsas de cemento y hierros con lo que sobraba del sueldo.
La herencia de Ricardo y el regreso al campo
Cuando el padre de Silvana, Ricardo, murió, les dejó el campo. Era lo más valioso que tenía y, a la vez, lo más difícil de mantener sin caer en una decisión drástica. Los Aiello habían sido chacareros por generaciones: el bisabuelo de Silvana había llegado de Italia con doce años, alrededor de 1920, y el abuelo fue el primero en abrir surcos en esa zona del Alto Valle. La chacra, me cuenta Silvana, pasó por manos de varios hermanos y, durante un tiempo, nadie pudo trabajarla como se debía. Donde antes hubo manzanos y perales, creció un monte de olivillo y se armó un humedal. La tierra volvió a su estado, a su silencio. Hasta que ellos dos decidieron mudarse, hace tres años, para empezar de nuevo desde lo que quedaba.
Hoy la parcela tiene alfalfa sembrada, gallinas que ponen, conejos y una incubadora artesanal que armó su hijo Lucas, de diecisiete años, con sus propias manos. Jorge, que es empleado en el área de educación de la zona, y Silvana, que hace casi veinte años trabaja como secretaria en una escuela técnica, sostienen ese pequeño universo con sus salarios. La plata del sueldo se vuelve forraje, se vuelve alimento balanceado, se vuelve un par de gallinas ponedoras o un lote de pollos parrilleros. A veces alcanza, otras veces no, y ahí aparece la maña de ir resolviendo con lo que se puede.
“Vamos con los animales, juntamos el dinero para comprar alimento, gallinas ponedoras, pollos, y vamos buscándole la vuelta. Antes la chacra sostenía a la familia; ahora la familia sostiene a la chacra. Antes no cumplían horario. Ahora uno tiene su trabajo, cumple, y a la tarde y los fines de semana atendemos los animales. Es otro tipo de estrés.”Silvana Aiello
Tres proyectos, una misma chacra
- Silvana y Jorge quieren transformar las tres hectáreas en un proyecto productivo estable, con plantación de frutales y viñas para vender en el mismo campo, sin intermediarios.
- Lucas, el hijo menor, estudia para técnico mecánico pero ya lleva criado seiscientos pollos parrilleros el año pasado, además de gallinas y conejos, y armó una incubadora artesanal con materiales reciclados. Cuando termine la secundaria quiere estudiar veterinaria y quedarse en la chacra.
- La pareja avanza con la casa de material y las instalaciones rurales a medida que el presupuesto lo permite, usando materiales que van juntando de sus propios sueldos.
Lo que más me llama la atención, mientras los escucho, es la naturalidad con la que asumen una decisión que a la mayoría le parecería insólita. No romantizan la vida rural, ni la endulzan: la cuentan como es, con sus madrugones, sus fines de semana entre gallineros y su tractor que a veces no quiere arrancar. Lo que hacen, aclaran sin dramatizar, es a pulmón: ellos tres, Silvana, Jorge y Lucas, empujando cada uno desde donde puede. La diferencia con la generación anterior es concreta y la dicen ellos mismos: antes la chacra sostenía a la familia entera, ahora son los sueldos de la familia los que sostienen la chacra. Esa inversión del sentido la digo despacio, porque en esa frase está concentrada una parte enorme de lo que viven los chacareros urbanos del Alto Valle, esos que laburan de lunes a viernes en una oficina o en una escuela y, apenas pueden, se calzan las botas y vuelven a la tierra. Son, me parece, una de las postales más honestas de esta región: familias que no se rindieron, que heredaron un pedazo de campo y eligieron cuidarlo, aunque para eso tengan que vivir con un pie en la tranquera y otro en el colectivo que los lleva al trabajo.
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