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Ecos del Iguazú

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Aaron Sorkin vuelve a pilotar solo y la nave se le va de pista: la decepción de "El precio de la red"

La secuela de "La red social" confirma lo que buena parte de la crítica viene señalando desde hace años: cuando el guionista se pone detrás de cámara sin nadie que lo corrija, sus mejores ideas se diluyen en parlamentos eternos y en una puesta en escena que no termina de despegar.

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Osvaldo DuarteCultura y espectáculos · · 5 min de lectura
Aaron Sorkin vuelve a pilotar solo y la nave se le va de pista: la decepción de "El precio de la red"

Confieso que me acuerdo como si fuera ayer de aquella salida del 2010 en la que fui a ver "La red social" casi por curiosidad, sin esperar demasiado, y terminé saliendo del cine con la sensación de haber presenciado algo fuera de serie: un guión de Aaron Sorkin que David Fincher había convertido en una película ejemplar, precisa como un reloj, dura como un puñetazo bien dado. Aquel encuentro me dejó una enseñanza que, casi quince años después, sigue sirviéndome para mirar con ojos más críticos el resto de la filmografía del guionista: el talento de Sorkin para escribir diálogos enormes, brillantes, encendidos, se luce de verdad cuando hay otra mano firme que lo obliga a recortar, a ceder, a ajustar. Sin esa tensión, sus textos se expanden hasta perder el aire, y eso es exactamente lo que vuelve a ocurrir con "El precio de la red", la secuela que lo reencuentra con el universo de Mark Zuckerberg y que llega a las salas precedida por una expectativa enorme que, a la hora de los hechos, no termina de justificar.

Un guionista que insiste en dirigir su propio material

La nueva película funciona como heredera directa de "La red social" y, al mismo tiempo, como un muestrario de todo aquello que Sorkin viene ensayando desde hace más de una década: los ecos de "The Newsroom" están a la vista, con su ritmo de noticiero ideológico y su vocación de tribuna, y también asoma una y otra vez el proyecto sobre el 6 de enero que el autor lleva años intentando llevar a la pantalla sin encontrar el rumbo. La diferencia, y ahí está la clave de la decepción, es que esta vez no hay un Fincher, ni un Danny Boyle, ni un Rob Reiner que ponga orden. Sorkin firma el guión y también se hace cargo de la dirección, y entonces aquello que en otras películas quedaba sugerido, contenido o matizado por un realizador externo se despliega sin freno, como una marea que termina inundando todo a su paso.

El propio Sorkin, a través de un personaje al que pone en boca de Bill Burr, parece reconocer el problema en una frase ya célebre por aparecer en los tráileres y que resume, sin quererlo, buena parte de la lectura que hace la crítica especializada: lo describe, con una ironía que termina volviéndose en contra del filme, como un guardia de tráfico con los brazos caídos mientras los autos derrapan y atropellan todo. La línea es ingeniosa, pero también es una manera elegante de admitir que, cuando nadie lo frena, el escritor deja pasar demasiadas cosas que no debería dejar pasar.

  • Molly's Game, la ópera prima de Sorkin como director, recibió una recepción tibia pero benévola.
  • Steve Jobs, con Danny Boyle, recuperó la precisión que el guionista pierde cuando dirige él mismo.
  • Algunos hombres buenos, en manos de Rob Reiner, sigue siendo el mejor ejemplo del Sorkin contenido y afilado.
  • La red social, la cima del equipo Sorkin-Fincher, marcó el estándar que "El precio de la red" no logra sostener.

Lo que falla en la puesta en escena

El primer problema grave que señala la crítica aparece en las secuencias de diálogo. Hay escenas largas, demasiado largas, en las que los personajes hablan y hablan casi como si lo importante fuera que el texto suene bien leído en voz alta, en un teatro, en un ensayo, y no en que termine diciendo algo sobre el mundo o sobre quienes lo habitan. Son los famosos monólogos a la Sorkin, pero sin el contrapeso de un montaje que los recorte o de una cámara que los haga avanzar. Y al lado de ese problema aparece un segundo déficit que llama la atención incluso más, porque no tiene justificación: las escenas de interiores presentan tropiezos de iluminación notorios, algo llamativo si se tiene en cuenta que el director de fotografía es el mismo que trabajó en "La red social", donde cada plano parecía pensado al milímetro. Cuando el director de origen no supervisa esos detalles, todo se nota, y aquí se nota.

El montaje, por su parte, tampoco rescata al conjunto: no hay urgencia, no hay cortes que disparen la tensión, no hay imágenes que se recuerden más allá de lo funcional. La película avanza como una obra de teatro filmada con esmero pero sin verdadero pulso cinematográfico, y esa sensación recorre toda la propuesta como una sombra pesada, difícil de sacudir. Quien vaya esperando la electricidad de la primera entrega va a encontrarse, en cambio, con una película que se mira con respeto, con interés intelectual incluso, pero que no termina de conmover ni de sacudir, que se queda a medio camino entre el ensayo sobre el poder de las redes sociales y el drama de personajes que nunca terminan de cobrar vida propia.

“Aaron Sorkin es, según esa línea del filme, un guardia de tráfico con los brazos caídos mientras los autos derrapan y atropellan todo.”Diálogo de "El precio de la red", en boca del personaje interpretado por Bill Burr

Ahora bien, hecha la crítica, me parece justo dejar abierta la pregunta que el propio material plantea y que, creo, merece una respuesta honesta: ¿hay algo valioso en ese control total que Sorkin ejerce sobre su obra, o conviene aceptar sin más que sus guiones funcionan únicamente cuando otros lo dirigen? Mi postura, ya desde la butaca del espectador y no desde la del crítico de turno, es que sí hay algo rescatable en esa obstinación, porque muestra a un autor que cree de verdad en lo que escribe, que está dispuesto a poner la cara y a arriesgar el prestigio acumulado en lugar de quedarse en el molde seguro del proveedor de guiones para otros. El problema es que la película no termina de justificar esa apuesta, y entonces lo que queda es la sensación de un talento enorme mal administrado, desperdiciado en cierto modo por el propio interesado. Si me dejan aconsejar algo, les diría que vayan a ver "El precio de la red" con expectativas calibradas, sabiendo que van a encontrar destellos del mejor Sorkin en los diálogos, pero también largas zonas grises que sólo se justifican si uno es incondicional del autor. Para mí, en lo personal, alcanza y sobra con revisitar "La red social" una vez más: ahí está la prueba de lo que este guionista puede dar cuando alguien lo contiene, y esa prueba sigue siendo, a mi entender, la más elocuente.

OD
Osvaldo DuarteCultura y espectáculos

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