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Adiós a la “Abu” de Duro de domar: Zulema Galperín y una vida que empezó a los sesenta

A los 90 años murió la actriz que recién a los sesenta descubrió la actuación y construyó, entre Chiquititas, Gasoleros y el personaje de la “Abuela cocainómana” junto a Sebastián Presta, una de las trayectorias más queridas y desprolijas del under porteño. Aquí, un recorrido por sus papeles, sus locuras en un colectivo-teatro y su empecinada vocación tardía.

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Osvaldo DuarteCultura y espectáculos · · 5 min de lectura
Adiós a la “Abu” de Duro de domar: Zulema Galperín y una vida que empezó a los sesenta

Tengo la imagen todavía de un micro de la línea 39 detenido en pleno centro, con las cortinas corridas y una señora de voz aguardentosa que se quejaba del tráfico mientras el resto de los “pasajeros” aguantaba la risa: era Zulema Galperín, la Abu, la que recién a los sesenta había decidido subirse a un escenario y terminó, casi sin querer, haciendo teatro dentro de un colectivo que circulaba por Buenos Aires. La Asociación Argentina de Actores y Actrices confirmó esta semana su fallecimiento, a los 90 años, y la noticia me devolvió de un saque esa sensación de los años noventa, cuando un puñado de actores y actrices de collar de perlas y carpeta de jubilación se animaban a empezar de cero en los talleres del Teatro Regio, como si la vocación no tuviera reloj.

Nacida el 18 de abril de 1936, Galperín había pasado décadas laburando en oficinas, con la prolijidad de las planillas y los sellos, hasta que en 1997 cruzó la puerta del taller de Entrenamiento Teatral del Regio y entendió que el mundo le debía, como mínimo, una salida a escena. Ese fue el primer mojón de una carrera que, lejos de arrancar en los circuitos comerciales, se fue armando a los tropezones: teatro independiente, publicidad, sketches para la televisión de aire, ficciones masivas, cine de autor y, finalmente, las plataformas que la expusieron a un público que jamás hubiera imaginado cuando era la señora del turno tarde en alguna dependencia pública.

La Abu que conquistó a una generación

Si hay un personaje que la inmortalizó, ese es sin duda la “Abuela cocainómana” que interpretaba junto a Sebastián Presta en el segmento Préstico de Duro de domar, el ciclo que por entonces conducía Roberto Pettinato. La dupla funcionaba como una bomba de tiempo: ella, con esa voz impostada de señora bien que de repente se volvía un vendaval; él, sosteniendo el disparate con cara de nene asustado. Eran sketches breves, de aire zarpado, que se colaban entre las notas del programa y se volvían, sin que nadie lo planeara, lo más comentado del envío. La Abu tenía un look, tenía un tono, tenía una mitología propia: la de las señoras grandes de los barrios porteños que, como diría cualquier guionista nostálgico, saben más de lo que aparentan.

De Chiquititas al cine de María Alché

Antes y después de Duro de domar, Galperín se movió con una naturalidad llamativa entre registros muy distintos. En la televisión de aire pasó por Poliladron, Verdad consecuencia, Primicias, Epitafios, Viudas e hijos del rock and roll y Buenos chicos, y se metió de lleno en dos ficciones que marcaron época: la Chiquititas que hacía Cris Morena y la Gasoleros que producía Ideas del Sur. En el medio, se dio el gusto de hacer la miniserie En París y, ya en la era del streaming, sumarse a Nada, Envidiosa, El tiempo de las moscas y Gutiérrez is mai neim, esa rareza bilingüe que la mostró en una veta más outsider.

  • Chiquititas y Gasoleros, sus dos grandes hits en la tele de aire de los 90 y los 2000.
  • Puan y La extorsión, sus pasos por el cine de autor, en elencos comandados por María Alché y Martino Zaidelis.
  • En plataformas, Nada, Envidiosa, El tiempo de las moscas y Gutiérrez is mai neim, con papeles pensados para actrices de su fuste.
  • Fango negro, la obra que se representó dentro de un colectivo de la línea 39 con el grupo Clan-Destino.
  • Superhéroes y heroínas urban@s, la miniserie surgida del taller de la Fundación SAGAI en la que compartió elenco con María del Carmen Simari y Mirta Calza Citín.

En cine, su currículum incluye títulos tan disímiles como Los justos, Eva Perón, Pacto de silencio, Blindado, Los adoptantes y La estrella roja, además de Puan y La extorsión, dos films que la cruzaron con generaciones nuevas de directores y directoras que,, supieron ver en su rostro y en su tempo una herramienta única para construir personajes de borde. Era, para decirlo en criollo, una actriz de las que no abundan: la que podía pasar de la abuela tierna a la señora que te arruina la sobremesa con un solo cambio de mirada.

Teatro en un colectivo y la empecinada vocación tardía

El episodio del colectivo-teatro merece ser contado con pelos y señales porque dice mucho de quién era la Galperín fuera de cámara. La obra se llamaba Fango negro, la escribió José Gabriel Núñez y la dirigió César Sambataro; el grupo Clan-Destino la presentó como una experiencia inmersiva, en la que el público compraba boleto, se sentaba como si fuera un viaje cualquiera y, en algún tramo del recorrido, la función empezaba a filtrarse entre los asientos. Zulema era de las que sostenían la escena cuando el motor del micro aceleraba, cuando un pasajero real se sumaba sin saber o cuando el guion pedía algo que rozaba el absurdo. Años después participó también de Motivos para levantarse por la mañana, de Germán Akis y Raúl Baroni, en el Teatro Arlequino, otro escenario pequeño, otro papel hecho a la medida de su temperamento.

Afiliada a la Asociación Argentina de Actores y Actrices desde el año 2000, Galperín nunca dejó de formarse ni de pisar los talleres, una costumbre que mantuvo hasta que la pandemia y los años se lo fueron poniendo más difícil. Esa insistencia es, para mí, la parte más conmovedora de su historia: la de una mujer que descubrió la actuación a los sesenta, cuando muchas de sus contemporáneas ya pensaban en jubilarse, y que se tomó el oficio con la seriedad de quien sabe que cada papel puede ser el último. Por eso, más allá de la pena, lo que queda es la certeza de que esta columna le debe un brindis: por la Abu, por las señoras que le roban la escena a medio elenco, y por todos los que alguna vez, en un micro de la 39, se rieron sin entender del todo por qué.

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Osvaldo DuarteCultura y espectáculos

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