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Sábado, 17 de octubre de 2026
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Antártida desde Ushuaia: la odisea blanca que empieza en el fin del mundo

Cruzar el Pasaje de Drake, desembarcar en Zodiac y dejarse llevar por los caprichos del hielo: cómo es planificar una expedición al continente blanco sin morir en el intento ni en el mar.

KS
Karina SzewczukTurismo · · 5 min de lectura
Antártida desde Ushuaia: la odisea blanca que empieza en el fin del mundo

Les cuento de entrada lo que pocos travelers se animan a decir en voz alta: la Antártida no se elige, se acepta. Aceptar que el clima manda, que los planes se borran de un plumazo y que, aun así, embarcarse vale cada sacudida. Las expediciones antárticas que parten desde Ushuaia durante el verano austral concentran buena parte del movimiento turístico del continente, y la primera gran decisión la toma el propio viajero antes de subir al barco: llegar a la ciudad fueguina con uno o dos días de holgura.

Teo Gounaris, CEO de Antarpply Expeditions, lo repite como un mantra y no es para menos. "Una demora en el vuelo puede dejar al pasajero sin posibilidad de abordar", advierte, casi con la resignación de quien vio más de un cierre de temporada por un atraso en Aeroparque. Esa ventana extra, además, sirve para aclimatarse al aire del sur, comprar lo que falte y, sobre todo, chequear con la empresa qué elementos están incluidos: algunas compañías entregan botas impermeables, parkas técnicas y hasta los rompevientos; otras, no.

Qué hay que tener en el cuerpo y en el placard

  • Movilidad suficiente para entrar y salir de los botes neumáticos Zodiac y caminar sobre rocas mojadas, nieve y pendientes irregulares.
  • Vestimenta por capas: camiseta térmica, fleece, campera aislante y un rompevientos que corte el viento húmedo.
  • Botas de trekking impermeables si el operador no las provee, además de gorro, guantes y protección solar potente.
  • Seguro de viaje con cobertura antártica específica, que incluya evacuación médica y repatriación.
  • Camarote en cubiertas bajas y centrales si la prioridad es minimizar el balanceo del Pasaje de Drake; en cubiertas altas, las vistas son otras pero el movimiento se siente más.

Una vez que el barco larga amarras en el puerto de Ushuaia, la navegación comienza a desplegar su propia pedagogía. El Canal Beagle, con sus islotes recortados y sus marinas, oficia de antesala. Después, la cosa se pone seria: el Pasaje de Drake, ese trecho de mar de casi mil kilómetros que separa Sudamérica de la Península Antártica, se gana a pulso su fama de mecedor de estómagos. Hay travesías calmas y hay travesías donde el plato de estofado queda intacto; nadie puede prometer cuál le tocará. Por eso Gounaris insiste con la ubicación del camarote: "El movimiento suele sentirse menos en los sectores bajos y cercanos al centro del buque", explica, y es un dato que pesa más de lo que parece cuando se llevan cuatro días de oleaje.

La vida a bordo y el desembarco en silencio

El barco se convierte en pueblo flotante. El equipo de expedición dicta charlas sobre geografía polar, fauna, historia de los exploradores y, fundamentalmente, sobre el Protocolo de Madrid, que fija las reglas del juego en territorio antártico. Está prohibido tocar a los animales, alimentarlos, dejar rastro de cualquier tipo. Hay que pisar como visita, no como dueño. Una vez en aguas antárticas, Antarpply procura organizar hasta dos salidas diarias de unas tres horas cada una, siempre y cuando el clima y el hielo lo permitan. Los Zodiac, esas lanchas inflables de casco rígido, hacen lo que el buque no puede: acercarse a costas inaccesibles, deslizarse entre témpanos varados, dejar al pasajero a metros de una colonia de pingüinos papúa o de un lobo marino que se despereza en una placa de hielo.

Durante el verano austral, que va aproximadamente de noviembre a marzo, la fauna se entrega: pingüinos de varias especies nidificando, focas cangrejeras y de Weddell, petreles, skúas y, con algo de suerte, ballenas que asoman su lomo oscuro entre el silencio blanco. Los avistamientos no están garantizados, y eso también es parte del contrato. El recorrido previsto puede modificarse por completo si el capitán decide que no hay garantías de seguridad: viento, oleaje, presencia de hielo flotante o, incluso, la aparición inesperada de un ejemplar particularmente sensible en la costa de aterrizaje prevista. Es la Antártida, no un parque temático.

“Las decisiones finales corresponden al capitán, y hay que entenderlo: en la Antártida la última palabra la tiene el hielo, no el guía turístico.”Teo Gounaris, CEO de Antarpply Expeditions

El buque y el consejo final

El Ushuaia, la nave que opera Antarpply, tiene capacidad para 90 pasajeros distribuidos en 46 cabinas y suites. No es un crucero de los grandes: el tamaño es parte de la lógica, porque los barcos demasiado voluminosos no pueden cruzar ciertos pasos ni acceder a bahías protegidas. A bordo hay comedor, biblioteca, salón de observación y sala de conferencias, que es donde se concentra buena parte de la vida social durante los días de navegación. La atmósfera, me cuentan, es la de una expedición con espíritu científico más que la de un crucero convencional: la gente se sienta a charlar sobre glaciología, fotografía, historia polar o sobre el menú del día, y siempre termina mirando por el ventanal a ver si aparece el primer iceberg.

Antes de despedirme, el consejo que nunca falla y que vale para cualquier edad: lean la letra chica del seguro, consulten el pronóstico del Drake el día previo con el guía, carguen la cámara con baterías de repuesto, y lleven un cuaderno. En la Antártida uno termina escribiendo más de lo que imaginaba, porque las palabras vuelven, el silencio pesa, y la memoria se vuelve perezosa. Después, cuando el barco recale otra vez en Ushuaia, con el cuerpo todavía balanceándose y el olor a sal mezclado con el del combustible del puerto, uno entiende que el viaje empieza a ganarse de verdad en ese momento: cuando se baja y se sabe que ya nada va a ser igual. Yo, si pudiera, vuelvo. Y creo que ustedes también querrán.

KS
Karina SzewczukTurismo

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