Aquellos pibes que crecieron con Naruto y aprendieron a no bajar los brazos
Un estudio reciente asegura que la serie animada japonesa dejó huellas emocionales en toda una generación: les enseñó a perseverar, a pedir ayuda y a entender que caerse no es el fin del camino.

A mediados de los años noventa, cuando todavía no existían las plataformas de streaming y la televisión por cable empezaba a colarse en los hogares de clase media de la Argentina, nosotros los chicos del barrio descubríamos la animación japonesa casi de casualidad: una tarde cualquiera, después del colegio, alguien encendía el televisor y aparecía una pandilla de ninjas con ojos enormes y unas historias que no se parecían a nada de lo que habíamos visto antes. Eran los años de Dragon Ball, de Sailor Moon, de Saint Seiya. Pocas veces, en cambio, se colaba en la grilla un animé más sereno, más reflexivo, que hablaba del dolor de ser distinto y del hambre de ser aceptado. Por eso, cuando años después llegó a la pantalla chica la historia de un huérfano pelirrojo al que todos marginaban y que respondía a esa marginación con una sonrisa insoportable y una determinación a toda prueba, muchos de aquellos pibes entendieron, sin que nadie se lo explicara, que estaban viendo algo distinto. Algo que hablaba de ellos.
De eso se trata, justamente, el trabajo que las investigadoras Alfin Rosydha y Nalia Roohma publicaron en octubre de 2025 y que en las últimas semanas empezó a circular con fuerza en redes sociales. El paper, titulado Naruto: Un estudio sobre la Resiliencia y el Crecimiento en la Animación Japonesa, no se limita a analizar la serie como objeto cultural: va un paso más allá y se pregunta de qué manera la narrativa del personaje principal terminó moldeando, casi sin que nos diéramos cuenta, la forma en que sus espectadores más jóvenes procesaron el fracaso, la frustración y la adversidad. Para las autoras, el Naruto no es simplemente una historia coming-of-age al uso, es decir, un relato clásico de paso de la adolescencia a la adultez, sino una narrativa con raíces profundas en los temas de la resiliencia, la perseverancia y el crecimiento personal, y eso, sostienen, dejó huella en toda una generación.
El huérfano que quería ser Hokage
El corazón del análisis es, como no podía ser de otro modo, el arco del protagonista. Naruto Uzumaki es un chico que crece sin padres, marginado por una aldea que lo señala como portador de una criatura monstruosa, y que, contra todo pronóstico, decide que va a convertirse en Hokage, o sea, en el líder máximo de su comunidad. Lo notable para las investigadoras no es el objetivo en sí, tan ambicioso como improbable, sino el camino: un camino hecho de fracasos repetidos, de entrenamientos agotadores, de relaciones que se rompen y se reconstruyen, de caídas que nunca son definitivas. Para un chico o una chica que estaba formando sus propios esquemas emocionales, esa dinámica funcionó, según el estudio, como un modelo formativo para enfrentar las propias dificultades.
“Naruto es mucho más que una historia coming-of-age: es una narrativa con raíces en los temas de la resiliencia, la perseverancia y el crecimiento personal.”Alfin Rosydha y Nalia Roohma
Hay, además, un hallazgo que a mí, como espectador de aquella época, me resulta especialmente significativo y que las autoras subrayan con fuerza: el peso de los vínculos. Porque la historia de Naruto, el rubio gritón al que todos llamábamos simplemente Naruto en el patio del colegio, no se entiende sin sus mentores, sin sus compañeros, sin esa troupe que se va armando a lo largo de las aventuras. El estudio señala que la serie enseña, sin moralina explícita, que el éxito colectivo supera al individual y que pedir ayuda, algo que a muchos nos cuesta horrores incluso de adultos, no es un signo de debilidad sino una parte central del crecimiento. En una época en la que todavía circulaba la idea de que el fuerte es el que resuelve solo, esa fue, para mí, una de las lecciones más valiosas que nos dejó el animé.
Las autoras insisten en un punto que a mí me parece clave y que, honestamente, me reconcilia con mucho de lo que critiqué en mi propia adolescencia: la resiliencia no es un rasgo innato, no es algo con lo que se nace ni un don reservado a unos pocos, sino una habilidad que se entrena con la exposición a desafíos. Ver a un personaje levantarse una y otra vez, perder una pelea y volver al dojo a entrenar el doble, haber llorado una derrota y haber encontrado en un amigo la fuerza para seguir, todo eso, dicen Rosydha y Roohma, habría acelerado ese aprendizaje en audiencias que todavía estaban formando sus esquemas emocionales. Y mirá, a la distancia, una década y media después del final de Naruto Shippuden, no me cuesta nada admitir que cada vez que la vida me puso contra las cuerdas, hubo una vocecita pelirroja que me recordó que la caída no es el final del camino.
Una serie que sigue dando que hablar
Naruto, creada por Masashi Kishimoto, se emitió originalmente entre 2002 y 2007, con su continuación Naruto Shippuden extendiéndose hasta 2017. Más de dos décadas después de su debut, sigue generando debate sobre su lugar en la cultura popular y su influencia fuera de la pantalla. Para mí, que crecí viéndola en una televisión con la antena un poco movida y el volumen un poco alto, la verdadera medida de su impacto no está en los rankings de ventas de manga ni en la cantidad de memes que todavía circulan, sino en la cantidad de adultos que, cuando escuchan el tema de apertura, se les dibuja una sonrisa y vuelven, por un segundo, a esa edad en la que creían que, con esfuerzo y con los amigos adecuados, se podía con todo. Si sos uno de esos adultos, te lo digo con honestidad: está perfecto. Y si todavía no viste la serie, mi recomendación personal es que se la regales a un pibe o a una pibe de tu entorno y que después, si te animás, la veas con él. Le vas a encontrar un sentido nuevo.
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