Austin Abrams se mete en la piel de un mensajero perdido en Raccoon City y vuelve a cruzarse con Zach Cregger
La nueva adaptación de Resident Evil dura unos 95 minutos, se filmó entre nieve y lluvia helada en Praga y propone una historia de orígenes del virus T, con un protagonista común que termina convertido en monstruo.

Tengo que confesar que la primera vez que escuché el nombre de Raccoon City fue en el colectivo 60, a la altura de Caballito, cuando un compañero de la secundaria me pasó un diskette con el Resident Evil 2 original y yo, que todavía discutía si el Sega era mejor que la PlayStation, me quedé clavado mirando esa pantalla durante un verano entero. Por eso, cuando me tocó cubrir esta nueva película de Zach Cregger con Austin Abrams como protagonista, no pude evitar sentir que se cerraba un círculo raro: aquella fiebre ochentosa y noventosa de los videojuegos de horror, las colonias enteras de chicos que se juntaban a jugar de madrugada, y ahora un director estadounidense que vuelve a confiar en el mismo actor con el que ya había hecho Weapons, pero esta vez para llevar esa franquicia a la pantalla grande. Les voy a contar de qué se trata la propuesta, porque hay varias cosas para mirar con atención.
La historia arranca con un paquete destinado al hospital de Raccoon City, y ahí se pone en marcha todo. El protagonista es Bryan, un mensajero cuya última entrega tiene que dejarlo, en teoría, de vuelta con su novia, que está embarazada. La idea de Cregger fue construir a alguien sin ninguna preparación para el desastre que se le viene encima, y por eso Abrams trabajó especialmente en sostener esa sensación de tipo común durante las persecuciones y los cruces con las criaturas que pueblan el pueblo. El propio actor lo explicó de manera bastante clara: la intención era que el espectador lo viera como uno más, no como un héroe de manual, y eso le dio una textura particular a las escenas de acción.
Un rodaje exigente en Praga y un actor dispuesto a pasarla mal
La producción se filmó en Praga, y Abrams contó que el equipo tuvo que lidiar con escenas de carrera sobre la nieve y jornadas enteras de temperaturas bajo cero. En algunos momentos, según contó, la lluvia se congelaba directamente sobre el vestuario, lo que obligó a interrumpir tomas y a planificar muy bien cada secuencia. A ese desafío físico se le sumó uno interpretativo: Abrams tenía que mostrar los cambios físicos de Bryan a medida que la infección avanza, y eso lo obligó a trabajar con el cuerpo de otra manera, registrando el deterioro y la mutación en gestos cada vez más extremos.
Desde acá les aviso que lo que sigue tiene detalles del argumento y del final de la película, así que si prefieren guardar la sorpresa, salteen hasta el próximo subtítulo. Durante el recorrido, el mensajero atropella accidentalmente a una mujer que empieza a convertirse en zombi, después huye de un policía y termina encontrando refugio en una granja. El envío que cargaba, además de ser su trabajo, termina siendo una posibilidad concreta de sobrevivir: adentro viaja un antídoto para el virus T, aunque para entonces Bryan ya recibió una mordedura y el reloj corre en su contra.
Un protagonista que se convierte en monstruo y muere igual
La transformación avanza y termina por convertir a Bryan en una criatura de gran tamaño, y ahí aparece uno de los pedidos más singulares que le hizo Cregger durante el rodaje: que intensificara los rugidos hasta superar la incomodidad de actuar como un monstruo. Abrams contó que el truco fue comprometerse con lo que imaginaba mientras filmaba y dejarse llevar por la situación, por más ridícula que pareciera en el momento. Esa lógica de trabajo, dijo, fue la misma que aplicó durante toda la película y la que le permitió sostener la intensidad hasta el desenlace.
“Me sorprendió mucho que decidieran llevar al protagonista hasta su muerte y frustrar aquello por lo que había luchado toda la película.”Austin Abrams
Para Abrams, ese final funciona como una manera de contar cómo el virus T siguió expandiéndose pese a que existía una oportunidad concreta de frenarlo, y por eso leyó la película como una historia de orígenes del brote. En esa lectura, Bryan no fracasa por debilidad, sino que su sacrificio muestra el tamaño de la amenaza y la cantidad de casualidades que hicieron falta para que Raccoon City se convirtiera en el escenario del desastre que todos recordamos, los que crecimos con la saga, y que ahora vamos a poder revisitar desde el cine.
- Duración aproximada: 95 minutos, un formato compacto para una propuesta de horror con arranque, desarrollo y desenlace cerrados.
- Protagonista: Austin Abrams como Bryan, un mensajero común cuya última entrega lo lleva a Raccoon City.
- Director: Zach Cregger, que vuelve a trabajar con Abrams después de Weapons y le pidió mayor intensidad en los rugidos de la transformación.
- Rodaje: escenas en nieve y lluvia que se congelaba sobre el vestuario, filmadas en Praga con temperaturas bajo cero.
- Enfoque narrativo: la historia se cuenta como un origen del virus T, con un héroe que muere sin poder frenar el contagio.
Como recomendación personal, y se los digo porque uno ya vio suficientes adaptaciones de videojuegos que no le hacen justicia al material original, les sugiero entrar a esta película sin esperar la grandilocuencia de las primeras entregas de la saga y dejándose llevar por el tono más íntimo que propone Cregger. Funciona mejor como una historia de personajes que como un recital de efectos especiales, y ese corrimiento del centro de gravedad es, a mi criterio, lo más interesante que trae. Si son de los que se criaron jugando en aquellas colonias de PC con disquetes, van a encontrar varios guiños y, sobre todo, una lectura nueva de un mito que ya parecía agotado. Osvaldo Duarte, Cultura y espectáculos.
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