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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Calentar la comida en el microondas: por qué los toxicólogos piden dejar el plástico y pasar al vidrio

El calor puede liberar partículas y aditivos del recipiente. Wells Brambl y Serah Oyewole, especialistas consultados en Estados Unidos, detallaron qué pasa con los envases y qué se sabe, hasta ahora, sobre sus efectos en el organismo.

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Soledad Da SilvaSociedad y vida · · 4 min de lectura
Calentar la comida en el microondas: por qué los toxicólogos piden dejar el plástico y pasar al vidrio

Son las siete de la tarde y la puerta del microondas se cierra otra vez con un tupper de polipropileno lleno de lo que quedó del mediodía. Antes de pulsar los treinta segundos, una recomendación que vienen repitiendo los toxicólogos norteamericanos sugiere frenar un instante, sacar el contenido y volcarlo en un plato de vidrio o en una fuente de cerámica. No es un capricho ni una moda: es la forma más concreta de reducir el contacto con partículas que pueden desprenderse del plástico cuando se eleva la temperatura.

Qué dicen los especialistas consultados

Wells Brambl es médico emergentólogo y toxicólogo del Centro Médico Judío de Long Island, que integra el sistema Northwell Health. Serah Oyewole, por su parte, se desempeña como toxicóloga médica en el Houston Methodist, uno de los hospitales universitarios más grandes de Texas. Ambos coinciden en un punto: el microondas no es un enemigo en sí mismo, pero sí lo es el recipiente equivocado.

“El aumento de temperatura hace vibrar las moléculas del plástico y puede fracturar su estructura de polímeros. Ese proceso permite que fragmentos y aditivos pasen a la comida.”Serah Oyewole, toxicóloga médica del Houston Methodist

Qué se libera cuando el plástico se calienta

  • Microplásticos y nanoplásticos: fragmentos diminutos que se desprenden de la estructura del envase.
  • Colorantes: pigmentos agregados durante la fabricación del plástico.
  • Antioxidantes: compuestos que prolongan la vida útil del material.
  • Estabilizadores ultravioletas: sustancias que evitan el deterioro por exposición a la luz.

El calor actúa como un gatillo. Oyewole lo explica con una imagen sencilla: cuando el plástico sube de temperatura, las moléculas vibran más rápido y eso puede quebrar la cadena de polímeros. Una vez fisurado, el material libera sus fragmentos y todo lo que se le incorporó durante la producción. De allí a la comida hay un solo paso.

Por qué "apto para microondas" no alcanza

Brambl advierte que la leyenda impresa en el envase no garantiza que no haya desprendimiento de partículas. Es más, Oyewole marca una diferencia clave: que un recipiente esté aprobado para almacenar alimentos no significa que se haya estudiado a fondo qué ocurre cuando el cuerpo humano ingiere esas micropartículas durante años. Son dos planos distintos: uno regulatorio, otro todavía en investigación.

Qué hacer en la cocina, paso a paso

  • Pasar la comida a un recipiente de vidrio o cerámica antes de llevarla al microondas.
  • Si no queda otra opción que usar plástico, programar la potencia al mínimo necesario para templar el alimento, no para hervirlo.
  • Revisar utensilios, tapas y esponjas de plástico del hogar y reemplazarlos de a poco por alternativas sin ese material.
  • Preferir productos frescos con menos envolturas plásticas siempre que sea posible.

Qué se sabe, y qué no, sobre los efectos en la salud

Brambl es claro en este punto y vale la pena repetirlo: la literatura científica ya documentó la presencia de microplásticos y nanoplásticos en el organismo humano. Algunos trabajos muestran asociaciones con procesos inflamatorios. Pero una correlación no prueba causalidad, y los efectos a largo plazo siguen bajo estudio. No es una condena al plástico; es un llamado a la prudencia mientras la evidencia avanza.

Los límites de lo que se puede hacer en casa

También aquí Brambl es honesto. Cambiar el recipiente en la cocina es una medida doméstica y tiene un alcance acotado: la contaminación ambiental puede poner a los alimentos en contacto con microplásticos antes de su procesamiento o de su envasado. Es decir, uno puede hacer lo suyo en la cocina y aun así la comida llegará con partículas que vienen del agua, del suelo o del aire. Por eso, remarcar lo que sí está al alcance no es minimizar el problema ambiental; es entender dónde termina la responsabilidad individual y dónde empieza una discusión mucho más grande, que excede a la alacena de cualquier casa.

Después de leer a Brambl y a Oyewole, uno vuelve a mirar el tupper con otros ojos. No para entrar en pánico, sino para empezar a desarmar la costumbre: un vidrio, una cerámica, un minuto más de espera. Son decisiones chicas, de cocina, pero tienen algo reparador. Nos dejan la sensación, al menos a mí, de que mientras la ciencia sigue investigando qué hacen esas partículas dentro del cuerpo, todavía hay un gesto cotidiano que podemos poner en práctica esta misma noche.

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Soledad Da SilvaSociedad y vida

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