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Sábado, 17 de octubre de 2026
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Ecos del Iguazú

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Cuando el cine busca en las piedras rotas la verdad que ningún decorado puede fabricar

Calvo y Ambrossi eligieron dos aldeas deshabitadas, Castil de Carrias y Loranquillo, para rodar las escenas de la Guerra Civil de su película. La producción encontró allí una destrucción auténtica que atraviesa la pantalla sin necesidad de trucos.

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Osvaldo DuarteCultura y espectáculos · · 5 min de lectura
Cuando el cine busca en las piedras rotas la verdad que ningún decorado puede fabricar

Tengo que confesarles algo antes de arrancar: la primera vez que escuché la palabra rodal en boca de un director de cine fue hace ya varias décadas, en una sobremesa de domingo donde un amigo realizador me explicaba que para ciertas secuencias él prefería buscar paredes agrietadas de verdad, ventanas con el vidrio roto de verdad, patios donde la maleza hubiera entrado sola, sin la mano paciente de un ambientador de plató. La idea me pareció entonces una extravagancia simpática, casi una boutade de autor. Con los años, sin embargo, entendí que no era capricho sino método: hay texturas que la ficción no aprende a imitar, por más presupuesto que tenga. Y cada vez que vuelvo a ver una película ambientada en una guerra, en un pueblo fantasmal, en una catástrofe, me pongo a mirar de qué están hechas esas paredes, porque el ojo del espectador detecta la diferencia entre lo verdadero y lo construido aunque no sepa explicar por qué.

Eso, ni más ni menos, es lo que acaba de ocurrir con La bola negra, el nuevo film de los Calvo y Ambrossi (los Javis, como se los conoce en el mundillo del espectáculo y en buena parte de la conversación cultural española), que eligió dos aldeas totalmente deshabitadas de la provincia de Burgos para rodar las secuencias más delicadas de su relato, las ambientadas en la Guerra Civil. Los pueblos en cuestión son Castil de Carrias y Loranquillo, dos núcleos rurales que el tiempo fue vaciando en silencio, uno detrás del otro, hasta dejarlos en ese estado particular que solo se consigue con décadas de abandono.

Dos pueblos que la historia se llevó por delante

Castil de Carrias tiene sus papeles firmados al menos desde el siglo XII y supo tener vida sobrada: a mediados del siglo XIX pasaba de los 240 habitantes, y en 1950 todavía mantenía 178 vecinos con sus casas abiertas, sus oficios, sus idas y vueltas. Después empezó el goteo del éxodo rural, ese fenómeno que vació media España y del que tanto se ha escrito sin terminar de procesarse del todo. En 1970 quedaban 59 personas, en 1994 murió Florentino González Sáez, considerado el último vecino, y el pueblo quedó a merced del viento, las heladas y los expoliadores. Hoy sobreviven una escuela, una taberna con las botellas todavía en los estantes, utensilios domésticos dispersos, vehículos oxidados y la iglesia de Santa María, con su piedra comiéndose el revoque.

Loranquillo, vecino suyo e integrado desde los años setenta al municipio de Belorado, corrió una suerte parecida: sus últimos habitantes se fueron en los años noventa y las casas quedaron en el mismo estado de pausa, como si sus dueños hubieran salido un martes a hacer un trámite y no hubieran vuelto nunca más. Ambos pueblos, además, forman parte de una ruta de senderismo de unos 22 kilómetros que también pasa por Quintanilla, otro de esos nombres que el mapa de Castilla conserva como una fotografía amarillenta.

El ojo clínico de la responsable de localizaciones

Cuenta la producción que la búsqueda del lugar adecuado fue casi un trabajo detectivesco. La responsable de localizaciones, Clara Salvador, se recorrió la provincia hasta dar con esa combinación precisa de edificios parcialmente derruidos, objetos fuera de sitio y maleza entrando por las ventanas. No buscaban solo la postal de la ruina: necesitaban la sensación, palpable, de una vida interrumpida sin que nadie terminara de recoger sus cosas. Y eso, dicen los directores, tiene un significado específico dentro del relato de la película, que trabaja sobre la memoria, la violencia y lo que el tiempo se obstina en borrar.

El rodaje arrancó el 25 de agosto de 2025 en Castil de Carrias, y ambos pueblos permanecieron cerrados al público durante las jornadas de filmación. La decisión de rodar allí evitó, además, un problema práctico: no hizo falta construir decorados para después destruirlos, con el gasto y el dispendio que eso implica. La ruina ya estaba hecha, paciente, esperando.

  • Castil de Carrias: núcleo rural a unos diez kilómetros de Belorado, con historia desde el siglo XII y sin vecinos desde 1994.
  • Loranquillo: aldea despoblada absorbida por Belorado en los años setenta, abandonada del todo en los noventa.
  • Ruta de senderismo de 22 kilómetros que une Castil de Carrias, Loranquillo y Quintanilla.
  • Rodaje iniciado el 25 de agosto de 2025, con ambos municipios cerrados al público durante la filmación.
  • Clara Salvador, responsable de localizaciones, recorrió la provincia hasta dar con las condiciones buscadas por los directores.

Hay algo que me sigue conmoviendo de estas operaciones cinematográficas que eligen pueblos verdaderos como escenarios: pienso en la cantidad de historias chicas que quedaron pegadas a esos muros, en la gente que se fue y dejó la copa a medio lavar sobre la mesa, en el perro que se quedó ladrando tres noches hasta callarse solo. Todo eso, sin proponérselo, termina en la película. Y por eso, cuando vean La bola negra, mírenle las paredes: ahí va a estar hablando, sin hacer ruido, medio siglo de historia española.

Mi recomendación, como siempre que el calendario acompañe, es que si andan por la provincia de Burgos o pasan cerca de Belorado, se tomen el trabajo de caminar esa ruta de 22 kilómetros con sus propias piernas. No para ver decorados, precisamente, sino para entender de dónde vienen ciertas imágenes que después vemos en la pantalla grande. A veces el mejor prólogo de una película es una caminata por el lugar donde se rodó. Y Castil de Carrias, créanme, bien lo vale.

OD
Osvaldo DuarteCultura y espectáculos

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