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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Cuando la mirada se trastoca: por qué ciertos cambios en la percepción merecen una consulta médica

Ver imágenes que otros no perciben, sentir que el cuerpo cambió de tamaño o sostener creencias que afectan la convivencia son motivos suficientes para pedir una evaluación profesional. Las causas son múltiples y el abordaje siempre es personalizado.

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Soledad Da SilvaSociedad y vida · · 5 min de lectura
Cuando la mirada se trastoca: por qué ciertos cambios en la percepción merecen una consulta médica

Lo primero que me sale decir, antes de cualquier explicación clínica, es que nadie tiene que esperar a entender lo que le está pasando para sentarse frente a un médico. A veces la consulta empieza justamente ahí, en ese desconcierto: una persona llega relatando que vio una figura donde no había nada, que la habitación se le angostó de golpe, que está convencida de algo que quienes la rodean niegan una y otra vez, y lo único que pide es que alguien la escuche sin apurarla a sacar conclusiones. Esa puerta de entrada es, en sí misma, una señal de que la evaluación profesional corresponde.

El punto de partida, en cualquier caso, es no confundir peras con manzanas. Porque no es lo mismo una distorsión, que modifica algo que efectivamente está ahí —como percibir que una pared se aleja o que los objetos de una mesa encogieron de un momento para otro— que una alucinación, donde la experiencia aparece sin que exista un estímulo externo que la provoque. Y tampoco equivale a un delirio, que es una creencia fija y sostenida con convicción incluso cuando se le presentan pruebas en contrario. Esa distinción no es un capricho académico: es lo que orienta el recorrido diagnóstico y, sobre todo, lo que ayuda a quien lo vive a dejar de preguntarse si se está volviendo loco y empezar a hacerse las preguntas que sirven.

Ver lo que otros no ven

Hay una frase que suelo repetirles a los lectores que me escriben preocupados: ver figuras que nadie más ve no implica, por sí solo, una enfermedad psiquiátrica. Existe, por ejemplo, el llamado síndrome de Charles Bonnet, que puede aparecer en personas con pérdida importante de visión y se caracteriza por imágenes complejas, muchas veces detalladas, que el propio paciente reconoce como irreales. En esos casos la evaluación incluye exámenes neurológicos y cognitivos, y cuando la presentación es atípica se suman estudios de neuroimagen para descartar otras causas. No es un detalle menor: detrás de una misma experiencia visual pueden esconderse orígenes muy distintos, y el tratamiento cambia radicalmente de uno a otro.

Algo parecido ocurre con las alteraciones en el tamaño aparente del cuerpo o del entorno, que tienen nombre propio cuando se presentan con determinados rasgos: el síndrome de Alicia en el País de las Maravillas, llamado así por la novela de Lewis Carroll, puede modificar la percepción visual, la corporal y hasta la sensación del paso del tiempo. Una revisión de 169 casos publicada en la literatura médica encontró que, en adultos, la causa más frecuente era la migraña, mientras que en menores de 18 años predominaban las encefalitis. Lo que a primera vista parece un fenómeno curioso o un relato casi literario termina siendo, en manos de un profesional, un mapa con caminos diagnósticos bien definidos.

Creencias que alteran la vida cotidiana

Hay otro terreno donde la consulta se vuelve ineludible, y es el de las creencias sostenidas con firmeza sobre uno mismo o sobre los seres queridos. Sentir que uno dejó de existir, que se transformó en un animal, que una persona cercana fue reemplazada por un impostor: todo eso forma parte de un conjunto de experiencias que requieren atención profesional y que, insisto, no deben leerse jamás como conductas voluntarias ni como caprichos. También los celos delirantes merecen un párrafo aparte, porque no se confunden con las discusiones de pareja que cualquier matrimonio conoce: son una convicción rígida, con pruebas en contra que no alcanzan para debilitarla, y como tales necesitan abordaje específico.

Me importa subrayar algo que a veces se pierde de vista en la conversación cotidiana: cuando alguien siente que tiene organismos sobre la piel o debajo de ella, la evaluación médica debe descartar antes que nada una infestación real y otras causasorgánicas, como déficits vitamínicos, trastornos tiroideos, infecciones o consumo de sustancias. Recién después de descartar esos cuadros se puede considerar un diagnóstico psiquiátrico primario. El tratamiento, como se ve, depende de lo que efectivamente se encuentre, y no de lo que uno imagine a partir de lo que leyó en internet a las tres de la mañana.

Las señales que justifican pedir turno

Si tengo que sintetizar, en mi experiencia periodística, cuándo vale la pena consultar, me quedo con esta lista corta y concreta:

  • Cambios repentinos en la visión o aparición de imágenes que nadie más percibe.
  • Distorsiones persistentes del tamaño de los objetos, del cuerpo o del entorno.
  • Creencias firmes sobre la salud propia o sobre personas cercanas que generan malestar intenso y deterioran los vínculos.
  • Sensaciones físicas sin explicación clara que se repiten o se intensifican con el tiempo.
  • Cualquiera de estos cuadros en personas con pérdida de visión, migrañas frecuentes, antecedentes neurológicos o consumo reciente de sustancias, donde la evaluación cobra todavía más urgencia.

Cierro como empecé, en primera persona: no hace falta tener un diagnóstico en la cabeza para merecer una evaluación, y no hace falta estar en el peor momento de la propia historia para que valga la pena sentarse frente a un profesional. La percepción es traicionera por naturaleza, se modifica con el sueño, con los medicamentos, con el ánimo, con la edad, y a veces con enfermedades que tienen tratamiento efectivo si se detectan a tiempo. Por eso, si algo de lo que se cuenta en esta nota resuena con lo que está viviendo alguien cercano —o uno mismo—, lo más sensato que se puede hacer es pedir turno. No es exageración, es cuidado.

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Soledad Da SilvaSociedad y vida

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