Darío Giordano rompe el silencio: "rechazo las acusaciones de violencia" y pide resolver el conflicto puertas adentro
A un día del testimonio público de su hijo Valentín Yankelevich, el productor difundió un comunicado en el que admite limitaciones emocionales durante el duelo por Romina Yan pero niega haber ejercido maltrato. Pidió hablar sin cámaras y sin intermediarios.

Les confieso que esta nota me encontró rememorando una sobremesa de los años noventa, cuando Romina Yan empezaba a convertirse en una de las caras más queridas de la televisión argentina y su familia parecía, desde afuera, el retrato mismo de la felicidad. Treinta años después, la vida se encargó de demostrar que ninguna foto de archivo postal refleja, ni de cerca, la complejidad de lo que ocurre puertas adentro de un hogar. Por eso, cuando el jueves pasado Valentín Yankelevich decidió hablar en público sobre lo que vivió en su infancia y adolescencia tras la muerte de su madre, y este viernes su padre, el productor Darío Giordano, publicó un extenso comunicado para responderle, sentí que estábamos ante uno de esos episodios que exceden el showbusiness y se internan de lleno en el territorio más íntimo de las personas.
Lo concreto es esto: Valentín, hoy un joven que atraviesa la mayoría de edad, contó públicamente que sufrió situaciones de violencia física y emocional en su casa después del fallecimiento de Romina Yan, ocurrido en septiembre de 2010. Un día después de esas declaraciones, Giordano salió al cruce con un texto en el que, sin nombrar a su hijo ni a nadie en particular, eligió poner las cosas en su lugar tal como él las vivió, y lo hizo con una contundencia que deja pocas zonas grises.
Un reconocimiento a medias y una negativa tajante
Giordano arrancó su comunicado descartando de plano las acusaciones más graves que se le adjudicaron. Afirmó que ni antes ni después de la muerte de Romina hubo en la familia episodios de violencia como los que se relataron. Pero, a renglón seguido, y aquí viene lo que a mí, como lector y como padre, me pareció lo más valioso de su escrito, reconoció que probablemente no estuvo a la altura de lo que sus hijos necesitaban en aquel momento de duelo y dolor. Es decir, no negó que el vínculo se haya dañado; sí negó categóricamente que ese daño haya tomado la forma del maltrato físico o emocional que se le imputa.
“Aunque es posible que, en ese momento de duelo y dolor, yo no haya estado a la altura de lo que él y Franco necesitaban. Les pido perdón por eso.”Darío Giordano
El productor describió el golpe que significó para él la partida de Romina y el intento, muchas veces torpe, de sostener a tres chicos en plena tormenta. Habló de un mundo que se le destruyó de un día para otro y de la necesidad de aprender, sobre la marcha, a ser padre sin la compañera con la que había imaginado criar a sus hijos. Esa autocrítica parcial, formulada en primera persona, contrastó con la firmeza con la que rechazó las acusaciones de violencia y me dejó, como creo que les dejó a muchos, la sensación de estar frente a alguien que eligió decir lo suyo sin convertirlo en una cruzada mediática.
El trasfondo familiar y la decisión de no exponer a los hijos
- Valentín y Franco viven desde 2015 con su abuelo materno, Gustavo Yankelevich, tras un acuerdo de tenencia que se mantuvo hasta que ambos alcanzaron la mayoría de edad.
- Azul, la tercera hija del productor y Romina Yan, convivió con Giordano hasta el año pasado, cuando se sumó al mismo núcleo familiar que sus hermanos mayores.
- Giordano advirtió que los contactos y el poder no convierten una versión en verdad, en un mensaje que muchos leyeron como respuesta indirecta al contexto de exposición pública que rodeó el testimonio de su hijo.
- El productor cerró su comunicado pidiendo poder hablar con Valentín sin cámaras, sin intermediarios y sin que nadie hable en nombre de ninguno de los dos, una fórmula que apuesta al silencio de aquí en más.
A mí, que llevo años siguiendo la trayectoria profesional de los Yankelevich desde los tiempos en que Romina y Gustavo eran sinónimo de familia modelo en la pantalla, este cruce de versiones me golpea más cerca de lo que me esperaba. No estoy aquí para convalidar una postura ni para desacreditar la otra: me alcanza con decir que lo que se ventila involucra a personas por las que uno, como televidente, terminó sintiendo un afecto genuino, y que mientras no haya una denuncia penal en danza ni pruebas independientes que respalden los dichos de una u otra parte, lo más prudente es tomar cada testimonio como lo que es, una versión subjetiva y atravesada por el dolor. Lo que sí valoro, y mucho, es que Giordano haya elegido no descalificar a su hijo, no airear intimidades y no convertir la discusión en un reality. Si en algún momento logran reencontrarse en una mesa, lejos de los flashes, el daño tal vez empiece a repararse. Mientras tanto, como espectadores, lo único que nos cabe es el respeto.
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