De hongos, cerebros y otros apocalipsis: tres ficciones para pensar la amenaza de los muertos vivientes
A partir del desembarco de The Last of Us en la pantalla chica, un recorrido por las variantes que ofrece el género: la crudeza de The Walking Dead y el tono liviano de iZombie conviven con la propuesta de Neil Druckmann y Craig Mazin, donde la infección tiene cara de hongo.

A fines de los años ochenta, cuando todavía las computadoras eran objetos extraños para la mayoría de los mortales y los videojuegos se reducían a unas pocas piezas en blanco y negro,Resultó inevitable cierta fascinación por los relatos que mezclaban el miedo con la pregunta filosófica. Hoy, varias décadas después, aquel cruce se mantiene vigente: prueba de ello es The Last of Us, la serie que trajo a la televisión la historia de supervivencia creada por Neil Druckmann y adaptada junto a Craig Mazin, con Pedro Pascal y Bella Ramsey como protagonistas. Lo que en pantalla parece una aventura de acción esconde una pregunta incómoda: qué nos hace humanos cuando el mundo se cae a pedazos, y la amenaza que asoma no es un ejército ni un virus convencional, sino un hongo que transforma a las personas en algo distinto.
La infección como punto de partida
Lo primero que distingue a la propuesta de Druckmann y Mazin es justamente la naturaleza del enemigo. Aquí los infectados no responden al esquema clásico del muerto viviente al estilo George A. Romero, sino a la lógica parasitaria de un hongo que toma el control del cuerpo y la voluntad. Esa decisión, que en el videojuego funciona como motor de tensión, en la serie se traduce en un clima de amenaza constante donde el verdadero horror no es tanto la mordedura como el silencio que precede al ataque. La supervivencia, entonces, no depende solo de correr más rápido que el otro: depende de no bajar la guardia ni un segundo.
Sin embargo, la serie no se queda en el escenario del desastre biológico. Lo que me parece más interesante, y creo que también le pasa a buena parte del público, es cómo el relato coloca el foco en las decisiones de quienes siguen con vida. Joel y Ellie, los personajes centrales, arrastran dilemas morales que pesan más que cualquier hongo: la idea de proteger a alguien a cualquier costo, la confianza entre desconocidos, la tentación de hacer cosas que uno jamás se imaginaría capaz de hacer cuando el mundo todavía tenía reglas. Esa dimensión humana es, a mi entender, la que eleva a The Last of Us por encima de la etiqueta de serie de zombis y la convierte en un drama de personajes disfrazado de aventura postapocalíptica.
Crueldad y comunidad: la huella de The Walking Dead
Cualquier conversación sobre este tipo de ficciones lleva, tarde o temprano, a The Walking Dead, la creación de Frank Darabont a partir del cómic de Robert Kirkman. La diferencia con la propuesta de Druckmann y Mazin es de tono más que de fondo: acá los muertos vivientes ocupan el lugar de amenaza clásica, pero lo que se queda con el espectador es el retrato de una comunidad que intenta organizarse mientras todo a su alrededor se desmorona. Andrew Lincoln, Norman Reedus, Melissa Suzanne McBride, Lauren Cohan, Danai Gurira y Steven Yeun, entre otros, componen un elenco enorme que funciona como un mosaico de respuestas posibles a la misma pregunta: cómo se convive cuando la civilización dejó de existir.
El fenómeno tampoco se agotó en la serie original: se expandió mediante múltiples derivaciones que exploraron distintos escenarios del mismo universo. Lo que empezó como una historia de supervivencia en una granja, una prisión o una Alejandría cualquiera, fue mutando hacia relatos donde el verdadero antagonista muchas veces no es el caminante que se arrastra afuera de la alambrada, sino el vecino que toma decisiones impensables en nombre de la seguridad. Esa zona incómoda, la de la moral bajo presión, es probablemente el legado más fuerte que la serie le dejó al género.
Cuando el zombi quiere resolver un caso: el caso iZombie
Para quienes sienten que el apocalipsis ya les dio demasiado dolor de cabeza, existe una puerta de entrada menos severa: iZombie, la creación de Rob Thomas con Rose McIver, Malcolm Goodwin y Rahul Kohli en el elenco. La premisa es de esas que arrancan una sonrisa: una joven que, tras convertirse en zombi, termina trabajando en una morgue y descubre que el hecho de comer cerebros de víctimas de asesinatos y otras tragedias le permite resolver crímenes. La serie hace de la condición sobrenatural una herramienta narrativa y, de paso, deja en claro que el género también puede habitar el terreno del misterio con toques de humor, sin necesidad de cadáveres pudriéndose en cada plano.
- The Last of Us: el terror del hongo y los dilemas morales en un mundo que se cae a pedazos.
- The Walking Dead: la comunidad como campo de batalla y la ética en tiempo de crisis.
- iZombie: la investigación criminal como excusa para una versión más ligera del muerto viviente.
Las tres ficciones, cada una a su manera, coinciden en una idea de fondo: la amenaza externa funciona como espejo para preguntarnos qué somos capaces de hacer cuando el orden se rompe. Puede ser un hongo, puede ser un caminante, puede ser una joven con hábitos gastronómicos poco convencionales; lo que cambia es el decorado, no la pregunta. Mi recomendación, si se animan a una maratón, es alternar: arrancar por la crudeza de The Walking Dead para entender la genealogía del género, pasar después por The Last of Us para comprobar cómo se reinventa la amenaza, y cerrar con iZombie como contrapunto liviano, a modo de respiro. Tres puertas distintas a un mismo laberinto: cuál elegir depende, en última instancia, de qué clase de miedo estamos dispuestos a sentir esta noche.
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