Días grises, reservas a salvo: por qué el cuerpo no se queda sin vitamina D tan fácil
Con el cielo cubierto y la lluvia como paisaje, muchos se preguntan si conviene suplementar. El médico clínico Ramiro Heredia explica qué grupos sí deben controlar sus niveles, qué riesgos trae el exceso y por qué, para los adultos sanos, la indicación profesional sigue siendo el primer paso.

Me escribe una amiga desde La Plata, con el tono entre preocupado y resignado de quien lleva tres tardes mirando el mismo cielo de plomo. ¿Tomo vitamina D o me aguanto? me pregunta, mientras me cuenta que el termómetro no pasa los quince grados y que la rambla del barrio parece un patio de invierno. La escena, multiplicada por miles de whatsappazos de lectores, sintetiza una duda razonable: cuando la radiación UVB se vuelve un bien escaso, ¿hay que salir corriendo a comprar un suplemento?
La respuesta corta, según el médico especialista en medicina interna Ramiro Heredia, es que no. Para un adulto sano, sin déficit documentado, no existe hoy una recomendación general que justifique tomar vitamina D por las dudas. La piel produce esta vitamina cuando recibe radiación ultravioleta B y, aun cuando las nubes filtran parte de esa radiación, no la eliminan por completo: jornadas enteras bajo un cielo tapado no implican, por sí solas, una caída significativa en los niveles.
Las reservas que amortizan la falta de sol
A esa primera aclaración se suma un dato clave que muchas veces queda fuera de la conversación: el organismo guarda reservas. Esas reservas son las que permiten sostener los valores durante períodos de menor exposición, de modo que la posibilidad de caer en una deficiencia depende más del punto de partida de cada persona, sus antecedentes y sus condiciones de salud que de la cantidad de tardes grises en una semana.
Heredia, que se desempeña en la Universidad de Buenos Aires, fue preciso al momento de dibujar el mapa de riesgo. No todas las personas necesitan un análisis ni un frasco en la mesita de luz. Sí deben prestar especial atención los adultos mayores, las personas con obesidad, los pacientes con enfermedad celíaca, quienes atravesaron cirugías bariátricas, quienes transitaron internaciones o cuadros críticos, y quienes cargan en la historia clínica osteoporosis o fracturas previas. En esos casos, la decisión de pedir estudios y definir un tratamiento nace de la evaluación clínica, no del antojo.
“No existe una recomendación general de suplementación para adultos sanos sin deficiencia documentada. Además, el exceso puede ser perjudicial.”Ramiro Heredia, médico especialista en medicina interna de la UBA
Por qué el exceso también preocupa
El especialista insiste en ese punto, porque suele quedar tapado por el entusiasmo preventivo. Consumir vitamina D en cantidades elevadas puede provocar toxicidad, elevar el calcio en sangre y dañar la función renal. Es decir, lo que se presenta como un gesto de cuidado se vuelve, mal dosificado, un riesgo nuevo.
Mientras tanto, el rol fisiológico de la vitamina D sigue siendo central: participa en la absorción del calcio y el fósforo, minerales clave para los huesos, y su déficit puede derivar en adultos en osteomalacia, fragilidad ósea y mayor riesgo de fracturas, mientras que en niños puede manifestarse como raquitismo. También interviene en el funcionamiento muscular y en la regulación del sistema inmunitario, lo que ayuda a entender por qué su déficit suele asociarse, en el imaginario popular, con el cansancio invernal.
Para el resto, la alimentación puede aportar una cuota interesante. Huevos, pescados grasos como el salmón y la caballa, y yogures fortificados forman parte de la lista habitual que repiten los manuales de nutrición. Pero Heredia aclara: cuando ya existe una deficiencia diagnosticada, la dieta sola suele no alcanzar para corregirla y entonces sí entra en escena el suplemento, siempre bajo indicación y con seguimiento médico.
El ánimo, la luz y los matices
El especialista también dejó una aclaración que a mi amiga platense le va a servir: el vínculo entre la falta de luz natural y los cambios de ánimo es real, pero no se resuelve mágicamente con un comprimido de vitamina D. La asociación popular entre días grises y tristeza estacional responde a mecanismos más amplios, los ritmos circadianos, y merece un abordaje clínico cuando se vuelve persistente.
Cierro la nota como la empecé, con la escena cotidiana. El cielo de mi amiga sigue tapado, la rambla sigue mojada, y el tema de whatsapp ya tiene una respuesta razonable: antes de comprar cualquier caja en la farmacia, lo primero es confirmar con un profesional si existe un déficit real. La vitamina D es un recurso valioso para huesos, músculos e inmunidad, y esa misma importancia es la que vuelve imprudente tanto su escasez como su exceso. En tiempos de días sin sol, el cuerpo cuenta con mecanismos propios; nuestra tarea es no entorpecerlos con decisiones de apuro.
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