El avión como rutina: cómo el neurólogo Conrado Estol propone reencuadrar el miedo a volar
El especialista sugirió mirar una app de seguimiento aéreo para dimensionar la cantidad de vuelos que circulan cada día y relativizar la percepción de riesgo. También diferenció las turbulencias con tormenta de las que aparecen con cielo despejado y desaconsejó tomar alcohol para sobrellevar el trayecto.

Son las seis de la mañana y la fila para entrar al mostrador de la línea aérea ya dobla la esquina del hall principal. Una mujer de unos cincuenta y tantos revisa el pasaporte por tercera vez, mira el reloj y después el techo, como si pudiera ver a través del vidrio el avión que la espera en la pista. Todavía no pasó los controles, pero ya siente en el pecho la misma opresión que va a acompañarla hasta el asiento. Esa escena, que se repite en decenas de aeropuertos del país cada mañana, fue el punto de partida que eligió el neurólogo Conrado Estol para explicar por qué el miedo a volar muchas veces empieza bastante antes de subir al avión.
El especialista describió que, para un porcentaje considerable de pasajeros, el malestar no se limita a las sacudidas durante el vuelo: los trámites de migraciones, los controles de seguridad y la propia incertidumbre de llegar a tiempo al embarque quedan asociados a la ansiedad del viaje. Incluso mencionó que, en algunos casos, la sensación de encierro puede sumar un componente de claustrofobia que se activa antes de que la puerta del avión se cierre.
Ponerle números y contexto al riesgo
Para abordar ese temor, Estol propuso algo tan sencillo como mirar el cielo —o, más bien, mirar una pantalla—. Sugirió abrir una aplicación de seguimiento de vuelos y observar, durante unos minutos, la cantidad de aeronaves que están en el aire en un momento dado. La idea es dimensionar un movimiento que parece invisible cuando uno está parado en la pista: miles de aviones cruzan el mundo cada hora, la mayoría sin sobresaltos, y el vuelo propio no es más que uno dentro de ese flujo cotidiano.
Esa comparación, según explicó el neurólogo, sirve para darle contexto a una percepción que suele magnificarse. Conocer los números de la aviación comercial no elimina la respuesta emocional que puede aparecer al despegar o al atravesar una zona de sacudidas, pero ayuda a situar la experiencia dentro de un universo mucho más amplio y rutinario.
Las turbulencias: con tormenta y sin ella
Durante el vuelo, las turbulencias concentran buena parte de la preocupación. Estol distinguió dos grandes tipos: las que se producen dentro o cerca de una tormenta, donde los rayos, las nubes de desarrollo vertical y los cambios bruscos de viento son visibles desde la ventanilla, y las que aparecen en aire claro, conocidas en la jerga como clear air turbulence. Estas últimas, señaló, son las más desconcertantes para el pasajero, porque el cielo puede verse despejado y, sin embargo, el avión se sacude.
El especialista también se detuvo en otro factor que amplifica la inquietud: la percepción del tiempo. Según describió, un episodio intenso puede durar entre unos segundos y unos pocos minutos, pero quien lo atraviesa tiende a imaginar que se extenderá durante horas. Para relativizar esa sensación, propuso prestar atención a los movimientos laterales y verticales que se toleran sin reparos al viajar en tren: el cuerpo, aseguró, los acepta como algo habitual en la vida cotidiana.
“Los episodios fuertes generalmente se extienden durante segundos o unos pocos minutos, aunque quien los atraviesa puede imaginar que continuarán durante horas.”Conrado Estol
Tormentas, protocolos y lo que no hay que hacer
Sobre las tormentas, Estol aclaró que los pilotos cuentan con herramientas para identificar los fenómenos meteorológicos más intensos y modificar el recorrido cuando es necesario. También destacó el rol de los protocolos de cabina, que buscan reducir distracciones durante las maniobras críticas y mantener la operación lo más ordenada posible.
En el tramo final de su exposición, el médico fue directo: desaconsejó recurrir al alcohol para sobrellevar el temor. Advirtió que, además de favorecer la deshidratación —un efecto que en cabina se potencia por la baja humedad—, puede provocar insomnio durante las horas siguientes, lo que termina afectando el descanso y la recuperación después del viaje. Su planteo de fondo fue que el miedo no condicione los desplazamientos ni termine arruinando unas vacaciones que, en muchos casos, se organizaron con meses de anticipación.
Yo misma he visto, esperando embarque en Ezeiza, a gente que recién se permite sonreír cuando las ruedas tocan la pista de destino. Mientras tanto, sobrevuela el asiento con la mirada, cuenta los minutos que faltan para aterrizar y se promete a sí misma que la próxima vez va a venir en micro. Estol parece convencido de que esa decisión se puede revisar, y de que mirar el mapa de vuelos en el celular, entender de dónde vienen las turbulencias y dejar el vaso de vino para después del aterrizaje son pasos pequeños, pero concretos, para empezar a hacerlo.
Claves que dejó el especialista
- Observar una aplicación de seguimiento de vuelos para dimensionar la cantidad de aeronaves en el aire en un momento dado.
- Distinguir las turbulencias con tormenta de las que aparecen con cielo despejado, conocidas como clear air turbulence.
- Comparar las sacudidas en el avión con los movimientos tolerados en un viaje en tren para relativizar la intensidad.
- Tener en cuenta que los episodios de turbulencia fuerte suelen durar segundos o pocos minutos.
- Evitar el alcohol durante el vuelo: puede generar insomnio y deshidratación.
- Recordar que los pilotos disponen de herramientas para esquivar tormentas y modificar el recorrido.
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