Un rincón de Chacarita donde el vinilo manda y el celular se queda en el bolsillo
Artlab, el espacio que dirige el DJ y productor Gonzalo Solimano sobre la calle Roseti, cerró este domingo la octava edición porteña del festival canadiense MUTEK entre sesiones de house y discos enteros escuchados en sistemas de parlantes de los años cincuenta.

Me acerco a Roseti al 93, en Chacarita, con la música saliendo por la puerta entreabierta y la sensación de haber viajado varias décadas hacia atrás. En el interior, doscientos ochenta personas bailan house sin interrumpir la sesión para chequear el teléfono: están demasiado ocupadas escuchando. El lugar es Artlab, un predio de 540 metros cuadrados dedicado a la música electrónica y al arte audiovisual que funciona desde 2015 bajo la dirección de Gonzalo Solimano, DJ y productor nacido en Villa Urquiza en 1979, y este domingo fue escenario del cierre porteño de MUTEK, el festival canadiense de música electrónica experimental que Solimano trajo al país en 2018.
Lo que distingue a Artlab no es solo la programación, sino el equipamiento: ocho sistemas de parlantes Altec modelo A7, fabricados en 1954, que según el propio Solimano podrían provenir de un cine porteño emblemático, una procedencia que todavía no pudo confirmar. Esa búsqueda, mezcla de obsesión sonora y rescate patrimonial, es la columna vertebral del proyecto.
Dos ciclos para escuchar de otra manera
Los cuerpos
“Veo a las nuevas generaciones con muchas ganas de volver a tener objetos físicos y creo que estos formatos ayudan a construir rituales alrededor de la música.”Gonzalo Solimano, director de Artlab
MUTEK Buenos Aires, entre lo experimental y lo masivo
El lugar y la propuesta
Además de los ciclos regulares, Artlab aloja propuestas de jazz y eventos de arte visual, aunque la electrónica en sus variantes sigue siendo el eje principal. Para quienes quieran asomarse, la dirección es Roseti 93, en el barrio de Chacarita, y la recomendación es llegar con el teléfono en el bolsillo y los oídos dispuestos. Se entra, se elige un disco, se apoya el cuerpo contra la pared y se deja que el sonido haga lo suyo. A la salida, uno vuelve a la calle con la rara sensación de haber escuchado música como se escuchaba antes, y con la sospecha de que la próxima vez va a costar dejar el teléfono guardado. Pero por unos minutos, al menos, vale la pena probar.
Yo, Soledad Da Silva, me fui pensando en cuántas cosas de las que damos por sentadas, empezando por el uso del celular, podrían ser distintas si les dedicáramos aunque sea una hora de atención real. Artlab es un buen lugar para empezar a averiguarlo.
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