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Viernes, 16 de octubre de 2026
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El cuarto ya no es refugio: cómo los adolescentes dejaron de habitar su propia habitación

Adolescentes que viven en espacios pensados para la cámara. Lo que el desorden decía sobre esa etapa y por qué hoy ese margen se achica frente a la mirada de una audiencia desconocida.

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Soledad Da SilvaSociedad y vida · · 5 min de lectura
El cuarto ya no es refugio: cómo los adolescentes dejaron de habitar su propia habitación

Me acuerdo sin esfuerzo de la habitación de mi hijo mayor cuando tenía catorce años. La puerta estaba siempre entreabierta, pero nunca del todo, como si el espacio pidiera permiso para ser suyo. Había un póster de un equipo de fútbol pegado con cinta scotch que ya no pegaba, una montaña de CDs sin estuche, una remera del colegio colgada del respaldo de la silla y un cuaderno con candado que yo jamás toqué, ni siquiera cuando limpiaba el polvo. Era un territorio irreconocible para un adulto, y eso, ahora que lo pienso, era justamente lo que tenía que ser. Me sentaba en el umbral a charlar con él, pero jamás me atreví a entrar sin que me convidara, y muchas veces ni siquiera así entraba.

Hace un par de semanas, acompañando a una colega a la casa de una fuente, me pasó algo que me llamó la atención. La chica, de quince años, nos abrió la puerta de su pieza con la misma naturalidad con la que abre la heladera. Adentro no había un solo póster, ni una foto impresa, ni un libro fuera de lugar. Las paredes eran color crema, la cama estaba tendida con una precisión milimétrica, y una tira de luces cálidas rodeaba el escritorio como si fuera un set de grabación. Lo primero que se me ocurrió es que la madre acababa de pintar todo. La madre me miró y se encogió de hombros: así estaba siempre, ese era el orden natural de su hija.

Un cambio que no empezó en la decoración sino en la mirada

Porque lo que cambió no fue la pintura de las paredes ni el diseño de las camas: fue la relación entre el adolescente y su propio cuarto. Lo que hace dos décadas era un refugio caótico, con pósteres, ropa sobre la silla y recuerdos acumulados, hoy luce preparado para una foto perfecta, un video de TikTok o una transmisión en vivo. Los muebles siguen siendo los mismos, las camas son prácticamente iguales, pero la habitación dejó de ser un laboratorio de exploración para convertirse en un escenario.

El sociólogo estadounidense Erving Goffman escribió hace décadas una distinción que a mí siempre me ayuda a pensar estas cosas. Hablaba del frente de escena, es decir, el lugar donde cada uno sostiene una imagen para los demás, y de la trastienda, el espacio privado donde se puede descansar del personaje, ensayar identidades y, sobre todo, equivocarse sin público. Durante mucho tiempo, la habitación del adolescente fue la trastienda por excelencia: la puerta cerrada funcionaba como un pacto tácito de suspensión del juicio ajeno. Los padres sabían que adentro había otra lógica y, casi sin proponérselo, la respetaban.

Ese pacto, al menos en una buena cantidad de casas, se rompió. Hoy la trastienda está cada vez más cerca del escenario, y el escenario, a su vez, está cada vez más cerca de una audiencia que ni siquiera conocemos. La escritora Sithara Ranasinghe describe este fenómeno como una habitación con paredes de cristal, donde el límite entre lo íntimo y lo público se disuelve bajo la mirada constante de extraños que comentan, likean y comparten.

  • La decoración se vuelve neutra, sin pósteres ni acumulación de objetos personales, porque cualquier elemento puede aparecer en un video o una foto publicada sin aviso.
  • La cama tiende a estar siempre prolija, como si esperara a alguien detrás de la cámara, no a alguien que va a desarmarla para dormir la siesta.
  • Las luces cumplen una función estética y práctica: tiras LED, aros de luz y lámparas que iluminan el rostro y el entorno como en un set de grabación.
  • El desorden baja porque ya no se tolera ante la posibilidad de quedar registrado, aunque la cámara esté apagada: alcanza con la conciencia de que puede encenderse en cualquier momento.

Lo que más me interpela de este fenómeno, y se lo escuché decir a más de un especialista en crianza, es que la cámara no necesita estar encendida para que el efecto actúe. La sola idea de que cualquier rincón puede ser filmado y comentado por personas a las que ni siquiera el adolescente conoce modifica de raíz el comportamiento: inhibe la espontaneidad, desalienta el desorden, empuja hacia la estandarización. La orden del cuarto ya no la dan los padres, ni la da el propio adolescente en soledad, sino una audiencia invisible que igual se terminó internalizando. En criollo: dejamos de hacer cosas porque pueden llegar a aparecer y, peor aún, dejamos de hacer cosas porque en algún punto nosotros mismos ya estamos pensando como si fueran a aparecer.

“La pregunta que dejan estos cuartos despojados, mirados con detenimiento, es hasta dónde sigue existiendo ese margen de imperfección propio de la adolescencia cuando el espacio íntimo se convierte en un set permanente. Porque la adolescencia siempre fue un umbral incierto, una etapa de transición donde el error forma parte del aprendizaje, y muchas veces también la única forma de conocer los propios límites. Si ese margen se achica, algo importante se pierde, y no tiene que ver con la decoración.”Soledad Da Silva, Sociedad y vida

Cómo acompañar este cambio sin dejar afuera a los chicos

En las entrevistas que hice para esta nota, algo volvió a aparecer una y otra vez, y vale la pena dejarlo por escrito. Los especialistas insisten en que la clave no es pelearse con la cámara ni prohibir las publicaciones, porque ese barco zarpó hace rato, sino preservar, dentro de la casa, rincones donde la mirada de los otros no pueda entrar. Una parte del living que sea de la familia, una sobremesa sin celulares a la vista, una sobremesa donde se pueda decir cualquier cosa sin pensar mañana. También hablan de comentar con los chicos, sin sermonear, qué muestran y qué no muestran, y por qué eligen mostrarlo.

A mí, como mamá y como periodista, lo que más me importa de toda esta discusión es bastante simple. Quiero que mis hijos puedan cerrar la puerta y sentirse en su casa, también dentro de su propia casa. Quiero que les quede, para cuando sean grandes, el recuerdo de haber tenido un lugar en el mundo donde no tenían que rendirle cuentas a nadie, ni siquiera a un seguidor imaginario. Si la habitación se convirtió en un set, el desafío es construir la trastienda en otro lado, en la sobremesa, en un viaje, en un rato de charla a la noche. Ahí, al menos en mi casa, vamos a seguir trabajando.

SD
Soledad Da SilvaSociedad y vida

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