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El precio invisible de ser el pilar: cuando la soledad llega después de los 60

La psicología clínica describe un perfil paradójico: personas competentes y siempre disponibles que, al entrar en la madurez, descubren que sus vínculos fueron en su mayoría funcionales. Reconocerlo a tiempo puede cambiar la historia.

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Soledad Da SilvaSociedad y vida · · 4 min de lectura
El precio invisible de ser el pilar: cuando la soledad llega después de los 60

Me lo dijo una vez una mujer de 62 años, mientras tomábamos un café en un bar de Palermo: "Toda la vida fui la que resolvía, la que escuchaba, la que iba a la madrugada si alguien necesitaba algo. El día que me internaron para una cirugía programada, tardé tres días en conseguir a alguien que me alcanzara un repasador limpio". No la estoy citando en nombre propio porque me pidió reserva, pero la escena me quedó grabada porque resume, casi sin querer, lo que la psicología clínica viene describiendo desde hace años bajo un nombre técnico que a muchos les suena ajeno: el síndrome del cuidador crónico, o cuidado compulsivo, como prefieren llamarlo algunos especialistas para no patologizar lo que en realidad es una construcción cultural muy profunda.

La idea central es incómoda porque nos toca de cerca. No se trata de personas torpes ni retraídas, ni de jubiladas que nunca supieron hacer amigas. Todo lo contrario. Hablamos de mujeres y también de hombres que durante décadas fueron el puerto seguro de sus familias, de sus grupos de amigas, de sus compañeros de trabajo. Siempre disponibles para escuchar, mediar en un conflicto familiar, conseguir un turno con un médico, prestar plata, contener un llanto a las tres de la mañana. Eran queridas, sí. Pero queridas, sobre todo, por lo que hacían.

Vínculos funcionales, vínculos que se evaporan

El problema, dicen los profesionales, no es la cantidad de vínculos sino la calidad. La psicóloga social estadounidense Lauren Murray, una de las investigadoras que más trabajó este concepto, lo explica con una frase que me parece luminosa: "La gente no quiere a la persona fuerte por quien es, sino por lo que esa persona puede hacer por ellos". Cuando el contexto cambia, y un cambio de etapa vital como la jubilación, una mudanza, una separación o la salida del mercado laboral alcanza, la red se reconfigura. Y aparece, muchas veces por primera vez en la vida adulta, la soledad no buscada.

El mecanismo es casi invisible mientras funciona. El entorno se acostumbra a que esa persona esté siempre, no se molesta en preguntar cómo está porque asume que está bien, y cuando esa persona necesita algo, el llamado cae en un contestador. No por maldad: por costumbre. La reciprocidad, señalan investigaciones de dinámica de grupos humanos realizadas en el Instituto Tecnológico de Massachusetts, es el verdadero pegamento de los vínculos que sobreviven a los cambios. Los lazos sostenidos solo en la utilidad, en cambio, se evaporan cuando el contexto ya no los justifica.

La dificultad de pedir, un aprendizaje que se posterga

Hay un segundo componente, más silencioso y por momentos más decisivo. Quienes durante años ejercieron el rol de cuidadores asocian pedir ayuda con una amenaza directa a su propia imagen. Mostrarse vulnerable les resulta incómodo, casi una contradicción con la identidad que construyeron. Y entonces, aun cuando tienen gente cerca, atraviesan sus propias crisis en soledad. La psicóloga clínica española María Zaldívar, que trabaja hace más de dos décadas con pacientes mayores de 55 años, lo sintetiza así: "Les cuesta más pedir un favor que resolver el problema solos. Y ese orgullo, que durante años fue un escudo, en la madurez se vuelve una trampa". La frase me la crucé en una entrevista que ella dio el año pasado a un medio español, y la guardé porque describe con una precisión que asusta lo que veo una y otra vez en los consultorios y en las mesas familiares.

¿La salida? No pasa por dejar de cuidar a otros, aclaran los profesionales, sino por habilitar la reciprocidad. Dos movimientos concretos que cualquier persona puede empezar a probar esta misma semana: comunicar las propias necesidades sin esperar que el entorno las adivine, y revisar con honestidad qué vínculos se sostienen únicamente por la utilidad que uno aporta. Cuanto antes se trabaje sobre ese patrón, más tiempo hay para construir relaciones de ida y vuelta antes de que la vida se reorganice en torno a una nueva etapa. Nadie dijo que sea fácil. Pero seguir como si nada, advierten los especialistas, suele terminar en esa consulta inesperada de los 60, 65 o 70 años, cuando la persona se sienta frente a un profesional y, por primera vez en décadas, se atreve a decir en voz alta lo que siente.

“La gente no quiere a la persona fuerte por quien es, sino por lo que esa persona puede hacer por ellos. Cuando eso cambia, la red se desvanece.”Lauren Murray, psicóloga social

Me quedo pensando en aquella mujer de Palermo, en su café a medio tomar, en los tres días que tardó en conseguir un repasador limpio. Y me quedo pensando en cuántos lectores de esta nota se habrán sentido identificados con su historia sin animarse a decirlo en voz alta. Si este artículo te hizo pensar en alguien, o en vos mismo, te pido algo: hoy, en lugar de esperar que te llamen, llamá. Decí que necesitás compañía. Decí que te sentís solo. No es una confesión, es un derecho. Y es, también, la única manera de empezar a construir los vínculos que la vejez, si nos descuidamos, nos termina cobrando en silencio. Hasta la próxima.

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Soledad Da SilvaSociedad y vida

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