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Sábado, 17 de octubre de 2026
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Ecos del Iguazú

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Fito Páez y la pulseada por las butacas: cuando la seguridad cruza la línea en un recital

El rosarino frenó su show en Mar del Plata para defender al público del trato del personal de control; la producción admitió errores y el cantante ratificó sus palabras en redes, en un debate que reaviva la eterna discusión entre localidades pagas y ganas de bailar.

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Osvaldo DuarteCultura y espectáculos · · 5 min de lectura
Fito Páez y la pulseada por las butacas: cuando la seguridad cruza la línea en un recital

Vuelvo a una imagen de fines de los ochenta, cuando Fito Páez llenaba por primera vez estadios en Argentina y todavía era un muchacho de Rosario que cantaba como si le fuera la vida en cada nota; en aquella época el público se amontonaba, se pasaba por encima de las vallas, y a nadie se le ocurría reclamar un asiento numerado porque no los había, y sin embargo siempre quedaba flotando la misma pregunta de fondo, quién decide hasta dónde puede llegar la libertad de moverse en un recital, y esa pregunta, treinta y pico de años después, volvió a escena con un grito desde el escenario del Polideportivo Islas Malvinas de Mar del Plata, donde el propio Fito, ya convertido en un artista enorme y querido, detuvo la música para decirle al personal de seguridad que se estaba pasando de mano con la gente.

Lo que pasó fue así: el recital tenía sectores con distintos precios y ubicaciones asignadas, y la producción montó un operativo para evitar que los espectadores abandonaran sus filas y avanzaran hacia lugares más cercanos al escenario, una tarea lógica en un sistema de entradas numeradas, pero que en algún momento se torció porque algunos asistentes eran literalmente obligados a permanecer sentados, y entonces el Flaco, que siempre tuvo el don de convertir el escenario en un baño de multitudes donde todos se sienten parte, frenó todo, se paró frente al micrófono y dijo lo que muchos pensaban: "No son policía, loco, son seguridad. No pueden tocar a la gente".

La explicación de la producción y el mea culpa

Desde la organización del show reconocieron que la consigna era impedir que la gente dejara su localidad comprada para colarse en una mejor, y admitieron que algunos efectivos de seguridad pudieron haber interpretado la orden de manera equivocada, creyendo que tenían que pedirle al público que se quedara sentado en vez de simplemente controlar que nadie avanzara hacia otras filas, y agregaron que las indicaciones fueron corregidas sobre la marcha, durante el mismo recital, para que el control de las ubicaciones no terminara pisoteando algo tan simple como el derecho a pararse y bailar en el lugar que cada uno había pagado.

“Exploté y no me arrepiento de una sola palabra que dije con la adrenalina en sangre.”Fito Páez, en sus redes sociales

El cantante volvió sobre el tema después del show, aclaró que el personal cuestionado no había sido contratado por su equipo de producción y ratificó su postura con una frase que ya es marca registrada de su manera de plantarse frente al micrófono, esa honestidad a la intemperie que lo convirtió en mucho más que un compositor talentoso: un tipo que se hace cargo de lo que dice aunque le tiemble la voz y le hierva la sangre, y lo de la adrenalina en sangre no es una metáfora, es la manera que tiene Fito de explicar por qué a veces el artista se corre del libreto y se convierte en algo parecido a un defensor del pueblo que paga la entrada.

El otro lado: los que defienden su lugar

  • Asistentes que se molestaron por la reacción del cantante y por la interrupción del espectáculo, sintiendo que la queja los privó de un momento que habían pagado.
  • Espectadores que pidieron que se respetaran los asientos adquiridos y cuestionaron a personas ubicadas en filas posteriores que avanzaban hacia lugares más cercanos al escenario.
  • Una mayoría silenciosa, como suele pasar en estos casos, que simplemente quiere ir a un recital, bailar hasta que duelan los pies y volver a casa con la sensación de que la noche valió cada peso.

Yo creo que ahí está la clave de todo, en esa mayoría silenciosa que solo quiere pasarla bien y que termina atrapada entre los que defienden su butaca con uñas y dientes y los que consideran que la música en vivo es una experiencia colectiva donde las filas importan menos que el corazón; durante décadas las colonias marplatenses de vacaciones populares enseñaron que la alegría compartida no necesita boletos diferenciados, y ese aprendizaje de varias generaciones, el de la rambla, el del balneario, el del baile bajo las estrellas, convive ahora con una industria del espectáculo que profesionalizó todo, desde las entradas hasta los operativos de seguridad, y a veces, como pasó en el Polideportivo Islas Malvinas, esa profesionalización se olvida de lo más importante, que la gente no va a un show a ser controlada sino a sentirse libre, y cuando el Flaco lo entiende así y lo dice en vivo, lo que hace es recuperar esa vieja intuición de que un recital es, antes que nada, un acto de comunidad.

Mi recomendación, como viejo periodista que cubrió cientos de shows y que todavía se emociona cuando las luces se apagan y arranca el primer acorde, es que la próxima vez que vayan a ver a Fito Páez o a cualquier artista que los movilice, no se queden callados si la seguridad se excede, pero tampoco pierdan de vista que alguien pagó más por estar adelante y que el respeto al prójimo empieza por ahí, en entender que todos merecen bailar en el lugar que eligieron, y que un buen operativo es el que se nota apenas, el que deja que la música fluya sin que nadie tenga que frenar el show para recordar que, al fin y al cabo, en un recital la única patrulla que debería funcionar es la del corazón.

OD
Osvaldo DuarteCultura y espectáculos

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