Flórez en el Colón: el tenor que aprendió con la guitarra y ahora canta a Gardel junto a Mozart
Juan Diego Flórez volvió al Teatro Colón con un programa que mezcló óperas de Mozart, Rossini, Donizetti y Gounod, y cerró con canciones de Carlos Gardel y Chabuca Granda. Antes de subir a escena habló de cómo elige esos bises, de su pasado con la trova y del trabajo que sostiene hace años con chicos y jóvenes en Sinfonía por el Perú.

Confieso que la primera vez que escuché a Juan Diego Flórez fue en una radio a transistores, en una cocina cualquiera de Buenos Aires, y que desde entonces cada regreso suyo al Coliseo tiene algo de reencuentro familiar. Por eso me acerqué al Teatro Colón el 22 de septiembre con la expectativa de siempre, esa mezcla de respeto y cariño que se le tiene a un cantante que ya es parte de la historia del teatro aunque siga siendo un muchacho cuando se para frente al público. Y lo que vi me confirmó una intuición: el peruano no vino a demostrar nada, vino a contar quién es, y para eso recurrió a Mozart, a Rossini, a Donizetti, a Gounod, y también, en los bises, a la guitarra y a dos gigantes de la canción latinoamericana como Carlos Gardel y Chabuca Granda, ese encuentro improbable que él resuelve con una naturalidad que ya es marca registrada.
Un programa con dos mundos que se abrazan
La velada se pensó como un doble movimiento. En la primera parte, Flórez desempolvó algunas de las páginas más exigentes del bel canto, esas arias que exigen al intérprete sostener el aire como si fuera un equilibrista sobre la cuerda floja. Después, cuando el aplauso todavía resonaba en las galerías, el tenor tomó una guitarra y cambió el registro sin pedir permiso: pasó del repertorio académico a la canción popular y le cantó a Gardel y a Chabuca Granda como si fueran viejos compañeros de ruta. Esa decisión, que puede parecer un capricho, en realidad tiene una lógica íntima que él mismo explicó.
Para Flórez, la elección de las canciones que lleva al escenario nunca es casual. Hay veces en que se decide por una melodía que se le metió en la cabeza, otras veces por una letra que lo conmueve y otras, simplemente, por el recuerdo asociado a una pieza. Contó que hay noches en las que prueba los temas en el camarín, minutos antes de salir a escena, y resuelve ahí mismo qué compartirá con el público. Esa manera de trabajar, casi artesanal, revela a un artista que se deja llevar por el instante, pero que también confía en su oído y en su historia.
La guitarra, la trova y los quince años
Hay un dato que a mí, como periodista, me interesa especialmente y que él se encargó de subrayar: el vínculo de Flórez con la canción popular antecede a su carrera operística. En su casa, en Lima, se escuchaba música criolla, esa tradición que él mamó desde chico. Después, como tantos adolescentes, se fue por el rock y la trova, y a los quince años ya tocaba la guitarra y escribía canciones propias, sin sospechar que el destino lo empujaría hacia los teatros de Europa. Por eso, cuando hoy toma el instrumento en un escenario como el Colón, no lo hace como un guiño exótico ni como un truco efectista: lo hace porque esa es una de las raíces que lo formaron, y porque cantar, para él, nunca fue un género único.
A esa formación se suma el recorrido por los escenarios del mundo, que también alimenta su manera de abordar a los personajes del repertorio lírico. Flórez sostuvo que los años de trabajo permiten encontrar nuevos sentidos en las palabras y en las frases musicales, y que la preparación vocal es, en definitiva, una herramienta para comunicar lo que vive cada personaje. Las historias de Rossini o de Donizetti, observó, pueden haber sido escritas hace doscientos años, pero los sentimientos que atraviesan esas arias siguen siendo reconocibles para cualquier ser humano que se siente en una butaca a escucharlas.
Sinfonía por el Perú: la música como herramienta social
Hay un costado de Flórez que excede al cantante y que, en mi opinión, lo vuelve todavía más admirable. Hace años conduce Sinfonía por el Perú, un programa a través del cual trabaja con chicos y adolescentes en contextos de vulnerabilidad, y esa experiencia, según dijo, terminó transformándolo tanto dentro como fuera del escenario. Para el tenor, hacer música con los participantes del proyecto sirve para ayudarlos a desarrollar confianza, a escucharse y a colaborar con el otro, y él lo vincula con el acompañamiento que recibió durante su propia formación, cuando otros cantantes y maestros le abrieron puertas que todavía hoy agradece.
Cuando se para frente a esos chicos, contó, no busca solamente enseñarles a cantar o a tocar un instrumento: intenta transmitirles herramientas relacionadas con la expresión y el fraseo, con la manera de decir una frase musical y de darle intención. Para él, la enseñanza musical abre posibilidades que exceden lo estrictamente artístico, y ese convencimiento, dije alguna vez y sigo sosteniendo, es uno de los legados más valiosos que un artista de su talla puede dejar en un país como los nuestros.
“Las canciones populares tienen un lugar enorme en mi vida. A veces las elijo por la melodía, a veces por la letra, a veces por el recuerdo. Y en el Colón, junto a Mozart, también tenían que estar.”Juan Diego Flórez
Una recomendación personal para volver al Colón
Si me preguntan a mí, lo que Flórez ofreció el 22 de septiembre en el Teatro Colón fue una clase de cómo se puede ser un cantante de ópera sin dejar de ser, al mismo tiempo, un muchacho de barrio que toca la guitarra y que se emociona con un tango de Gardel o con una zamba de Chabuca Granda. Por eso, a los lectores de entre 40 y 60 años que suelen ir al Colón o que están pensando en volver, les sugiero lo de siempre: no se pierdan a este Flórez que ya es parte de la historia grande de la lírica, pero que conserva, intacta, la memoria de los sonidos que lo formaron. Esa combinación, créanme, no se repite.
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