Jim Henson: el hombre que nunca dejó morir al niño que llevaba adentro

A finales de los años setenta, en una Buenos Aires todavía sin cable ni streaming, yo me sentaba frente al televisor como cualquier chico de mi barrio y veía una rana verde, un oso perezoso y un cerdo con anteojos que me hacían reír sin que terminara de entender por qué. Eran los Muppets, claro, y detrás de ellos había un tipo flaco, de bigote fino y sonrisa tímida que se llamaba Jim Henson y que para entonces ya llevaba más de dos décadas inventando personajes. Muchos años después, cuando empecé a investigar su historia como parte de esta nota, entendí algo que entonces se me escapaba: que aquel titiritero no estaba haciendo un programa de dibujos animados con felpa, sino una teoría sobre cómo los chicos (y los grandes) procesan la realidad a través del humor y la exageración.
De Sam and Friends a los Muppets: el camino del Jim más joven
Jim empezó muy temprano. A los 17 años, en 1954, se subió por primera vez a un set como titiritero en un programa local que duró apenas tres semanas en el aire. La corta vida del envío no lo desanimó: junto a Jane Nebel, con quien después se casó, armó poco después Sam and Friends, un ciclo nocturno que la cadena NBC transmitía desde Washington y que funcionó como banco de pruebas de lo que sería su lenguaje definitivo. Ahí nacieron los primeros Muppets y se consolidó la estética que después conquistaría al mundo: muñecos con texturas reales, ojos grandes y bocas que se movían al ritmo de manipuladores escondidos debajo del escenario o a los costados del cuadro.
Lo notable es que Jim nunca se quedó quieto. Mientras el circuito infantil estadounidense repetía esquemas edulcorados, él fue a romper las reglas del teatro de títeres: cambió los escenarios clásicos por sets hogareños, mezcló actores de carne y hueso con marionetas, usó cámaras al ras del piso para darle altura a sus criaturas y construyó un humor absurdo y se hacía cargo de las consecuencias. El resultado fue un universo que funcionaba en dos niveles: para los chicos, era un show colorido y disparatado; para los adultos, una sátira con guiños a la cultura pop y al propio lenguaje televisivo.
“La gente más sofisticada que conozco son todos niños por dentro”Jim Henson
- La risa como herramienta para poner las cosas en perspectiva, no como fin en sí mismo
- La exageración de un rasgo como clave para que el público se identifique con el personaje
- El absurdo como forma de abstraer la vida real y hacerla reconocible
- La convivencia entre actores humanos y marionetas dentro del mismo plano
- La educación como motor oculto detrás del humor, sin que esto lo volviera solemne
Jim lo explicaba mejor que nadie: los personajes más interesantes que había creado, decía, eran los que tenían una fijación o un rasgo que se podía exagerar, y era precisamente en esa exageración donde aparecía lo gracioso y donde la gente se veía reflejada. Gustavo, la rana cascada en el pelo, era eso: un tipo querible, inseguro, con un ego frágil y una elegancia impostada, que durante décadas fue el termómetro emocional de la troupe. La Cerdita Peggy, con su pelusa rosa y su modo de secretaria frustrada, también: un personaje que resumía la neurosis de oficina mucho antes de que existieran las comedias laborales modernas. Cada Muppet, en rigor, era una teoría sobre un tipo humano, llevado a una abstracción que el público reconocía al instante.
Esa filosofía se tradujo también en sus dos apuestas más ambiciosas. Barrio Sésamo, el desembarco estadounidense del formato educativo que la periodista Joan Ganz Cooney había impulsado en 1969, fue el primer gran escenario donde Jim probó que se podía enseñar a contar y a leer con un monstruo peludo que vivía en un zoológico imaginario. Casi una década después llegó Fraggle Rock, una coproducción con varios canales públicos del mundo (incluido el canadiense CBC) que llevó ese mismo espíritu a un mapa subterráneo donde distintas criaturas convivían en un ecosistema frágil. Ambas series fueron pensadas, en sus propios documentos internos, como vehículos para enseñar valores de tolerancia y resolución de conflictos, y nunca como productos solapadamente didácticos, y ese equilibrio fue parte central del éxito de Jim.
En mayo de 1990, a los 53 años, Jim murió en Nueva York por un choque tóxico derivado de una infección bacteriana. Tenía proyectos en marcha, entre ellos una película de los Muppets, una serie nueva y un proyecto soñado con Steven Spielberg que recién vería la luz como Cristal Oscuro más adelante en forma de trilogía. Su muerte truncó una etapa, pero no el legado. Disney terminó comprando los derechos de los Muppets en 2004 y desde entonces los puso en el centro de varias películas, series de streaming y hasta atracciones en sus parques temáticos, además de producir una bioserie sobre la vida de Jim que permite ver hasta qué punto su figura sigue siendo central en la cultura popular.
Una recomendación personal para revisitarlo
A los lectores de 40 a 60 años que quieren entender por qué sus hijos o sus nietos ríen con Gustavo, o que quieren mostrarles a los más chicos qué se veía en la tele cuando no había celulares, les sugiero dos puntos de partida: empezar por los episodios más recordados de El show de los Muppets, que se consigue en plataformas de streaming, y después pasar a Fraggle Rock, disponible en algunas señales de cable y en servicios digitales. La combinación de las dos series permite entender la amplitud del universo que Jim construyó en apenas tres décadas de trabajo y, sobre todo, comprobar que su principio central, el de nunca dejar morir al niño interior, no era un eslogan de marketing sino la columna vertebral de todo lo que tocó. En tiempos de pantallas saturadas de humor explícito y formatos cortos, volver a los Muppets es, también, una forma de recuperar una televisión que creía en sus espectadores.
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