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La cocina que nació con dos hornallas y hoy tiene un local propio: la historia de Ezequiel Banegas

Llegó a Neuquén sin trabajo ni dónde dormir, sobrevivió con una carpa prestada y pasó de hacer tortas fritas en una cocina mínima a abrir La Fonda en el barrio Mariano Moreno, con una clientela que ya supera las 500 personas.

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Soledad Da SilvaSociedad y vida · · 4 min de lectura
La cocina que nació con dos hornallas y hoy tiene un local propio: la historia de Ezequiel Banegas

Lo encuentro a Ezequiel Banegas en la puerta de La Fonda, con las manos todavía con harina y la mirada atenta a los últimos detalles antes de abrir al público. Tiene 36 años y está parado sobre un sueño que empezó a cocinarse, literalmente, hace apenas dos años y medio, cuando llegó a Neuquén desde Azul con la ropa puesta, sin trabajo y sin un techo donde pasar la noche.

Aquel febrero de 2024, este hombre que hoy piensa en un menú diario y en un bodegón a futuro viajaba a dedo. Eran dos días de ruta, y la promesa mínima de un conocido en la capital neuquina. Las primeras noches las pasó a la intemperie, hasta que se animó a pedir ayuda en un grupo de Facebook. Necesitaba una carpa para soportar el frío. Un vecino llamado Raúl le respondió, le acercó una carpa, una almohada y un acolchado, y esa primera red solidaria fue el piso mínimo desde donde pudo empezar a reconstruirse.

Un refugio, un empleo y el aprendizaje del trabajo formal

Poco después, Ezequiel encontró lugar en un refugio de calle Belgrano al 2500, donde recibió acompañamiento para reordenar su vida cotidiana. "Me ayudaron muchísimo a reintegrarme a la sociedad. Me sirvió para salir adelante", dice hoy, con la calma de quien puede mirar atrás sin sobresaltos. Ese paso le permitió encarar la búsqueda de un empleo estable, primero en el área de mantenimiento de una empresa de logística, y luego en un corralón de Cipolletti, donde arrancó como vendedor y terminó como jefe de ventas. En ese recorrido, dice, aprendió a tratar con la gente, a escuchar al cliente y a sostener un equipo, herramientas que después llevaría a la cocina.

La cocina que arrancó con dos hornallas

Porque la cocina siempre estuvo en sus planes. Con apenas dos hornallas, un horno que no funcionaba y una heladera pequeña en su casa, empezó a preparar tortas fritas, chipá y bolas de fraile para vender en el Paseo de la Costa. Cuando la demanda creció, fue sumando propuestas: pizzas, empanadas, hamburguesas. Cada producto nuevo se incorporó a medida que podía invertir y responder a los pedidos, sin saltos grandes ni deudas imposibles. Las redes sociales acompañaron ese crecimiento: arrancó con 15 seguidores en Instagram y se acercó a los mil. "Creció mucho todo en tan poco tiempo, eso es lo que me sorprende", reconoce, todavía asombrado por su propia historia.

  • Carne cortada a cuchillo y milanesas de peceto o de nalga para milanesas y lomos.
  • Hogaza de pizza a la piedra, muzzarella, especial, pepperoni, fugazzeta, calabresa y napolitana.
  • Empanadas de carne, jamón y queso, verdura, pollo y un surtido para compartir.
  • Tartas de jamón y queso, de verdura y de manzana, en porción y entera.
  • Burritos de carne o de pollo, y wraps fríos para quienes buscan algo rápido.
  • Hamburguesas simples y dobles, con queso, panceta, huevo y cebolla, más la opción de milanesa con queso.
  • Tortas fritas, chipá y bolas de fraile para arrancar el día con algo casero.

La Fonda, el local propio en Mariano Moreno

Durante un año entero ahorró para poder dar el salto. "Todos los meses trataba de guardar algo. Me privé de muchas cosas", cuenta. El lugar que encontró está a metros de su casa, en Mitre y Correntoso, en el barrio Mariano Moreno, y lo bautizó La Fonda. El local abrirá de lunes a domingo, excepto los martes, en dos turnos: mediodía, de 12 a 15, y noche, de 20 a 23.30. La carta es amplia: hamburguesas, lomos, empanadas, pizzas, tartas y burritos, con la idea de sumar más adelante un menú diario al mediodía, con precio accesible y plato abundante.

Ezequiel no ve esta apertura como un punto de llegada. "Mi sueño es abrirme un bodegón, con platos abundantes y precios accesibles para las familias. Pero vamos de a poquito, paso por paso", dice, y lo dice con la convicción de alguien que aprendió que los pasos cortos, cuando se sostienen, terminan construyendo caminos largos. Lo que más le importa, afirma, es que quienes entren al local perciban que detrás de cada comida hay alguien que conoce de cerca lo que es empezar de abajo y que apuesta a que nadie tenga que pasar hambre en una ciudad donde, como le pasó a él, la primera red de contención puede ser un vecino que regala una carpa.

Yo soy Soledad Da Silva, y cuando escucho una historia así me cuesta no emocionarme, porque detrás de La Fonda no hay un golpe de suerte: hay noches en la calle, un refugio, un corralón, dos hornallas encendidas para alimentar a otros y la decisión paciente de ahorrar cada mes. La cocina de Ezequiel Banegas huele a esfuerzo y a futuro, y eso, en un país que suele empujar a la intemperie a quienes menos tienen, también es una forma de política.

SD
Soledad Da SilvaSociedad y vida

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