La dermatitis atópica golpea el bolsillo antes que la piel: casi la mitad de los pacientes recorta controles por no poder pagarlos
Un relevamiento de AEPSO muestra que las dificultades económicas se convirtieron en el principal obstáculo para sostener los tratamientos. La picazón crónica no solo arruina el sueño y la vida social: también deja a las familias sin respuestas en la consulta.

Son las tres de la tarde de un martes cualquiera en un consultorio dermatológico del conurbano bonaerense y, mientras revisa la historia clínica, la médica le pregunta a la madre de Tomás cuántos días pudo aplicarle la crema la semana anterior. La mujer se queda en silencio un instante, baja la mirada y responde, con la voz apenas contenida, que sólo dos, porque el tubo cuesta lo que no les sobra y hubo que elegir entre comprarlo o pagar el colectivo para que el nene fuera a la escuela. Esa escena, que se repite más de lo que cualquiera quisiera admitir, es la postal que resume lo que cuenta un relevamiento reciente de la Asociación Civil para el Enfermo de Psoriasis: la dermatitis atópica, una enfermedad inflamatoria crónica de la piel, dejó de ser un problema sólo clínico para transformarse en un problema económico que condiciona el día a día de miles de familias argentinas.
La dermatitis atópica es una enfermedad inflamatoria crónica de la piel cuyo síntoma más incapacitante es la picazón persistente. No tiene cura, pero se puede controlar. El problema, según los datos que circulan en el último informe de AEPSO, es que cada vez más personas dejan de intentarlo.
Lo que dice la encuesta
- El 48,5 por ciento postergó o suspendió consultas médicas en los últimos seis meses por motivos económicos.
- El 44,8 por ciento tuvo dificultades para acceder a los medicamentos indicados por el especialista.
- El 37,3 por ciento directamente redujo o dejó de comprar esos medicamentos por falta de recursos.
- Cerca de dos de cada diez personas no seguía el tratamiento prescripto, principalmente por las mismas razones.
La enfermedad afecta al menos al diez por ciento de los niños y adolescentes en Argentina. Aunque es más frecuente en la primera infancia, puede comenzar a cualquier edad, y en aproximadamente tres de cada diez casos persiste durante la adultez. Las lesiones aparecen en la cara, el cuero cabelludo, las orejas, el dorso de las manos y distintas zonas de los brazos y las piernas. Su evolución alterna brotes con períodos de remisión, lo que exige controles y cuidados sostenidos en el tiempo.
“El picor no deja dormir, ni permite la vida social, el trabajo, la escuela, baja la autoestima y complica tremendamente la dinámica familiar. Afecta la vida las 24 horas.”Silvia Fernández Barrio, presidenta de AEPSO
El relevamiento confirmó ese impacto con cifras que a esta altura ya no sorprenden pero siguen golpeando: el 63,4 por ciento de los participantes reportó alteraciones en la calidad del sueño, el 61,9 por ciento debió modificar su rutina diaria y el 56,7 por ciento sostuvo que la enfermedad afectó su calidad de vida en términos generales. Quienes sufren picazón crónica e intensa tienen tres veces más probabilidades de desarrollar depresión y el doble de chances de atravesar un cuadro de ansiedad, de acuerdo con lo que advirtió Fernández Barrio al presentar el informe.
El diagnóstico temprano permite ajustar el tratamiento a las características de cada paciente, un punto en el que insisten las y los dermatólogos porque suele ser la diferencia entre una enfermedad que se controla y una enfermedad que se desborda. "Este enfoque posibilita la implementación de un tratamiento personalizado", señaló Paula Luna, especialista en Dermatología Pediátrica y presidenta de la SAD, al remarcar la importancia de no demorar la primera consulta y, sobre todo, de sostener los controles en el tiempo. Para mí, como periodista que sigue de cerca estos temas hace años, lo más preocupante no es tanto el pico de un brote sino la frase que repite la madre de Tomás y que repite, con otras palabras, casi la mitad de los encuestados: que el tratamiento se cortó porque el bolsillo no aguantó.
La dermatitis atópica no distingue clases sociales, pero su tratamiento sí. Y mientras el acceso a cremas, antihistamínicos y consultas con el especialista siga atado a la posibilidad de pagarlos, los números de la encuesta van a seguir contando, en cada relevé, una historia que empieza en la piel y termina en el bolsillo.
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