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Viernes, 16 de octubre de 2026
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La oveja negra que nadie quería: la historia detrás de la lana que la Patagonia descarta

La fotógrafa Laura Ferro rescata un material olvidado por la industria ovina y lo convierte en eje de una muestra en Fundación Larivière, donde la memoria familiar, el paisaje y el duelo se entrelazan en imágenes que invitan a mirar de otro modo lo que durante décadas fue considerado un descarte.

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Soledad Da SilvaSociedad y vida · · 4 min de lectura
La oveja negra que nadie quería: la historia detrás de la lana que la Patagonia descarta

Entro a Fundación Larivière, en Caboto 564, y lo primero que veo es una nube negra colgada del techo. No es una instalación decorativa: está hecha con lana cruda, sin teñir, sin lavar, tal como sale del vellón de las ovejas que durante generaciones fueron expulsadas del circuito comercial patagónico. La fotógrafa Laura Ferro la llama "Lana negra" y, detrás de esa nube oscura, se esconde una investigación de más de diez años sobre un material que la industria ovina considera un estorbo y que ella convirtió en el corazón de una obra que cruza memoria familiar, paisaje y herencia.

Antes de contarles de qué se trata la muestra, déjenme contarles de dónde viene Laura. Es hija de productores ovinos del sur, nieta de productores ovinos, bisnieta probablemente también. En su familia, la lana merino es el oro blanco que sostiene la economía de la estancia. Pero cuando entre el rebaño aparecía una oveja negra, la cosa cambiaba: una sola fibra oscura en un lote blanco bastaba para arruinar el precio de todo el cargamento. La oveja negra se separaba de inmediato, y su lana, sin valor en el mercado, terminaba en un rincón del galpón. Eso fue lo que hizo su viejo durante décadas: juntar esa lana descartada y llevársela a tejedoras artesanales de la zona, que con ella armaban sweaters para el trabajo en el campo. Prendas rústicas, oscuras, abrigadas, que circularon por la estancia sin que nadie les prestara demasiada atención.

El sweater del galpón y el inicio de una búsqueda

El punto de inflexión llegó después de la muerte de su padre. Ferro revisaba objetos de él cuando dio con uno de esos sweaters hechos con lana negra. El hallazgo le encendió algo: si esa fibra había sido despreciada por el mercado, ¿qué otras cosas se habían perdido en el camino? Así empezó un trabajo que la llevó a recorrer archivos familiares, galpones, estancias y lavaderos industriales, y a fotografiar durante una década lo que encontró. El resultado es la exposición que ahora puede verse en Fundación Larivière, con fotografías de los últimos diez años, imágenes del álbum familiar, una proyección audiovisual y, en el centro de la sala, la mencionada instalación de lana sin tratamiento.

Lo primero que sorprende al recorrer la muestra es la convivencia entre lo antiguo y lo actual. Hay una fotografía fechada en 1924 donde aparece una oveja negra de raza karakul, pequeña, de perfil, casi oculta entre un mar de vellones blancos. A su lado cuelgan imágenes tomadas por Ferro en los últimos años, muchas de ellas trabajadas en blanco y negro, que tanto pueden pasar por registros actuales como por piezas rescatadas de un archivo centenario. Esa confusión es deliberada: la fotógrafa quiere que el visitante se detenga, mire con cuidado y dude.

“Son las manos de mi padre abriéndolo, como abre un mundo también.”Laura Ferro, fotógrafa

Esa frase de Ferro sobre la foto de las manos de su viejo abrevia buena parte del sentido de la muestra. La lana negra dejó de ser un desecho y pasó a ser una puerta de entrada: a la historia familiar, a los oficios artesanales que durante décadas le dieron uso, al paisaje patagónico visto desde otro lado, y también al duelo. La fotógrafa contó que la instalación central, esa nube oscura que cuelga del techo, nació de un gesto muy concreto: después de que su padre muriera, se acercó a la mesita de luz donde él guardaba sus cosas y abrió unas muestras de lana. El olor que le llegó le confirmó que ahí había algo que tenía que trabajar desde otro lugar, ya no como contingencia del campo sino como obra.

Hay además un trabajo sutil sobre el color que vale la pena destacar. Cuando uno escucha "lana negra" imagina un tono uniforme y opaco, pero la muestra demuestra que no es así: la llamada lana negra es en realidad una paleta de marrones, grises, castaños oscuros y hasta reflejos rojizos, según la raza del animal y la parte del vellón. Esa relectura del tono negro como una gama y no como una ausencia es, en el fondo, una manera de mirar a esas ovejas descartadas con otros ojos: ya no como un defecto del rebaño, sino como una materia con identidad propia.

Salgo de Fundación Larivière con la sensación de haber recorrido una historia que no aparece en los manuales de la industria lanera. La Patagonia suele narrarse desde el brillo del merino y las cifras de exportación; esta muestra la cuenta desde lo que ese brillo dejó afuera. Y lo hace, además, en primera persona: con el sweater del padre, con las manos del viejo abriendo la lana, con una nube oscura que cuelga del techo como un recordatorio de que lo descartado también puede ser el comienzo de una obra. Recomiendo darse una vuelta por Caboto 564: la exposición de Laura Ferro está ahí para quien quiera tomarse el tiempo de mirar lo que durante años nadie quiso ver.

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Soledad Da SilvaSociedad y vida

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