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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Ecos del Iguazú

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La playlist imposible de Zoey: cuando las emociones ajenas se vuelven canción ajena

La serie de dos temporadas que convirtió los sentimientos en números musicales regresa a la conversación con un catálogo que va de los Beatles a Taylor Swift y abre un interrogante sobre el lugar de la música en las ficciones.

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Osvaldo DuarteCultura y espectáculos · · 5 min de lectura
La playlist imposible de Zoey: cuando las emociones ajenas se vuelven canción ajena

A mediados de los años ochenta, cuando todavía crecía yo entre los reproductores de cassette y los compactos que comprábamos en el centro, una canción en la radio bastaba para cambiar el clima de una sobremesa familiar. Si a mi vieja le tocaba escucharla en el momento justo, se le humedecían los ojos sin aviso; si a mi viejo le agarraba ese tema que ya leconocíamos de memoria, se le soltaba una sonrisa cómplice que decía más que cualquier conversación. Eran épocas en las que la música funcionaba como un idioma paralelo, un modo de decir lo que las palabras no alcanzaban. Por eso, tal vez, me resultara tan familiar la idea que propone La extraordinaria playlist de Zoey, esa serie que decidió tomarse muy en serio aquella intuición ochentosa de que las canciones tienen algo que contarnos cuando todavía no sabemos cómo arrancar.

La propuesta viene de la pantalla chica y cuenta con dos temporadas que combinan comedia romántica, fantasía y los lazos familiares más transitados del género. Su punto de partida es de esos que conviene pensar dos veces antes de aceptar: la protagonista, Zoey Clarke, empieza a percibir los sentimientos más profundos de quienes la rodean como si fueran canciones. No se trata de una metáfora ni de un recurso poético: literalmente escucha melodías, coros y arreglos donde el resto de los mortales sólo encontraríamos silencios, evasivas o caras largas. Esa condición, que parece un regalo de la genética o del destino, termina siendo mucho más complicada de lo que cualquiera imaginaría desde afuera.

Un repertorio que se pasea por la historia del pop

Porque el catálogo que la serie pone en juego no es menor ni caprichoso. Los realizadores apelaron a nombres grandes, clásicos y contemporáneos, para ir dándole forma a esos paisajes interiores que Zoey va descubriendo. The Beatles, Queen, Cyndi Lauper, Taylor Swift, Billy Joel y David Bowie aparecen en distintos capítulos interpretados dentro de la propia trama, como si los personajes pudieran de pronto subir a un escenario improvisado para cantar aquello que no se animan a decir en la mesa, en la cama o en la oficina. Esa decisión no es decorativa: le da volumen a una idea que en otras series habría quedado en monólogo interno y acá se traduce en números musicales que alternan el humor con la lágrima, el disparate con la emoción más honda.

A mí, particularmente, me seduce la elección porque no apuesta sólo a lo obvio. No se trata de poner canciones pegadizas para rellenar minutos: hay un trabajo de selección que procura que cada tema funcione como una radiografía del personaje que lo está cantando por dentro. Cuando Zoey entra en un ascensor con su jefe y de pronto escucha un coro entero que le revela lo que ese hombre no se anima a confesar, la escena se vuelve tan tierna como incómoda, que es justo el terreno donde esta serie se mueve con mayor soltura. Cuando en cambio la habilidad aparece en un cruce de amigos, el recurso se vuelve cómico, casi de vodevil moderno, y permite que la comedia respire sin traicionar la premisa.

Los vínculos que se reorganizan cuando todos escuchan

Porque el corazón de la historia no está en la fantasía ni en el catálogo musical, sino en lo que les pasa a los vínculos cuando alguien accede sin querer a la intimidad de los demás. Zoey, hay que decirlo, no pidió este don y en más de un capítulo queda claro que preferiría no saber ciertas cosas. Una charla trivial con una amiga puede terminar con una revelación inesperada; un cruce con un compañero de trabajo puede exponerle una vulnerabilidad que ese alguien jamás compartiría en voz alta; un almuerzo con sus seres queridos se transforma en un concierto íntimo donde los rencores, los amores callados y las pequeñas lealtades cotidianas salen a la superficie.

Esa dinámica, que en manos menos hábiles podría haber resultado morbosa o invasiva, acá se trata con una sensibilidad que me reconcilió con la idea de que la música todavía tiene algo que enseñarnos sobre cómo queremos a los otros. La trama familiar, sobre todo, va ganando peso capítulo a capítulo, y termina poniendo sobre la mesa el temor a perder a alguien y las dificultades para acompañar a quienes están transitando momentos dolorosos. Saber qué siente el otro, nos sugiere la serie con elegancia, no resuelve nada por sí mismo: a veces sólo vuelve más visible lo que ya sabíamos, y otras veces nos enfrenta a emociones para las que no estábamos preparados.

“Cuando Zoey entra en un ascensor con su jefe y de pronto escucha un coro entero que le revela lo que ese hombre no se anima a confesar, la escena se vuelve tan tierna como incómoda, que es justo el terreno donde esta serie se mueve con mayor soltura.”Osvaldo Duarte

Una recomendación personal para estas noches

A mí, lo confieso, me agarró en un momento particular, atravesando ese tipo de semanas en las que uno se cruza con personas queridas sin saber bien qué decirles. Por eso me animo a recomendarla sin rodeos: si alguna vez les pasó de escuchar una canción y sentir que alguien conocido la necesitaba en ese instante, esta serie les va a resonar de un modo especial. Tiene dos temporadas, se deja mirar sin la obligación del binge, y deja flotando una pregunta que vale la pena hacerse al terminar cada capítulo: ¿qué lugar le damos nosotros, en la vida real, a las canciones cuando se trata de decir lo que las palabras no alcanzan? Esa pregunta, se los aseguro, no se responde mirando la pantalla: se responde cantando.

Osvaldo Duarte, Cultura y espectáculos.

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Osvaldo DuarteCultura y espectáculos

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