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La presión que no avisa: por qué cuatro de cada diez argentinos desconocen que viven con hipertensión

En la Argentina, más de un tercio de los adultos tiene hipertensión y casi el cuarenta por ciento de ellos no lo sabe. Medirse la presión de manera regular, ajustar la alimentación y sostener el tratamiento son las claves para detectar y controlar una condición que suele avanzar sin dar señales.

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Soledad Da SilvaSociedad y vida · · 4 min de lectura
La presión que no avisa: por qué cuatro de cada diez argentinos desconocen que viven con hipertensión

Son las siete de la mañana y en el centro de salud de un barrio del conurbano bonaerense la enfermera le coloca el brazalete a Don Carlos, un hombre de 58 años que llegó para un control de rutina que no tenía pedido. Mientras el manguito se infla, ella me explica que a él le detectaron la presión alta el año pasado, en un operativo territorial, después de años sin pisar un consultorio. No le dolía nada. No se mareaba. Nada. Y sin embargo, cuando le tomaron la presión esa mañana, marcaba 160 sobre 95. Don Carlos es uno de los casi doce millones de adultos argentinos que viven con hipertensión sin haberlo sospechado hasta que un control lo puso sobre la mesa.

Una enfermedad silenciosa que atraviesa la vida cotidiana

El Registro Nacional de Hipertensión Arterial es categórico: el 36,3 por ciento de los mayores de 18 años en la Argentina tiene hipertensión, una cifra que se traduce en alrededor de doce millones de personas. Pero lo que más preocupa a los cardiólogos no es solamente la cantidad, sino el desconocimiento: casi cuatro de cada diez de esos doce millones no saben que conviven con la presión elevada.

Lo que muchos imaginan como una condición de gente grande atraviesa los altos cuadros clínicos: aparece también en adultos jóvenes, en personas activas, en quienes se sienten perfectamente sanos. La hipertensión trabaja en silencio y, cuando da señales, suele ser porque el daño ya empezó.

Por qué medirse la presión salva vidas

Medirse la presión es un trámite sencillo, gratuito en centros de salud y obras sociales, que lleva apenas unos minutos. No duele, no demanda preparación especial y pourtant, según los datos que maneja la Sociedad Argentina de Hipertensión, todavía queda relegado al consultorio. Cuando aparece un síntoma, en muchos casos el cuadro ya está avanzado: arterias endurecidas, corazón agrandado, riñón comprometido.

  • La Organización Mundial de la Salud difundió en 2025 su segundo informe mundial sobre hipertensión arterial y advirtió que mil cuatrocientos millones de adultos en el mundo viven con presión elevada.
  • Apenas uno de cada cinco de esos adultos tiene la presión dentro de los rangos recomendados a nivel global.
  • En la Argentina, solo alrededor del 44 por ciento de quienes están en tratamiento logra mantener la presión controlada.
  • La hipertensión no controlada puede derivar en infartos, accidentes cerebrovasculares, insuficiencia cardíaca y daño renal crónico.

Las cifras dibujan un mapa conocido: la presión arterial elevada es el principal factor de riesgo modificable de las enfermedades cardiovasculares, que siguen siendo la primera causa de muerte en la Argentina. Y pourtant, las herramientas para revertirlo están al alcance de la mano.

Qué se puede hacer en lo cotidiano

El cardiólogo que me atiende en el hospital me repite lo que escuché de varios especialistas: el tratamiento de la hipertensión no pasa únicamente por el comprimido de la mañana. Pasa por cómo se cocina, por cómo se mueve el cuerpo, por cómo se duerme. El equipo de salud lo resume en cinco ejes.

  • Reducir la cantidad de sal en la preparación de las comidas, con especial atención a los alimentos ultraprocesados.
  • Sostener una alimentación equilibrada, rica en frutas, verduras, legumbres y pescado, y baja en grasas saturadas.
  • Realizar actividad física de manera regular, al menos ciento cincuenta minutos por semana, según las recomendaciones de la OMS.
  • Atender el estrés crónico, que por sí mismo puede elevar la presión.
  • Tomar la medicación indicada por el profesional tratante y no suspenderla por decisión propia.

Quiero volver a Don Carlos para cerrar esta nota. Desde el diagnóstico, toma la pastilla todas las mañanas, le bajó la sal a la comida, se acostumbró a caminar media hora por la plaza y, sobre todo, se mide la presión cada dos semanas en el centro de salud. La última vez que fui a visitarlo, mientras la enfermera me mostraba la planilla con sus registros, me dijo algo que me quedó dando vueltas: yo pensaba que la presión alta era cosa de viejos que se sentían mal, y resulta que la tenía acá al lado sin dar señales. Si esta nota sirve para que un solo lector vaya a medirse la presión esta semana, ya valió la pena escribirla. La hipertensión avisa poco y lastima mucho: la mejor defensa es no esperar a que el cuerpo hable.

SD
Soledad Da SilvaSociedad y vida

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